Opinión
¿Cuántas vidas le quedan a Pedro Sánchez?
Por Juan Carlos Escudier
-Actualizado a
¿Cuántas vida tiene un gato? Pues depende. Por estos lares se dice que siete pero en los países anglosajones les regalan dos más, que nunca vienen mal. Los gatos lo pasaron de cine en Egipto y muy malamente en la Edad Media, donde eran asociados a las brujas y corrían su misma suerte. Uno siempre le tuvo querencia a Don Gato y a su pandilla, al Gato con botas y a ese amante de la lasaña que era Gardfield. En ese universo gatuno de la fama se ha colado Pedro Sánchez, al que le vienen dando matarile con regularidad y ya no se sabe bien cuántas vidas le quedan. Si un buen día se pone a hablar en inglés es que el chico quiere darse un margen.
Empujado periódicamente por la ventana cada vez desde más altura, Sánchez ha logrado hasta ahora caer de pie aunque, hasta para los gatos, todo tiene un límite. Tantas perrerías le han hecho en su propia casa que lo suyo no acaba de explicarse bien o, mejor dicho, se entiende perfectamente. Si esos niños caprichosos que son los barones del PSOE no querían un gato, ¿por qué no eligieron un hámster para verle corretear por la noria?
Es difícil encontrar un caso de mayor sadismo que el que tiene entretenidos a estos socialistas con su secretario general, hasta el punto que ya no se sabe muy bien si lo que quieren es librarse de él por alguna alergia sobrevenida o prender fuego a toda la casa por el simple placer de contemplar las llamas. Sánchez se mueve entre desplantes, pruebas circenses y abiertas traiciones. Apenas si se recuerda alguna ocasión en la que se haya revuelto por pura superviviencia, aunque motivos no le hayan faltado. Una vez, eso sí, cazó un ratón que se llamaba Tomás Gómez. Es un gato, vale. Nadie es perfecto.
Por lo demás, no habrá quien pueda reprocharle falta de obediencia o, incluso, de docilidad. Pese a ello, la caza del gato ha sido incesante. En ella han participado toda la recua de dirigentes territoriales a los que les parecía muy mal que su partido pactara con Podemos para el Gobierno de España mientras sostenían sus chiringuito con el apoyo de ese mismo partido. Le han colocado trampas imposibles, como esas líneas rojas para la investidura que parecían los barrotes de una celda de San Quintín. Y cada cierto tiempo le lanzan calderos de agua fría para hacer bueno el refrán del gato escaldado y ver si le da por huir definitivamente.
El último le ha llegado de Extremadura, por boca del presidente regional Fernández Vara, al que no se le ha ocurrido otra que anunciar que la sultana Susana Díaz le disputará la secretaría general en el próximo congreso, dando por hecho implícitamente que el resultado electoral del PSOE será un desastre y que las siete o las nueve vidas del minino llegan a su fin. Justo la imagen que debe transmitir un partido que se juega la vida en las elecciones.
Bien está la denuncia de los malos tratos, aunque tal vez sólo sean la demostración de que al gato, por muy de Angora que sea, le queda grande la casa. Del secretario general del PSOE, legitimado además por la elección directa de los afiliados, cabe esperar algo más que maullidos lastimeros.
Un gato ha de ser consecuente con su propia naturaleza. Tuvo que sacar las uñas a Zapatero y no lo hizo cuando fue consciente de que maniobraba para hacerle la cama y dejarle claro que fue él quien empezó a cavar la tumba del partido con esa impresentable modificación del artículo 135 de la Constitución en la que se anteponía el control del déficit a todo lo demás. De la misma manera que ahora cabe exigirle que pida explicaciones públicas a Felipe González sobre su relación con ese genio hispano-iraní de la creatividad llamado Zandi, vinculado a los papeles de Panamá y del que González en un vídeo se declara rendido admirador.
El secretario general del PSOE no tendría que haber dejado que nadie le hiciera la Ejecutiva ni rodearse de Brutos con la daga siempre dispuesta entre los pliegues de sus togas. Ni consentir que esos barones que le adoptaron dediquen más tiempo a la confabulación que a gobernar sus territorios. Ni atarse las manos para los pactos, que luego han de ser sometidos al refrendo de la militancia. Puede, en definitiva, que un gato no dé la talla entre tanta comadreja. Quizás sea eso.