La fragmentación política, un fenómeno global que también impacta en Catalunya y dificulta la gobernabilidad
Tanto en el Parlament como en el Ayuntamiento de Barcelona las aritméticas en los plenos no permiten que los partidos alcancen grandes pactos, a pesar de que sí se puedan cerrar investiduras. Analizamos las dificultades que conlleva con el politólogo Marc Sanjaume.

Barcelona--Actualizado a
En la actualidad, el Parlament de Catalunya cuenta con ocho formaciones políticas con representación: una cifra récord alcanzada en 2021 y que se mantuvo en los últimos comicios, celebrados en mayo de 2024. Esta fragmentación no es nueva, pero sí que se ha acentuado de forma notable en los últimos años. Lo mismo ocurre en Barcelona, donde Jaume Collboni gobierna en solitario con una fuerza exigua de concejales —10 de un total de 41 que conforman el pleno — y depende de pactos variables prácticamente para cualquier decisión relevante.
Estas aritméticas dificultan la aprobación de grandes medidas, ya que la gobernabilidad del día a día es difícil, aunque, hasta ahora, sí que se ha conseguido configurar gobiernos. Según Marc Sanjaume, profesor de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), nos encontramos ante un fenómeno que no es exclusivo de Catalunya. Detalla que, desde la última gran crisis económica mundial, "ha habido una fragmentación de los sistemas de partidos" en las democracias occidentales, y esto se traduce en escenarios políticos mucho más inciertos.
En el caso catalán, apunta que esta tendencia se manifiesta "primero a partir de 2010 y de manera más acusada después de 2017", coincidiendo con los años más intensos del procés independentista. "Esto nos sitúa en unos niveles muy altos de fragmentación y con un número efectivo de partidos que hace muy difícil formar mayorías absolutas", explica el politólogo. La consecuencia directa es que los gobiernos, incluso cuando consiguen ser investidos, son débiles, "tal como se ve en las votaciones, en la aprobación de presupuestos, etc.", añade.
Los presupuestos, efectivamente, se han convertido en el principal termómetro de la gobernabilidad. Salvador Illa logró la investidura gracias a los votos de ERC y los Comuns, pero gobierna en minoría solo con el apoyo de su partido, el PSC, y todavía no ha podido reunir los votos suficientes para aprobar unas cuentas durante el mandato ni para sacar adelante grandes iniciativas legislativas que den solidez a su obra de gobierno. En Barcelona, Collboni ha vivido una realidad similar: se ha garantizado aprobar las cuentas en dos ocasiones pero no con el apoyo del consistorio, sino recurriendo al mecanismo de la cuestión de confianza.
La afectación en la ciudadanía
Sanjaume considera que la fragmentación actual es en parte "un signo de un aumento de la fragmentación de la opinión pública", con electorados cada vez más segmentados. "Vivimos en unas opiniones públicas caracterizadas por burbujas", explica, en referencia a los entornos digitales y políticos que refuerzan los propios puntos de vista. Lo que antes eran dos grandes bloques en disputa, hoy son múltiples grupos difíciles de conciliar.
En Catalunya, esta realidad se ve intensificada por la concurrencia de dos ejes de competencia: el social y el nacional. Como recuerda Sanjaume, además del eje izquierda-derecha, "el procés ha fragmentado también el espacio independentista, primero con la CUP y ahora con Aliança Catalana". Esto lleva a "cuatro partidos independentistas" conviviendo con formaciones que no lo son, otros directamente españolistas —como el PP— y con nuevas opciones de extrema derecha como Vox. Un mosaico parlamentario casi inédito en Europa.
La gobernabilidad, pues, se convierte en un ejercicio delicado: gobiernos que se levantan sobre acuerdos puntuales y que avanzan negociando voto a voto y medida a medida. El escenario convierte cualquier proyecto de gran alcance —financiación, presupuestos, infraestructuras— en una carrera de obstáculos tácticos. Y los partidos, pendientes de sus electorados más exigentes, se hacen más refractarios al compromiso, ya que una concesión equivale a renunciar a su identidad política.
En este contexto, el profesor de la UPF advierte de que los ciudadanos pueden llegar a percibir una falta de horizonte y liderazgo: "Quizá se echa de menos un bloque central, mensajes que permitan señalar una dirección de la política". Una demanda que, paradójicamente, convive con una sociedad que exige cada vez más especificidad en la representación: "Un electorado tan fragmentado puede tener el incentivo de buscar un reflejo de sus preferencias y no de las de la mayoría", destaca.
Esto sitúa la política catalana en un punto delicado: si la gobernabilidad se mantiene siempre en el límite, el riesgo es que la institución pierda capacidad transformadora y se limite a gestionar la inercia. Una manera de gobernar sin gobernar.
Gobernar en minoría como norma
Catalunya se adentra en una etapa en la que las mayorías sólidas ya no son el escenario de partida. La pregunta que planea ahora es si se podrá gobernar efectivamente en un contexto de fragmentación estructural. Para Sanjaume, el reto no es necesariamente lograr grandes pactos, sino evitar el bloqueo: "La alternancia, un cierto liderazgo y la capacidad de marcar una dirección política pueden ser más importantes que un pluralismo extremo". Sin embargo, asume que "aquello que se llamaba el término medio quizá está más lejos que nunca".
La política catalana tendrá que aprender a vivir con la complejidad de su propio mapa. La gobernabilidad ya no es un punto de partida: es una batalla continua. Y el futuro dependerá de si los partidos son capaces de encontrar, aunque sea de manera frágil, caminos compartidos para avanzar.

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