El legado de Mazón más allá de la DANA: el president que se abrazó a los postulados de la ultraderecha
Ha sido un jefe del govern valenciano fugaz, con sólo 841 días en el cargo, y el segundo obligado a dimitir. Su pacto con Vox abrió la veda para todos los siguientes en las comunidades del PP.

València--Actualizado a
Con 841 días en el cargo, Carlos Mazón ha sido un president de la Generalitat fugaz. Solo José Luis Olivas, un president de transición entre la dimisión de Eduardo Zaplana en julio de 2002 (cuando pasó a ser ministro de Trabajo con Aznar) y el nombramiento de Francisco Camps tras las elecciones de 2003, ha tenido un Gobierno más corto, con un mandato de menos de un año.
No estaba escrito así, sin embargo. Carlos Mazón llegó a la presidencia de la Generalitat el 17 de julio de 2023. Lo hizo después de que el gobierno progresista anterior perdiera su mayoría, arrasado por el vendaval que en aquellas elecciones hizo que casi todos los gobiernos autonómicos virasen a la derecha.
Mazón necesitaba, eso sí, los votos de Vox. Pedro Sánchez había convocado elecciones generales anticipadas después del resultado de las urnas autonómicas. La consigna en Génova era que sus barones territoriales no pactaran con la extrema derecha antes de los comicios estatales para no alentar la movilización del electorado de izquierdas. El candidato de Vox en el País Valencià, Carlos Flores Juberías, a causa de una condena por maltrato a su exmujer en el expediente, perdía su condición de virtual vicepresident de la Generalitat y, para facilitar su relevo, tenía que ser el candidato de la formación de extrema derecha al Congreso. El pacto valenciano se tenía que acelerar.
Este fue el primer desencuentro de calado de Carlos Mazón con Alberto Núñez Feijóo, con quien, por otro lado, no había tenido nunca una relación fluida: Mazón había sido una apuesta de la anterior dirección del PP, que defenestró a la anterior líder del PP valenciano, Isabel Bonig, en su favor. El pacto de Mazón con Vox, el primero de todos los líderes autonómicos que lo sellaba y que, además, compartiría gobierno con los ultraderechistas, abría la veda para todos los siguientes.
En las elecciones generales que se celebrarían unos meses más tarde, el voto de izquierdas se activaría, en previsión de un pacto de PP y Vox también en el gobierno estatal, y Núñez Feijóo se quedó a las puertas de lo que veía como una victoria sin bajarse del autobús.
La legislatura de Carlos Mazón ha sido la más accidentada de los años autonómicos en el País Valencià. Es el segundo president que se ve obligado a dimitir, acatando órdenes de las direcciones de sus partidos en Madrid, después de Francisco Camps. La semana pasada, al llegar Mazón al funeral de Estado por las víctimas de la DANA, antes de recibir los sonoros gritos y abucheos, Camps fue el primero —y prácticamente único— que fue a darle la mano. Un presagio, visto días después.
Sin embargo, la agitación del último año no era para nada previsible en los primeros compases de la legislatura. Con un pacto con Vox, que llevaba al extorero Vicente Barrera a la vicepresidencia de la Generalitat —de quien, a propósito, À Punt emitía una corrida de 1997 al mismo tiempo que, un año después de la DANA, las calles de València se volvían a llenar para exigir la dimisión de Mazón—, el president valenciano cultivaba un perfil más institucional y menos político. El equipo de comunicación que gestionaba sus cuentas en las redes sociales nos presentaba a Mazón recomendando papas u horchatas e intentaba que las polémicas y el ruido mediático pasaran de lado.
El primer año de Mazón se puede considerar, para sus objetivos, un éxito. Pacta los presupuestos con Vox y escora su gobierno claramente hacia la derecha. Con un vicepresidente extorero, los bous al carrer juegan una baza importante de agitación de la batalla cultural. Pero, por otra parte, por ejemplo, no impedía la reversión a la sanidad pública del hospital de Dénia, una reivindicación histórica de la comarca.
Ni tan solo en el verano de 2024, cuando Vox —siguiendo las directrices de su dirección nacional en Madrid y con una discrepancia bien visible— salía del gobierno de la Generalitat, Mazón se veía en problemas. Cierto es que los presupuestos para 2025 no llegaban, pero Mazón y su gobierno se veían muy fuertes. Mejor que nunca. Las tradicionales encuestas del 9 de octubre, en este sentido, ofrecían solo una duda: si el PP llegaría a la mayoría absoluta o volvería a necesitar a Vox.
Todo cambió poco después, el 29 de octubre de 2024. Una tragedia como la DANA marca un punto de inflexión inevitable. Ante catástrofes de esta magnitud, las alternativas son dicotómicas: o el Gobierno es percibido como un aliado, y, por lo tanto, su popularidad se dispara, o todo lo contrario, y su caída es inevitable.
El caso de Mazón fue el último. Su desaparición en El Ventorro, mientras el área metropolitana de València vivía la peor tragedia en más de medio siglo, dictaba sentencia, más allá de cualquier otra consideración. Las mismas encuestas que un año antes le sonreían, ahora le daban un rechazo casi generalizado —de más del 80% y que era mayoritario incluso en las filas de su partido— y una puntuación de apenas un 1,67 sobre 10.
A partir de entonces, un Gobierno como el de Mazón que, aunque le costaba arrancar, sí que navegaba plácidamente en velocidad de crucero, ya no tendría ni un segundo de respiro y se mantendría en estado de excepción permanente. La legislatura, se mirara por donde se mirara, se había acabado. La prioridad absoluta —y única— pasa a ser mantenerse en el poder.
Se acaba el perfil de Mazón con pocas aristas. En un contexto de caos y estado de sitio para el gobierno del PP, el perfil derechista se agudiza y se echa mano del primer punto del manual de la derecha valenciana en momentos de crisis: agitar el fantasma del anticatalanismo y pasar a ejercer la batalla cultural en materia de lengua e identidad.
La educación es uno de los primeros campos de batalla. Una de las promesas estrella de Mazón para llegar al gobierno es una consulta sobre la lengua de docencia para "acabar con la imposición de la plantilla catalana de inmersión lingüística obligatoria", tal como Mazón definía el modelo del gobierno progresista anterior. Dicha consulta se lleva a cabo a finales de febrero y principios de marzo, con las escuelas sin haberse recuperado aún de los estragos de la DANA. El resultado, inesperado para Mazón y su gobierno, supone un revés: el valenciano es la lengua escogida por la mayoría de las familias.
En ese contexto, con meses de protestas en las calles, que no cesan, Mazón llega a las Falles acorralado. Pero Vox le ofrece un balón de oxígeno. A cambio, Mazón asume toda la mochila ideológica del partido de extrema derecha: negacionismo climático (denuncia el pacto verde europeo, culpabiliza de la DANA a la ley de protección de la huerta, que deroga y vuelve a abrir la puerta al urbanismo desatado); criminalización de la migración (pacta con Vox hacer estadísticas sobre usos de los servicios públicos por nacionalidad); ataques al valenciano y agitación del fantasma del anticatalanismo (en educación, secesionismo lingüístico, ataques a la Acadèmia Valenciana de la Llengua) y control de À Punt.
Mazón se sitúa en un extremo. La formación de ultraderecha ha sido, en este sentido, su principal aliado y sustento. Se podría decir, incluso, que por delante de su propio partido, el cual, desde la DANA no lo ha dejado de ver como un problema y una patata caliente.
Vox, por su parte, se aprovechaba de la debilidad política de Mazón para imponer su agenda y las encuestas, en cierto sentido, validaban esta estrategia: el bloque de derechas podía seguir sumando gracias a la subida de Vox.
Ahora bien, con lo que Mazón no contaba era con que la protesta en la calle no aflojara siquiera cuando ya ha pasado un año de la DANA.
Mazón se podría proponer resistir e incluso, en las últimas semanas, deslizar que se postulaba para encabezar el cartel electoral del PP en 2027. Sin embargo, dos circunstancias han acabado por tumbar definitivamente los muros de defensa: la decimosegunda manifestación por la DANA, multitudinaria, volvió a coger fuelle, y los gritos y acusaciones de las víctimas durante el funeral de Estado hicieron insostenible su posición. Rosa Álvarez, presidenta de la Asociación de Víctimas Mortales de la DANA, ha declarado que Mazón "no ha dimitido, lo hemos echado desde las calles".
Mazón, como discípulo aventajado de Zaplana, tiene más de siete vidas políticas, pero seguramente ha gastado todas las que le quedaban durante el último año. Si José Luis Olivas quedará completamente olvidado -de hecho, deben de ser bien pocos los valencianos que lo recuerden como president de la Generalitat-, Carlos Mazón no tendrá este mismo destino. No hay duda de que su nombre será recordado, pero no precisamente como autor de las páginas más brillantes de la historia.


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