Opinión
Wikileaks y el periodismo
Por Juan Carlos Escudier
De lo conocido hasta ahora, si algo revelan las filtraciones de Wikileaks sobre el servicio exterior de Estados Unidos es que, en líneas generales, su diplomacia trabaja bien y hace justo lo que se espera de ella. Ignora uno cómo será la labor de nuestros embajadores, pero parece lógico pensar que no se limitarán a ser representantes comerciales de Ferrero Rocher o asistir a bailes de salón, y si descubren que Ángela Merkel le da a la cerveza más de la cuenta o que Berlusconi reza ahora el rosario en vez de ir a fiestas con jovencitas transmitirán esa información al Gobierno por si pudiera ser de utilidad.
Como se ha puesto de manifiesto y salvo excepciones, los peor parados con la publicación de esta documentación clasificada no son los diplomáticos norteamericanos, algunos especialmente dotados para el humor o la literatura, sino sus interlocutores, cuyo comportamiento lacayo expone a las claras quién manda en el mundo y quién obedece de manera genuflexa. En el caso de España, siente uno vergüenza ajena por la conducta de determinados fiscales y algunos accesos de vómito por el comportamiento del Gobierno en el caso del asesinato de José Couso, sobre todo al recordar cómo desde la oposición pedía a Aznar que condenara los hechos e impulsara una investigación internacional sobre el ataque al hotel Palestina que acabó con su vida.
Es sonrojante confirmar que acogimos a presos de Guantánamo para caer bien a Estados Unidos, y que Obama lo sabía, aunque al menos nos diera 85.000 dólares por cabeza para los gastos, que la vida está aquí imposible. O que el Departamento de Estado tenga un manual de instrucciones para caer bien al Rey, un trabajo superfluo ya que habría bastado con invitarle a alguna cacería. Sin embargo, nada de lo anterior supone una sorpresa excesiva.
Es obvio que Wikileaks y su fundador Julian Assange se ríen de la seguridad de Estados Unidos, cuyos secretos pueden ser descargados en un cd de Lady Gaga o de Camilo Sesto. Pero no sólo. Implícitamente se burlan de esos grandes medios a los que facilitan los documentos, cuyo monopolio sobre la información es historia. Las grandes exclusivas las sirve un australiano y su portal de Internet desde nadie sabe dónde. Debería ser un motivo de reflexión para los periodistas y también de preocupación.