Opinión
El miedo

Por Eduardo Vázquez Martull
Médico y exjefe de Anatomía Patológica del complejo hospitalario universitario de A Coruña
Las regiones más primitivas del cerebro, la amígdala y el sistema límbico, son las que regulan las emociones, la lucha, la huida, y en general todas las funciones que aseguren la conservación y seguridad. Cuando la amígdala se activa al detectar un posible peligro, se desencadena la sensación de miedo y su respuesta puede ser la huida, el enfrentamiento o la paralización.
Estas tres salidas es lo que puede generar los actuales discursos por parte de una ideología política ultra-conservadora que intentan retrotraernos a un pasado, en el que el miedo puede cumplir su función paralizante. No se puede heredar pero sí se puede enseñar, y por esta razón los regímenes dictatoriales, enemigos de la democracia lo han utilizado para modelar el desarrollo emocional y la educación, utilizando siempre la mentira.
En las generaciones de la post-guerra civil, el miedo ocupó un puesto central en nuestra educación y modificó comportamientos durante mas de medio siglo. La historia que nos enseñaban adolecía de rigor y por eso crecimos generaciones sin historia. Incluso los primeros despertares eróticos de adolescentes estaban bloqueados por el miedo al pecado que generó legiones de reprimidos y tímidos. Habrá que recordar las enormes colas que desde Barcelona llegaban a las puertas de Perpiñán para ver El último tango en París. El beso en la boca era categoría 3R o 4 si se dejaba intuir en el guion algo más.
Esa era una de las razones por las que muchos adolescentes nos inscribíamos en cines club para ver el Manantial de la doncella de Bergman, aunque no entendíamos casi nada. En el colegio, mejor no preguntar, solo había que escuchar en silencio aquella docencia unidireccional, que venía de arriba que en vez de estimular al debate crítico, nos aplastaba con la losa del dogma de una iglesia colaboradora con el franquismo.
La sumisión fue el uniforme de muchas generaciones que teníamos que ser buenos chicos (gente de bien, le oí decir a Feijóo) para poder triunfar; el díscolo, el que hacía preguntas no estaba bien visto. La crítica estaba prohibida. Sin duda alguna lo mejor de la llegada de la democracia, fue perder ese maldito miedo atávico que aquel sistema dictatorial incrustó a generaciones que teníamos que salir a Europa para ver algo de luz.
En aquella España que he vivido no había colores, era de un monótono gris, mal pintada por la “unidad de destinos en lo universal” que nos uniformó a todos. “Todo queda atado y bien atado”, era el lema del dictador. Atados sí, pero por el miedo y el bloqueo a la cultura, que nos alejó de Europa. Observo, con gran preocupación y tristeza, que hoy vuelve a resurgir pensamientos políticos que quieren atarnos otra vez a un pasado que nos negó la luz a muchas generaciones. Si volvemos para atrás volveremos al túnel de los tiempo, y en el túnel solo hay oscuridad.
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