BORBOLANDIA
Vivir y morir a cuerpo de rey

Periodista y escritora
Durante los últimos tres siglos y hasta hoy mismo, cada borbón reinante se ha avergonzado profundamente del borbón inmediatamente anterior. Fernando VI creyó que no iba a hacer las frikadas que caracterizaron el reinado de su padre, Felipe V. Carlos III llegó al trono convencido de que era el ilustrado de la familia, y que su mandato iba a ser un modelo de sensatez, opuesto a los que protagonizaron sus perturbados padre y hermano; bien es cierto que Carlos III también se avergonzó del rey que nos legó, Carlos IV, más simple que el asa de un cubo y que, ya lo sospechaba su padre, iba a pifiarla sin más remedio. El mastuerzo Fernando VII, además de avergonzarse de su padre, Carlos IV, también lo odiaba y sentía un profundo desprecio por él; María Cristina de Borbón, la reina regente, viuda del mastuerzo e iniciadora de la eficaz corrupción de la dinastía, se deshizo del recuerdo de Fernando VII al mes de enterrarlo, y seguramente pensando que era un imbécil por no haber sabido sacar la suficiente rentabilidad al país. Isabel II pasó su reinado intentando que no se la relacionara con los de su funesto padre y su infame madre, pero solo consiguió ser recordada como otra nefasta borbona. Alfonso XII intentó dar el pego, y llegó con la etiqueta de “preparao” para borrar la incapacidad de su madre. Alfonso XIII no conoció a su padre, así que ni le iba ni le venía, pero mantuvo las distancias con sus abuelos Isabel y Francisco. Juan Carlos I iba de demócrata guay para contrarrestar al golpista de su abuelo, pero acabó en las mismas: play boy, traidor a la patria, perjuro y corrupto. Felipe VI, a imitación de su antepasado Alfonso XII, también ha pretendido hacernos el truco del almendruco con su postureo de “preparao”, dejándose barba para parecer un señor rey y renegando del negociante de su padre, pero solo ha demostrado ser otro borbón del montón.
La anterior parrafada solo pretende ser la excusa para retomar el asunto de los borbones fiambres cuyas repatriaciones hemos tenido que sufragar pese a que fueron expulsados de España por sus infames gobiernos. Los echamos vivos, pero sus descendientes se encargan de traerlos de vuelta, pagando nosotros y pese al desprecio que les profesan. La desidia de los españoles, o más bien sus tragaderas, son inigualables.
Salvo la excepción de 1980, cuando Juan Carlos I, flanqueado por papá Juan y su hijo Felipe, asistió en el monasterio de El Escorial al entierro de Alfonso XIII (la performance que preparó junto con su cómplice Suárez para restregarnos el regreso de su abuelo fue inaceptable), todos los demás borbones han evitado asistir a los entierros en El Escorial de sus antepasados. Se avergüenzan. Ordenan que se organicen grandes fastos, pero ellos hacen mutis. Así lo hizo Fernando VII cuando repatrió en 1819 los cuerpos de sus odiados padres, y Alfonso XII repitió la jugada en 1878 cuando trajo los restos de su defenestrada abuela María Cristina (ambos episodios ya relatados en este mismo foro).
El rey Alfonso XIII hizo lo mismo con sus desprestigiados abuelos, la reina expulsada Isabel II y su consorte y enemigo Francisco de Asís, fallecidos en sus casoplones parisinos en 1902, él, y en 1904, ella. ¿Dónde está escrito que los borbones desterrados tengan que volver? Pues también ellos regresaron a España con los gastos pagados y se instalaron para los restos en la cripta real del monasterio del Escorial. Lo que nunca imaginaron los franceses es que a ellos les iban a salir tan caros los funerales de Isabel II como a nosotros. Nadie sabe cómo se las apañan, pero los borbones son unos sacacuartos.
Francisco de Asís murió en abril de 1902 en Épinay-sur-Seine, a 11 kilómetros al norte de París, en el conocido como Chateau du Roi François, un palacio que quitaba el hipo, con sus correspondientes jardines, y que se adquirió con el dinero que Alfonso XII desvió de las arcas españolas para que su padre putativo (el biológico era otro) tuviera su chateau. Una corruptela más.
Actualmente y por cuestiones que ya llegará el momento de relatar, el palacio donde murió el exrey consorte Francisco de Asís es la sede del Ayuntamiento de esta localidad de 52.000 habitantes. Hay mucho que contar de lo que pagaron los españoles para que Alfonso XII comprara el palacio a su papuchi, y la pasta que se embolsó Alfonso XIII cuando sacó el chateau a subasta en 1906.
La Gaceta de Madrid, predecesora del BOE, abrió su ejemplar del 20 de abril de 1902 con un parte oficial de la Presidencia del consejo de ministros en donde se recogía la muerte del “augusto abuelo” de Alfonso XIII y se trasladaban las órdenes de la regente María Cristina de Austria (el señor rey, de 15 años, estaba solo a un mes de asumir la jefatura del Estado, cuando cumpliera los 16 y jurara la Constitución que luego pisoteó). La reina dispuso que los restos mortales “se trasladen a España para ser depositados con la solemnidad y ceremonias correspondientes a su elevada jerarquía en el Panteón del Monasterio del Real Sitio del Escorial, y a fin de que se dicten sus superiores órdenes a los respectivos Ministerios, relativas a que desde la llegada del Real Cadáver á Irún hasta que se verifique su entrega en dicho Real Monasterio, se le hagan todos los honores correspondientes”. Et voila… ya tenemos de vuelta a otro borbón expulsado por corrupto y pagados los traslados, honores, carrozas, idas y venidas de grandes de España, obispos a tutiplén, ministros por un tubo y la madre que los parió a todos…
La operación se replicó dos años después, en abril de 1904, cuando le tocó morir a la exreina Isabel II por un gripazo. Abril es un mal mes para los borbones: cascaron Francisco de Asís, Isabel II, Victoria Eugenia, Juan de Borbón… Alfonso XIII salió expulsado, Juan Carlos se rompió la cadera, Froilán se pegó un tiro en el pie, Sofía se convirtió en la primera dama cornuda de España… en fin, un desastre de mes.
Tenía Isabel II 73 años y, salvo los disgustillos propios de su corrupción y su mal gobierno, acumuló muy buena vida y muchos cocidos en su cuerpo serrano. Murió en su Palacio de Castilla de la Avenida Kléber, la zona más aristocrática de París, sesenta años después de haber sido proclamada reina a la insensata edad de 13 años. Fue imprudente, caprichosa, manirrota, casquivana y, pese a ser la principal artífice de frenar el progreso de este país cateto enfangado por la superstición religiosa y el conservadurismo político más casposo, recibió sus honores funerarios. De nuevo, a gastos pagados.
36 años vivió en Paris, pero apenas aprendió a decir bonjour; solo aceptaba comer comidas españolas, nunca manifestó interés por la vida cultural de París ni entabló relaciones sociales con gente ilustrada. Por el Palacio de Castilla no pasaba nadie interesante, salvo los parientes borbones de tercera clase que pululaban por Europa, infantas o marquesones ninguneados en todas partes porque ya entonces eran una dinastía desprestigiada. Sin olvidar que el palacio también lo visitaban los amantes que Isabel II mantuvo hasta el final de sus días (alguno de lo más estrambótico), y que no se interprete esto como una crítica a la cabecita loca y sexualmente insaciable de Isabel, porque solo mantuvo la tradición que han seguido practicando los borbones machos.
La nuera de Isabel II, María Cristina, evitó durante su regencia visitar a la exreina en París porque, tan sobria, tan protocolaria y tan austriaca como era, se escandalizaba al ver en el palacio a su suegra con su amante negro, sus rancios sirvientes, sus chabacanos modos, la parentela sin lustre… todo ello abochornaba a la regente y enturbiaba la imagen de la monarquía renovada que pretendían implantar en la figura de Alfonso XIII, aunque acabó siendo lo que se esperaba de él: borbón. Cuanto menos se relacionara a Isabel II con España y con la familia real, mejor. Y cuanto menos se relacione al exrey Juan Carlos con España y la royal family, mejor también.
Isabel II tuvo, incluso muerta, la habilidad de sacarles los cuartos a los franceses. Después de seis días de capilla ardiente en el Palacio de Castilla, las autoridades republicanas francesas organizaron un vistoso cortejo fúnebre que recorrió la avenida de los Campos Elíseos, la plaza de la Concordia, las Tullerías… hasta llegar a la estación del Quai d’Orsay. Rindieron honores cuatro regimientos de infantería y una batería de artillería, y acompañaron la carroza, según cuenta con detalle la biógrafa de Isabel II, Isabel Burdiel, representantes de las altas instituciones del Estado.
Dispusieron un tren especial, adornado con llamativos crespones, que partió camino de la frontera española no sin antes dejar a las primeras autoridades de la República con un palmo de narices porque esperaban que el rey Alfonso XIII tuviera el detalle de acercarse a París para hacerse cargo del cadáver de su augusta abuela para acompañarla hasta Hendaya, cambiar luego de tren y llegar con ella al Real Sitio del Escorial.
No contaban los franceses con lo relatado al principio de este texto sobre la sana costumbre borbona de renegar del inmediatamente anterior en el cargo para que no le salpique.
Alfonso XIII se avergonzaba de su abuela y evitó toda relación con ella porque la consideraba responsable de haber dilapidado el prestigio de los borbones. Ya ven ustedes… le dijo la sartén al cazo: apártate que me tiznas. Alfonso XIII, el que acabó superando en corrupción a su bisabuela Cristina y a su abuela Isabel, el que introdujo en España el cine porno, el que trincaba comisiones y organizó un golpe de Estado… ¿se quejaba de que Isabel II hubiera acabado con el prestigio de los borbones? Pues si viera dónde tienen ahora el prestigio…
El real y orondo cuerpo de Isabel II llegó directamente en tren al Escorial, y allí se organizó (¡otra vez!) la típica parafernalia vistosa, con autoridades, sotanas púrpuras y unos soldados de la guardia real con pompones en el gorro. No faltaron unos cuantos desinformados plebeyos que fueron a llorar a una reina que la mayoría ni conoció, que les robó y de la que no sabían nada desde hacía 36 años. Isabel II fue directa al pudridero.
El imberbe Alfonso XIII nunca tuvo la más mínima intención de hacer acto de presencia ni en los traslados ni en la llegada al Escorial ni en la entrega de restos a los agustinos. Hasta el presidente del Gobierno, Antonio Maura, le desaconsejó que se implicara con esa muerte. Y además, Alfonso XIII estaba en pleno viaje oficial por Cataluña, intentando arrimarse las simpatías de los catalanes muy de derechas porque estaban poniéndose un poquito republicanos y nacionalistas de más. Lo único que prometió Alfonso XIII en aquel viaje de 1904 es que aprendería a hablar catalán. Nunca lo hizo. Lo que sí acabó haciendo fue dar un golpe de Estado en Cataluña con su colega Primo de Rivera, suspender la Constitución y, para esto sí le vino bien Cataluña, fundar allí la primera productora de cine porno en España, Royal Films, con la tapadera de los hermanos barceloneses Ramón y Ricardo de Baños.
¿Alguien se pregunta, una vez pasados 35 años desde que Isabel II y su consorte Francisco de Asís fueron expulsados, por qué no permitieron el regreso de los ancianos abuelos para que se instalaran en España discretamente y al margen de la familia real? Pues, primero, porque la discreción no va con ellos (al traidor Juan Carlos le gusta que estemos informados de los chuletones que se come en Sanxenxo para restregarnos que viene cuando le sale del bolo), y segundo, por lo dicho al principio, porque les abochornan sus parientes. Por eso echan el resto en los funerales. Mucho fuego artificial, mucho postureo protocolario, pero ni arrimarse al defenestrado. Isabel II era para su nieto Alfonso XIII tan incómoda como el exrey Juan Carlos a su hijo Felipe. Pero es que tampoco el hijo de Isabel II, Alfonso XII, la marioneta de Antonio Cánovas del Castillo, permitió que volviera su madre a España. Solo se permitían breves y esporádicas estancias, porque la presencia de Isabel II, como ocurre con la presencia del exrey Juan Carlos, perjudicaba a la inestable monarquía.
Ojo al de Abu Dabi… que por mucho que se avergüencen de él su hijo Felipe, su nuera, sus nietas y su esposa… en cuanto casque van a intentar que les paguemos traslados y funerales dada “su elevada jerarquía”.
Hay que estar muy atentos para que no nos cueste los cuartos. Sugiero cremación y esparcimiento de las cenizas del borbón bribón en aguas del Golfo. Sería lo suyo.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.