¿Por qué nos da vergüenza sudar en público?
Aunque se trata de una función fisiológica, el sudar en público continúa siendo un tabú.

Zaragoza-
El sudar es una función fisiológica fundamental para el cuerpo humano. Fundamentalmente, se trata de un mecanismo diseñado para regular la temperatura corporal. Resumiéndolo mucho, el sudor consiste en una mezcla de agua y sales que es producida por las glándulas sudoríparas y que, al evaporarse de la piel, ayuda a enfriar el cuerpo evitando su sobrecalentamiento. Es por ello que se genera en ocasiones en las que la temperatura aumenta, como por ejemplo al realizar ejercicio físico, pero también cuando hace mucho calor ambiental.
Es cierto que los seres humanos no somos la única especie que utiliza la sudoración, aunque sí que somos la que más depende de ella para un funcionamiento correcto de nuestro organismo. Es, por lo tanto, una función básica, aunque sobre ella existe un cierto reparo o tabú social. Sudar es sano y deseable en muchas ocasiones, pero sin embargo está mal visto. De hecho, existe toda una industria cosmética centrada en disimular sus efectos: los desodorantes. Pero, ¿de dónde viene esa concepción negativa del sudor?
Sudor y clase social: el origen del estigma
El sudor es una respuesta fisiológica incontrolable; el cuerpo necesita sudar y actúa en consecuencia. No obstante, existen ciertos contextos en los que esta respuesta es esperable. El más clásico es el desempeño físico, ya sea a través del deporte pero también del trabajo manual.
Es por ello que, históricamente, el sudor ha sido visto como una cuestión de clase. La obra más importante que respalda esta visión histórica es El proceso de la civilización: investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas (1939) del sociólogo Norbert Elias.
En ella se explica que, en la Edad Moderna, eran los trabajadores los destinados a sudar, al menos de una manera no recreativa, mientras que las clases pudientes tenían como canon estético el cuerpo seco. Lo mismo ocurría con el bronceado de la piel, visto como un símbolo del trabajo al aire libre, mientras que la vida en el palacio propiciaba una palidez que era vista como símbolo de estatus social.
Incluso existían ciertas argumentaciones pseudocientíficas contra el sudor, pues estaba muy extendida la creencia de que el abrir los poros de la piel podría dar lugar a la entrada de gérmenes y enfermedades. Curiosamente, esta actitud terminaba generando unas condiciones insalubres que fueron foco de infecciones.
Sin embargo, la mayoría de estos cánones están ampliamente superados. Estéticamente, el ideal actual aboga por los cuerpos bronceados y delgados (previamente la grasa corporal también era un símbolo de estatus social). Además, a raíz del descubrimiento de las bacterias en el siglo XIX, el higienismo hizo que se le diese una gran importancia al baño y, en general, a la limpieza corporal. Sin embargo, el sudor continuó viéndose como algo indeseable. Pero, ¿por qué sucedió esto?
La presión de la industria cosmética contra el sudor
De hecho, a inicios del siglo XX el sudor no estaba considerado una vergüenza social. Se entendía como lo que era, una reacción fisiológica al calor. Algo que eliminar con agua y jabón. Sin embargo, el marketing y la publicidad hizo que se conceptuarse como algo a repudiar socialmente, en un ejemplo que ha pasado a ser objeto de estudio por la relevancia que consiguió en la época.
Se considera que el inicio de la mala reputación del sudor nació en la campaña publicitaria del antitranspirante Odo-Ro-No lanzada en 1919. En lugar de intentar potenciar sus cualidades, el anunció se centró en generar una inseguridad en sus posibles clientes: ¿podría ser que estuvieras oliendo mal sin ser consciente de ello? Literalmente, el lema era “Lo que no te atreves a decirle a tu amiga”, implicando que ni siquiera la gente más cercana se iba a atrever a decirte cuando estabas sudando en exceso en público.
Aquello creó un miedo social inexistente hasta la fecha, disparando las ventas de desodorantes y antitranspirantes en el proceso. Una industria que primero se dirigió a las mujeres, pero que a partir de los años 30 también abarcó al público masculino. Desde entonces, los desodorantes se siguen utilizando a diario, en gran parte, por el miedo que existe a oler mal en público sin ser conscientes de ellos.
El falso mito del mal olor del sudor
Lo cierto es que el sudor no huele mal per se. Se trata, como hemos visto, de una combinación de agua, sales y lípidos. Es la mezcla de este líquido con las bacterias que viven en la piel las que desprenden su aroma característico, y que en ocasiones sí puede ser pestilente.
Concretamente, el sudor más oloroso es aquel fabricado por las glándulas apocrinas, el cual se suele producir en ingles y axilas y tiene como característica principal el ser más rico en grasas y proteínas. Estos componentes son digeridos por las bacterias de la piel, que liberan compuestos de azufre y ácidos grasos que son los verdaderos responsables del olor fuerte o desagradable.
Existen varios factores que pueden aumentar este mal olor, como por ejemplo algunos tejidos sintéticos que atrapan el sudor y crean un ambiente perfecto para que las bacterias se multipliquen. De ahí que, por ejemplo, en verano se recomiende vestir con fibras naturales como el algodón o el lino, ya que permiten que la piel respire. Además, la alimentación también puede afectar en el tipo de olor que desprende el sudor. Finalmente, el sudor emocional, por ejemplo el producido en una situación de miedo o estrés, también está generado por las glándulas apocrinas, por lo que tiende a ser más oloroso.



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