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¿Cómo afectaría a nuestro cerebro estar en Supervivientes?

El hambre prolongada, la falta de sueño y el agotamiento agitan los instintos primitivos de los concursantes de los realities de supervivencia. A continuación, analizamos cómo puede afectar al cerebro vivir una experiencia como la de Supervivientes.


Concursantes rompiendo a llorar en pleno directo, que son capaces de humillarse por un cuenco de arroz, adoptando actitudes mezquinas con los compañeros para proteger sus limitadas posesiones: son números que se repiten cada nueva temporada en Supervivientes, el reality show de larga trayectoria que triunfa en medio mundo. A continuación, analizamos cómo puede afectar al cerebro vivir una experiencia como la de Supervivientes. 

Sobrevivir: un reto físico, un reto mental 

¿Cómo afecta a nuestro cerebro vivir una experiencia como la de Supervivientes?
¿Cómo afecta a nuestro cerebro vivir una experiencia como la de Supervivientes? Fuente: Depositphotos

En 1997, la cadena sueca pública SVT emitió la primera edición mundial de Supervivientes —llamado entonces Expedition Robinson—, un formato de telerrealidad creado por el productor británico Charlie Parsons que, 25 años después, triunfa en buena parte del mundo, desde Ecuador a Filipinas, pasando por España, donde lleva en antena desde el año 2000.  


Muchas cosas han cambiado en el formato desde que Juanma López Iturriaga entregara el premio de 10 millones de pesetas a Xavier Monjonell, un monitor de esquí de Girona, pero la esencia del programa trata de mantenerse: poner a prueba el instinto de supervivencia de los concursantes durante un tiempo determinado. 

Este instinto de supervivencia engloba una serie de reacciones hormonales y mecanismos psicofisiológicos que preparan al cuerpo para soportar situaciones de gran estrés cuyo objetivo es tratar de asegurar la alimentación, el abrigo y la evitación del peligro, para preservar la vida y la salud. 

Sobrevivir al hambre 

¿Cómo afecta a nuestro cerebro vivir una experiencia como la de Supervivientes?
¿Cómo afecta a nuestro cerebro vivir una experiencia como la de Supervivientes? Fuente: Unsplash

Y el primer reto para los participantes de Supervivientes es soportar el hambre cuyo centro de gestión es alojado en el hipotálamo que es alertado a través de cinco señales de procedencia diversa: señales nerviosas del tubo digestivo, señales químicas de los nutrientes en la sangre, señales de las hormonas gastrointestinales, señales de las hormonas liberadas del tejido adiposo y señales de la propia corteza cerebral, incluyendo la visión, el olfato o el gusto que modifican la conducta alimentaria. 

Si esta sensación de hambre es prolongada comienzan a darse cambios a nivel físico que incluye la pérdida de peso al alterarse los mecanismos de almacenamiento de nutrientes. En primer lugar, se van consumiendo las reservas de glucosa en el hígado en forma de glucógeno, así como de los músculos, para al cabo de varios días consumirse las grasas, una vez que se reduce la glucosa en sangre. 

A pesar de que el cuerpo humano tiene un promedio de unos 10 kilos de reservas de grasa lo que equivaldría a unos 40 días, a medida que la sensación de hambre crece, el cerebro acelera los procesos instintivos de autodefensa de forma que la provisión de alimento se convierte en prioridad al aumentar la sensación de malestar que, finalmente, se transmite al estado de ánimo.  

Es el momento en el que muchos concursantes ‘estallan’ y entran en conflictos personales con otros compañeros, entre otras cosas, porque su cerebro no deja de enviar señales de alerta para asegurar el alimento. Si a ello sumamos que estas personas no están acostumbradas a situaciones de hambre prolongada, tenemos como consecuencia cambios radicales en el comportamiento. 


Sobrevivir al sueño y al agotamiento 

¿Cómo afecta a nuestro cerebro vivir una experiencia como la de Supervivientes?
¿Cómo afecta a nuestro cerebro vivir una experiencia como la de Supervivientes? Fuente: Pexels

Al hambre, siempre protagonista de Supervivientes, hay que sumar otros factores que afectan a la estabilidad psicológica de los concursantes. Alterar los patrones de sueño durmiendo menos horas de lo habitual y en condiciones insólitas supone un nuevo reto físico y mental.  

No solo está el hecho de tener que cambiar un mullido colchón por la arena, sino la dificultad de adaptar el ritmo de descanso a una situación inédita para muchos de ellos pasando a guiarse por la luz del sol y no por lo que diga el reloj. 

La reducción en las horas de sueño y la falta de pleno descanso puede tener efectos devastadores en la salud mental de las personas, como se ha podido comprobar en algunos famosos experimentos psicológicos: somnolencia diurna, dolores de cabeza, mareos, falta de atención, incapacidad para concentrarse, ansiedad, irritabilidad, etc. Un cerebro que no repone energías con el sueño no puede trabajar al mismo ritmo y con la misma eficacia que en una situación normal. 

Así mismo, el agotamiento derivado del hambre y la falta de sueño es un ingrediente más de este cóctel de desestabilización psicológica de la que se nutren formatos como Supervivientes para tratar de generar situaciones de intensidad dramática. 


La amígdala y el comportamiento primitivo 

Después de la tempestad (neurofisiológica) llega la calma. Los aficionados a Supervivientes suelen perciben una suerte de estabilidad en los concursantes en la segunda fase del programa… que no es tan del gusto de los productores. Y esto se debe también a que el cerebro ha finalizado —en algunos casos de forma más eficaz que en otros— su proceso de adaptación a una situación de inédita intensidad y de gran exigencia física. 

Es el sistema límbico cerebral ubicado alrededor del tálamo el encargado de procesar las respuestas emocionales, también ante situaciones de peligro. La amígdala, un conjunto de núcleos de neuronas que forman parte de ese sistema, tiene la capacidad de poner en marcha cambios rápidos de comportamiento para adaptarse a situaciones de peligro, una suerte de atajo mental que enciende el mencionado instinto de supervivencia. 

En primera instancia, la sangre recibe más adrenalina, la piel se hace menos sensible y los pulmones tienen mayor capacidad, entre otros ‘superpoderes’ momentáneos. Así, el cuerpo es capaz de soportar en primera instancia esas situaciones de gran exigencia. 

Pese a que la amígdala no tiene capacidad para mantener este estado de alerta durante mucho tiempo, el cuerpo aprende a gestionar de forma más eficaz estas situaciones cuando se prolongan: es la adaptación al comportamiento primitivo en el que asegurar el alimento y el descanso y, con ello, el equilibrio físico, se anteponen a cualquier otra consideración. 


Es por ello que, llegado el momento, muchos concursantes llegan a disfrutar de la experiencia de Supervivientes al haber superado el reto inicial y verse capaces, con la dosis de orgullo que ello también supone, de ‘sobrevivir’ al hambre, al sueño y al agotamiento… todo ello rodeado de cámaras de televisión. Pero esa ya es otra historia de supervivencia cerebral.



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