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¿Existe la casualidad o es producto del universo?

Estás pensando en una canción y la ponen en un bar; recuerdas a una expareja y te tropiezas con ella en el metro; has pensado en que deberías llamar a tu madre y suena el teléfono, es tu madre; un paciente sueña con un escarabajo de oro y, acto seguido, un escarabajo dorado choca contra la ventana de la consulta. ¿Casualidades… o sincronicidades?  

El último de los ejemplos de “casualidades” o coincidencias fue vivido por Carl Gustav Jung, uno de los psicólogos e intelectuales más importantes del siglo XX. Para él, la coincidencia del escarabajo podría ser algo más que una casualidad, una suerte de insight o penetración, una coincidencia en el tiempo de dos o más sucesos no relacionados causalmente que tienen el mismo significado. Es decir, una sincronicidad, un concepto revolucionario que aspira desde hace décadas a establecer un diálogo entra la física y la psicología

Jung y Pauli, teóricos de la sincronicidad 

Jung
Freud (sentado, a la izquierda) y Jung (sentado, a la derecha). Fuente: Wikipedia

Cuenta la leyenda que, un día, Sigmund Freud estaba reprobando a Jung por su interés en el espiritualismo advirtiéndole contra el peligro de ser inundando por “la negra marea del fango del ocultismo”. Jung experimentó entonces una sensación ardiente en el diafragma y, en ese instante, los dos hombres oyeron un fuerte crujido que provenía de la estantería de libros.  

Jung sugirió que aquello era un ejemplo de “exteriorización catalítica” y Freud lo tildó de “pura necedad”. Entonces Jung “predijo” que ocurriría un segundo suceso y, efectivamente, se oyó otro ruido, lo que desconcertó profundamente a Freud… 

Esta anécdota protagonizada por aquellos dos grandes amigos y rivales muestra el interés que fueron despertando las “casualidades significativas” en la obra de Jung hasta concluir el concepto de sincronicidad que se diferencia de la casualidad y del sincronismo, entendido este último como la mera simultaneidad de dos sucesos.

La sincronicidad, por su parte, tendría “el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar”. 

Y aquí es donde entra Wolfgang Pauli, eminente físico teórico, Premio Nobel de Física nominado por Einstein —y paciente de Jung— que lleva el concepto de sincronicidad a un nuevo nivel.  

Pauli introduce el valor del “significado” en la sincronicidad, proponiendo un modo en el que el planteamiento objetivo de la física —conexión constante a través del efecto o causalidad— se podría investigar con valores más subjetivos: conexión a través de la contingencia, equivalencia o significado. 

Pauli
Quinto Congreso Solvay de mecánica cuántica. Pauli es el cuarto de pie desde la derecha – Fuente: Wikipedia

Como señala el físico ingles y catedrático de la Queen’s University F. David Peat en su obra Sincronicidad: Puente entre mente y materia “esta idea del significado es la clave vital de la naturaleza de la sincronicidad, porque mientras los sucesos fortuitos siempre pueden producir patrones a través de la pura casualidad, la esencia de una sincronicidad es que un patrón determinado tiene un significado o valor para la persona que lo experimenta”.  

La sincronicidad aspira, por tanto, a descubrir cómo el significado puede desempeñar un papel en nuestro universo físico. En este sentido, Jung y Pauli presentaron sus penetraciones o insights de lo que creían que era un nuevo principio de la naturaleza y que complementaría el planteamiento de la física.  

Pauli creía que la sincronicidad hacía posible iniciar un diálogo entre la física y la psicología de un modo tal que lo subjetivo se introduciría en la física y lo objetivo en la psicología. En lugar de buscar exclusivamente en la física o en la psicología la solución de los secretos de la naturaleza, Pauli creía que se necesitaba un planteamiento complementario en que los aspectos subjetivos y objetivos revelarían características distintas del mismo fenómeno fundamental. 

Estas ideas fueron completadas por varios seguidores de Jung y Pauli como la intelectual Marie-Louise von Franz que consideraba la sincronicidad como la manifestación de un principio mucho más amplio de “ordenamiento acausal” que también se encuentra en la matemática y en la teoría cuántica y que representa “actos de creación en el tiempo”, una suerte de principio conector acausal en nuestro universo físico. 


Sincronicidad: ¿el sentido integral del universo? 

Universo
Una persona mira al cielo – Fuente: Unsplash

Para F. David Peat, la sincronicidad puede ser el eslabón perdido entre dos mundos que parecen definitivamente aislados entre sí. Por un lado, la inmediatez de la poesía, de la música, el arte o el misticismo, y, por otro, los descubrimientos y explicaciones objetivas de la ciencia.  

¿Es la conciencia un epifenómeno de determinadas reacciones electroquímicas complejas, es la vida el producto de procesos moleculares fortuitos? ¿Es el universo un accidente… o tiene un sentido profundo, integral?

La sincronicidad sería la llave que abre una puerta a lo desconocido, una ventana que ofrece “ver más allá de nuestros conceptos convencionales del tiempo y la causalidad (…) un puente que conecta los mundos de la mente y la materia, de la física y de la psique”. 

La causalidad frente a la sincronicidad 

La causalidad —no ya la casualidad— es la base del pensamiento y la teoría científica: el universo, según la ciencia, está dominado por la causalidad. 

La causalidad se define como «una cadena de causa y efecto». Esto sugiere una cadena, o serie de eslabones, en que cada uno está firmemente unido con sus dos vecinos para que la cadena entera pueda extenderse indefinidamente en ambas direcciones. De este modo, cada suceso en el universo está conectado causalmente con otro suceso que lo precede, y con otro que viene detrás de él

De hecho, según el reduccionismo científico, un fenómeno tan complejo como la conciencia se explica en términos de mecánica de un sistema biológico: el funcionamiento de potenciales de acción en las neuronas, el flujo de neurotransmisores y el crecimiento de redes nerviosas. 

Para Peat, el universo causal definido en la física clásica de los siglos XVIII y XIX, continúa influyendo en los modos en los que la mayoría de nosotros sigue percibiendo la realidad

El mundo interior 

Sincronicidad
Una persona sostiene una bola de cristal – Fuente: Unsplash

Si las sincronicidades representan un puente entre la materia y la mente, el concepto de causalidad no es apropiado para un mundo de sucesos mentales.  

En general, nuestro mundo interior no cumple los tres criterios en los que se basa la causalidad: los sucesos no son claramente distinguibles ni independientes, no hay un flujo claro de influencia de un suceso al siguiente, el tiempo no es lineal y sin ambigüedad. 

Por ello los movimientos de la mente requieren una descripción más general que la que es posible con las cadenas lineales de la causalidad, y que evolucione naturalmente de los sucesos que fluyen y surgen de sí mismo como expresiones de un orden intemporal dentro de algún fundamento más profundo.  

Sabiduría primitiva y ciencia occidental 

¿Puede nuestro profundo sentido del objetivismo científico aprender algo de la sabiduría primitiva, allí donde conceptos similares a la sincronicidad eran valorados como vertebrales en sus creencias? 


La visión del mundo, la civilización y la adivinación sincrónica —como las adivinaciones de los Naskapi, los Shang y los chinos clásicos— estuvieron vinculadas de modos que pueden parecer ajenos a nuestros planteamientos «causales» y «temporales».  

Puede que, para nosotros, en las postrimerías del siglo XX, la asimilación seria de las ideas de la sincronicidad requiera una transformación profunda de nuestra habitual manera de ver la naturaleza, la sociedad y a nosotros mismos. (…) Como mínimo podríamos abrigar la posibilidad de que otras visiones del mundo pudieran, de hecho, ser útiles para otras sociedades. (…) Porque mientras la ciencia tiene un poder impresionante de predecir y controlar, también está claro que su fragmentación esencial de la naturaleza ya no puede aplicarse a todos los problemas importantes que afronta el mundo hoy en día. 

F. David Peat considera, así mismo, que la sincronicidad es una vía para desfragmentar el conocimiento científico hasta una perspectiva más integradora que permita una comprensión global de los fenómenos de la naturaleza y de la psique, de la materia y de la mente. 

Con el paso de los siglos, la ciencia empezó a separarse de la filosofía hasta tal punto que, actualmente, pocos científicos tienen tiempo para las especulaciones filosóficas. Del mismo modo, la ciencia se fragmentó en una hueste de temas y especialidades diferentes, y la filosofía se dividió en distintos campos académicos restringidos.

La comprensión hoy en día ha cedido el paso a la acumulación de conocimientos, y el conocimiento mismo está dividido en una miríada de especializaciones.

Así pues, a medida que nuestro conocimiento del universo y de nosotros mismos se vuelve cada vez más detallado y diferenciado empieza a perder todo sentido de su contexto más amplio. Se convierte en el conocimiento sin significado y sin comprensión. Pero está claro que todos los distintos campos del conocimiento moderno deben tener, en un nivel más profundo, correlaciones significativas. 

Orden del tiempo y sincronicidad  

El concepto de sincronicidad también reta a nuestra idea de tiempo y de progreso con un inicio y un orden sucesivo lineal que se mueve hacia el futuro y que encuentra en los hallazgos de Newton su mayor fundamentación. 

Cuando la conciencia de la sociedad se separó del contacto directo con las armonías de la naturaleza y empezaron a desarrollarse la planificación, el control y las primeras tecnologías, empezó a evolucionar un nuevo orden del tiempo con un concepto del «llegar a ser» que dominaba sobre el del «ser». De este modo, la sociedad llegó a identificarse con el tiempo lineal de sucesiones del pasado hacia el futuro. 

Al adoptar este nuevo orden del tiempo, la sociedad ya no se determinaba internamente a través del significado, sino externamente en términos de un orden absoluto del tiempo. Dentro de este orden, a las tareas se les asigna una prioridad y un valor en el tiempo. A menudo no hay «tiempo suficiente» y, por lo tanto, muchos sucesos importantes se deben relegar hasta «mañana». 

Los individuos ya no se relacionan según los ciclos, rituales y movimientos complejos de la  naturaleza, sociedad y conciencia, sino que están atados a un orden más bien mecánico del tiempo, la «corriente que siempre fluye», que lo arrastra todo en su camino. En la sociedad occidental, este orden del tiempo, y el concepto del progreso que va junto con él, se considera obvio, de modo que los antiguos órdenes eternos y temporales son considerados ilusiones, o ficciones religiosas para mentecatos. De todos modos, no hay tiempo suficiente como para pensar en la eternidad. 

Sincronicidad como conciencia ilimitada 

Sincronicidad
Bombillas – Fuente: Unsplash

F. David Peat considera, en definitiva, que la idea de sincronicidad sugiere que podríamos haber basado nuestras vidas y nuestras civilizaciones en una ilusión

Una ilusión de la realidad suprema del «sí mismo», del «llegar a ser», del progreso temporal en vez de órdenes de tiempo infinitamente más sutiles que se funden en la eternidad, de la realidad superficial de las cosas en vez de sus órdenes ocultos más profundos. Las sincronicidades han abierto una ventana hacia una fuente creadora de un potencial infinito, la fuente del universo mismo. Han demostrado que la mente y la materia no son aspectos separados distintos de la naturaleza, sino que surgen en un orden más profundo de la realidad. Las sincronicidades sugieren que podemos renovar nuestro contacto con esa fuente creadora e incondicional que es el origen, no sólo de nosotros mismos, sino de toda realidad. 

Críticas a la sincronicidad: el sesgo de confirmación

Pese al innegable interés que despierta la idea de sincronicidad y los caminos que ha abierto —y puede abrir en el futuro, vinculada, incluso, a la física cuántica—, su difusa base teórica que, en diversos puntos se acerca a la mística, ha supuesto diversas críticas y matizaciones.  

La principal de ellas es la que explica la sincronicidad como una simple muestra de sesgo de confirmación: interpretar nueva información de manera que confirme las ideas preconcebidas propias y evite informaciones e interpretaciones que contradigan creencias previas.

Es decir, la necesidad que tenemos como seres humanos de buscar significados, simetrías y orden en un escenario indiferente —y carente de significado— que sería el universo.  

Con todo, la sincronicidad también se ha relacionado con la propia intuición intelectual, un conocimiento que no sigue un camino racional para su construcción y formulación, una suerte de “presentimiento” o fulgor de conocimiento que no podemos explicar y verbalizar. Tal vez un destello de ese sentido integrador del universo que reflejan las (supuestas) sincronicidades. 

Fuentes bibliográficas:

Jung, Carl Gustav. Obra Completa. La dinámica del inconsciente. Sincronicidad como principio de conexiones acausales.

Peat, F. David. Sincronicidad. El puente entre la materia y la mente. (1987) Bantam Books.



4 Comments

  1. Bibliografía:
    M. L. Von Franz, Sobre adivinacion y SINCRONICIDAD. La psicología de las CASUALIDADES significativas. Editorial Sirena de los Vientos, 2022.

  2. Ya es tiempo para buscar la ‘verdad’… el mundo de la realidad física y el de la metafísica, el cuerpo y el alma, necesitan compartir un punto de unión para que surja y se desarrolle la vida…

  3. Magnífico artículo. En efecto la sincronicodad puede que sea una de las formas que la conciencia afecta el universo físico, desde luego que ya está demostrado desde la física cuántica que este último se manifiesta, vale decir se realiza, ante la observación, de manera que la conciencia humana, individual y colectiva, forma parte de la realidad observable a la vez que su observación influye en la creación de la misma, con lo que conciencia y materia “conforman” nuestro universo. Y agrego que los que tenemos Fe creemos en nuestra esencia hecha por el Creador “a su imagen y semejanza”, y esa semejanza incluye la capacidad creadora y transformadora de la realidad observable.

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