Opinión
Borrachos ante el Supremo

Por José Ángel Hidalgo y José Ángel Hidalgo
Funcionario de prisiones y escritor y periodista
Se está juzgando en el Supremo a una banda culpable del crimen odioso de inmoderación, perpetrado impúdica, multitudinaria y reiteradamente en calles, plazas y parlamentos de Cataluña.
Como no es admisible que estos paisanos se hayan atrevido a beber tanto y con tan desvergonzada concertación, se decidió hace año y pico arrebatarles la botella, que es, para los que nos gusta mamar, el vidrio amigo que da sentido último a lo que conocemos como libertad.
Esta terapia meramente represiva, suscitada para resolver un problema de alcoholismo agudo, es un hecho gravísimo que nos coloca a la altura de sociedades hipócritas y retorcidas, siempre intolerantes con los vicios de los demás.
A mí, que aún me siguen llevando de vez en cuando a casa de madrugada, me abochorna comprobar cómo en España se trata con cárcel la toxicomanía de los cabecillas de esta kermesse catalana, una peña de apenas doce flojos incapaces de desarrimarse de la barra aunque se les haya advertido, una y otra vez, desde lo más alto de un tribunal censor.
Por ese motivo, por verles tan enganchados al vicio de su intemperancia, despiertan en mí una solidaridad humanísima, radical y completa: así soy yo.
Se les acusa a estos calaveras hoy sentados en el banquillo de organizar jaranas en las que las ideas se volvieron locas, lo propio de mantener las cabezas en maceración ininterrumpida de licor fuerte durante años: así acabaron, en bacanales con desenfreno declaratorio donde se sirvieron caldos de alta graduación, pero en las que yo, ni nadie sensato, termina de ver cómo lesionan (convincentemente) el Código Penal.
Con la clarividencia que atesora el que no le han restringido (todavía) la ingesta de alcohol, lo que veo en este juicio es una saña propia de agentes anti vicio, de clérigos con plumilla (ufff), escaño o toga empeñados en arrebatarle la copa al personal, y esa persecución de liga puritana hacia el libre ejercicio de soplar hace que no se valore en su justa gravedad el año y medio de prisión preventiva, cruel e innecesaria, que ya llevan sufridos unos catalanes manifiesta y probadamente no violentos: son ciudadanos en desequilibrio emocional flagrante que lo único que necesitan es nuestro abrazo y sincero apoyo psicológico… ¿o es que no queremos lo mejor para su desintoxicación?
Perseguirlos solo por levantar el codo no es sensato: todos sabemos que con medidas represivas, el adicto se engancha aún más al jarabe que le proporciona la felicidad: la aplicación por Rajoy del 155 tan solo ha generado, como sucediera con la Ley Seca en el Chicago de Capone, la infección del espacio público por el ‘gang’ ultra, y en términos generales, un mayor desparrame e inmoderación.
Yo lo siento de veras, pero a estas alturas aún no me ha mostrado nada la Fiscalía del Supremo que me haga cambiar mi libérrima opinión: ¿no disponen de grabaciones que pongan fácil desenmascarar a estos truhanes, como sucediera con Zaplana, Granados o González? ¿No disponen de pormenores de contabilidad fina, como los de Bárcenas, con las que trincar sin escrúpulos internacionales a Puigdemont? No lo veo, no, aunque enseñen fieros los dientes en sus cansinos y, hasta ahora, ineficaces interrogatorios.
Es que no caen en la cuenta los fiscales de que España, con Cataluña incluida, es una gran taberna de borrachos vocingleros, ahítos del vinazo destilado de sus ideas propias, pero que ese vicio, aunque sin duda nos embrutece, no convierte al bebedor español en delincuente por necesidad.
Estamos viendo que las preguntas del Ministerio Fiscal, que deberían ser como cepos dentados para atrapar por las patas al conejo, pierden toda la fuerza de sus muelles en cuanto se dispara el resorte: la pieza se suelta con facilidad de la trampa y corretea libre por la sala de lo Penal con la sonrisa cómplice del abogado defensor.
Asombrado me quedé incluso con Jordi Cuixart, que en un alarde de de bebedor libre, llegó a colocarse él mismo el cepo en su pescuezo. Esta escena absurda, propia de la actitud de un alcohólico con delirium tremens, le hizo mucha gracia al corresponsal de El País, Pablo Ordaz, al que leo atento sus magníficas crónicas. De alguna manera se ríe éste de que Cuixart se compare “sin sonrojarse” con Gandhi o Martin Luther King.
¿Veis lo que os decía? No se pone en valor que Cuixart, como el resto de la peña de alborotadores, lleva en el dique seco un año y pico, sacrificio terrible que han asumido en la defensa democrática de su derecho a empinar el codo. ¿Por qué en un país con millones y millones de alcohólicos nadie es capaz de sentir un ápice de solidaridad?
Ordaz, sin embargo, no puede contrariar tanto la verdad estética desplegada hasta hoy en el Supremo como para no ver que algo estrambótico sí que se va deduciendo del proceso, marcándose una pregunta reveladora sobre las impotencias del Ministerio Público:
“¿Es esta toda la artillería legal que tiene España para contrarrestar un supuesto golpe de Estado?”.
Una razón más creo yo para preguntarse qué hace esa docena de catalanes todavía en el talego, y pedir que con urgencia sean puestos en libertad y puedan arrimarse al fin (provisionalmente) a sus botellas: libres deber ser por prudencia jurídica, vergüenza democrática y misericordia.
Y admito que quizás yo sea víctima de una influencia extraña, seguro que mórbida, y por eso es por lo que veo a los personajes que menudean por la Sala de lo Penal reflejados en espejos con deformidad de esperpento. ¡Como fantasmagorías del callejón de los Gatos!, sí, el de Luces de bohemia: oh, este juicio hubiera sobreexcitado el ánimo estético de Valle-Inclán: “¡España es un corral!”, exclama fotográfico Max Estrella, su protagonista: y se quedó corto… si viera hoy a los de Vox con dignidad de togados.
Ay, en qué cosas me detengo: puedo llegar a admitir que mi cabeza igual no funciona muy bien. ¿Y mi corazón? Escuchadme, ¿soy el único que siente un desgarro porque algo propio se está yendo por la alcantarilla con este juicio?
¿Oísteis el alegato de Oriol Junqueras? ¿Pero qué merece este hombre, qué ha hecho aparte de beber como el que más? Sus vilezas son incontables, determinaba un periodista muy joven pero ya con niveles de alcohol en sangre muy elevados. Y otro, menos tierno, agarrando directamente la botella del gollete, condenada con la vehemencia del que de un momento a otro se nos va al suelo, “la prueba del nueve de que han cometido miles de delitos…”.
Estos periodistas, un par de ejemplos, deberían trasladar de inmediato sus reflexiones a la Fiscalía del Supremo, ampararla, que lo está pasando mal elaborando un cóctel jurídico que insisten en darnos a probar, pero que no triunfa: el sabor es fuerte, y quizás tumbe al tercer copazo de interrogatorio, como un buen Negroni, ah… pero ya al primer sorbo hay algo que se detesta en esos enjuagues: quizás sea que no den con el ingrediente definitorio, el de la verdad. ¿Por qué no llaman a José Luis Garci como testigo?
Así que como vemos que el fallo terrible ya lo proclaman miles de expertos bebedores que, para desgracia de los tribunales de este país, fracasaron en la altísima oposición que les permitiría lucir puñetas, ¿puedo dar mi humilde opinión (adversa) y proclamar que este juicio es una versión insoportable del más genuino teatro de borrachos de Valle-Inclán?
¿Para qué quiere Junqueras entonces defenderse? Se siente justamente perseguido y con sus maullidos me conmovió muchísimo en su discurso de autodefensa, tanto como el torturado (catalán) Mateo en Luces de bohemia: ahora lo veréis.
Es Oriol gato que, a escondidas del funcionario, bebe en su celda la chicha de manzanas fermentadas en el cubo de la fregona; es un néctar fuerte, dulzarrón aunque de aroma insoportable, destilado último de un sacrificio tan espantoso como lo es perder la libertad de mamar con dignidad.
Claro que si los que con tanta crueldad le pisotean la frente y se ríen de él, como de Cuixart, supieran lo terrible que es la prisión, quizás entenderían mejor estas palabras vindicativas: recuerdo el primer día que le vi caminando hacia mí por un vial de la cárcel, oscilante, casi tímido, y cómo su presencia casi exótica en aquellos patios de cemento, suscitó en mí el miedo, expresado en Los Gatos de Estremera, a que valores que son de todos los borrachos de España comenzaran a irse por la cañería del bar.
Ha transcurrido desde aquellos encarcelamientos un año de botellón españolista donde el copazo de garrafa ha salido siempre gratis, y la tapa de morcilla también: podéis ver confirmado este fracaso colectivo en las risitas satisfactorias, como en permanente masticación, de los abogados de VOX: qué espectáculo infame, ¡y en streaming!
Es ahora cuando he de invocar a la autoridad compasiva, a Valle-Inclán. Reproduciré por luminoso el encuentro de Max Estrella, recluido por desórdenes alcohólicos junto a Mateo, anarquista al que han detenido por levantar en Barcelona a sus compañeros de fábrica contra la guerra.
Ambos están en un calabozo de Gobernación (Puerta del Sol).
“De rebelde me acusan”, dice Mateo. Ha sido torturado, y lo más terrible es que sabe que esa misma noche la policía lo sacará para asesinarle con vileza.
MATEO. —Llegó la mía… Creo que no volveremos a vernos…
Ah, son épocas muy distintas, sí, ¡que vivimos hoy en democracia verdadera!, claro, pero el absurdo y la crueldad condenatoria que resudan de la escena son contemporáneos. Para eso está la gran literatura: nos da en el morro de nuestra arrogancia con sus lecciones incontestables, eternas.
Hay desmesura en la persecución de unos ciudadanos españoles incontinentes y exagerados, pero no violentos, y creo que Max Estrella, borracho de caldo barato y clarividencias, hubiera expresado con determinación un sentimiento de cercanía solidaria con los que son condenados a permanecer sedientos a la fuerza.
Nada que ver con lo que hacen nuestros enternecedores borrachos de la izquierda, a los que a lo sumo se les oye gañir tímidos mientras apuran su copichuela de licor en la oscuridad. Da pena oír cómo trabucan las ideas pronunciadas con lengua pastosa, y a veces enmudecer directamente, escurriendo el bulto, simulando dormir la mona en un rincón del Congreso de los Diputados. Yo creo que se esconden para no tener que expresar lo que verdaderamente sienten: que están muertos de miedo ante la jauría desatada aquel domingo de vinagres en la plaza de Colón.
Sin embargo a mí, como el abuso del bourbon y la cerveza debe haberme producido una avería mental notable, lo que me suscita la alborotada Casa de Fieras de la derecha es aumentar aún más mi admiración estética por Valle-Inclán: gozo yo mismo por llorar, a través de las lágrimas de Max Estrella, sobre el hombro del perseguido Mateo.
Así es, sin que tenga dudas ni sufra de complejos, pues estoy convencido de que la gran literatura es el mejor destilado para ver más y mejor hasta dónde alcanza la saña de los que, con hipocresía flagrante, empinan el codo sin medida a la vez que persiguen a otros borrachos reunidos con alborozo no violento, determinados estos festivamente a que se respete su derecho a beber en paz.
¡España, patetismo de beodos que se muerden crueles en los ojos, clarividencias del mejor Valle-Inclán!
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