Opinión
No recuerdo ni una palabra de lo que dije en aquel acto

Periodista y escritora
La fiesta mayor de aquella coqueta ciudad isleña arrancaba en uno de los edificios principales, quizás el mayor después del ayuntamiento, un auditorio grande de esos antiguos con sillones de terciopelo algo ajado, maderas nobles y trampantojos desleídos. Pero era bonito y me sentí halagada. Me habían elegido a mí para el discurso de comienzo de las celebraciones, que quizás no eran de fiesta mayor, ahora que lo pienso, ni patronales. Puede que se tratara de algún aniversario redondo. Nunca sabes de dónde te va a caer el garrotazo.
Una debería acostumbrarse a que el leñazo siempre acaba llegando. Entre el público había más mujeres que hombres, pero vi muchos más varones que los que suelen acudir a las charlas de una mujer feminista. Da igual si vas a hablar de literatura, de comunicación o de derechos humanos. Eres feminista, y eso le molesta a una parte de la población. Pero aun así, aquella gente me había invitado a mí y una emoción tierna me tenía nerviosa.
Dejé las cosas en el hotel y esperé a que me recogiera el presidente de aquella institución tan principal donde iba a subirme al escenario ante medio millar de personas. Me pareció un hombre amable y, a su manera, elegante. Alto y corpulento, iba vestido de lino claro de arriba abajo, pantalón crema, camisa blanca, zapatos de cuero reluciente. Me contó que era, como yo, escritor. Durante el trayecto que separaba mi hotel del lugar en el que iba a hablar sobre asuntos de comunicación, memoria y derechos humanos, tuvo tiempo de contarme sus escritos, su ejercicio en la presidencia de la institución, su contribución a la cultura de aquella bonita localidad y ese cansancio que suelen dejar caer los hombres que visten la funda de dandi local.
En cuanto puse un pie en la tarima del auditorio, me sentí un poco abrumada y también acompañada por los fantasmas de actuaciones pasadas, más de un siglo de voces atrapadas entre el polvo de felpas y maderos. Entonces, aquel hombretón me pasó detrás del escenario y me dio algunas indicaciones: yo debía permanecer allí mientras la sala se iba llenando. Una vez ocupadas las localidades, la vicepresidenta de turno me presentaría y era entonces, con los aplausos del público, cuando yo debía abrir los pesados cortinajes del telón e irrumpir en escena. Me pareció que el lugar merecía toda aquella teatralidad que daba un poco de risa.
Eso fue lo que hice. Agarrada a un botellín de agua, permanecí de pie mientras iba oyendo cómo las voces de las personas vivas iban sumándose a las de las de la memoria del sitio. Un poco más allá, mi anfitrión hablaba a través de un walkie talkie, entendí que para asegurarse de que todo sucedía según el guion previsto.
Hasta que se hizo el silencio en la sala, oí los pasos sobre el escenario y una mujer empezó a hablar supuse que sobre mí, porque allí atrás, en la oscuridad entre bastidores, no conseguía entender lo que decía. Eso me puso algo nerviosa, pero me agarré a los bordes del telón y pensé que, cuando dejara de oír la voz, abriría las cortinas con ambas manos y entraría al escenario.
Fue entonces cuando el hombre se acercó y se puso justo detrás de mí, pegado a mi cuerpo hasta el punto que notaba sobre mi pelo su respiración. Me sacaba una cabeza. Decidí tomármelo como una forma de apoyo, un tosco acompañarme en la espera tensa. De pronto, acercó su boca a mi oído. No podía quedar mucho para mi entrada, pensé "que no me hable ahora". Pero me habló. "Tú no eras mi opción para este día ni para este acto", me dijo con sequedad. Y justo en ese momento, la mujer se calló.
Temblando de pies a cabeza, con la vista nublada por la violencia de aquellas palabras, irrumpí en el escenario. No tenía ni tiempo ni modo de situar en el cuerpo ni en la cabeza lo que acababa de pasarme. No recuerdo ni una palabra de lo que dije en aquel acto. Sí conservo la violencia de aquel macho conservada en vinagre.
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