Por qué recuerdas dónde estabas el 11-S pero tu cerebro borra el día a día
El cerebro es un órgano muy complejo, que no funciona como un simple almacén de recuerdos.

Zaragoza--Actualizado a
¿Y tú, qué hacías cuando se estrelló el primer avión en las Torres Gemelas? ¿Y durante el 23-F? ¿Cómo viviste la llegada del hombre a la Luna, o de la caída del muro de Berlín? ¿Con quién viviste el gol de Iniesta? ¿Y el de Ferran Torres? Existen una serie de eventos generacionales que permanecen grabados en nuestra memoria. De ellos podemos recordarlo casi todos: dónde estábamos, con quién, qué sensaciones experimentamos en aquel momento. Sin embargo, los recuerdos del resto de nuestra vida son muchos más etéreos.
Para comprender este fenómeno es necesario entender primero cómo funciona el cerebro. Es un error frecuente pensar en él como una suerte de almacén de recuerdos, donde los pasajes de nuestra vida se van acumulando en una suerte de ficheros ordenados por fecha y hora. La realidad es mucho más compleja, y lo cierto es que la mayoría de recuerdos permanecen presentes porque son recordadas varias veces a lo largo de nuestro periplo vital. Con una particularidad, cada vez que traemos un recuerdo al presente, este se vuelve maleable. Es decir, no recuperamos el suceso original, sino la última versión que fabricamos de él. Con esta puntualización en mente, llega el momento de introducirnos en los recuerdos destellos, de los que el 11-S es su máximo exponente.
Qué son los recuerdos destello
Podríamos definir los llamados recuerdos destello como un recuerdo autobiográfico sumamente vivido, donde se rememoran las circunstancias personales en las que un individuo se enteró de un suceso inesperado, impactante o de gran calado social. El concepto fue acuñado por los psicólogos Roger Brown y James Kulik en un estudio llevado a cabo en 1977, cuando buscaban conocer cómo las personas rememoraban el momento en que supieron del asesinato de John F. Kennedy, Martin Luther King Jr. y Malcolm X.
Aunque su hipótesis inicial fue desmontada posteriormente (Brown y Kulik creían que los sucesos completamente inesperados eran capaces de generar una huella intacta en la memoria), el nombre del concepto quedó para siempre. La refutación empírica más contundente llegó de la mano de los psicólogos Ulric Neisser y Nicole Harsch a raíz del accidente del transbordador Challenger en 1986. Al día siguiente de la tragedia, pidieron a un grupo de estudiantes que escribieran cómo se habían enterado de la noticia. Casi tres años después, les volvieron a formular las mismas preguntas.
Menos del 7% de los participantes mantuvo la exactitud en todos los detalles. Sin embargo, un tercio de ellos dio relatos completamente distintos a los que habían escrito al día siguiente. Por ello, ahora sabemos que estos recuerdos destello están más presentes en nuestra memoria porque son recordados con frecuencia. Aún así, el relato que tenemos presente en este momento sí ha podido variar respecto a las sensaciones experimentadas en el momento.
Por qué olvidamos la rutina diaria
A diferencia de los recuerdos destello, acciones anodinas no son registradas a largo plazo por el cerebro ya que rememorarlas carece de una relevancia biológica. Nuevamente, hay que tener en cuenta las particularidades del cerebro humano para comprender el porqué. Dicho de manera simple, el cerebro está diseñado para economizar al máximo sus recursos. Por ello, no gasta energía en preservar acciones comunes y poco memorables.
Concretamente, al no suponer una novedad extrema, un peligro o una recompensa emocional intensa, el episodio no genera una descarga de neurotransmisores clave como la noradrenalina o la dopamina. Sin este torrente químico, la amígdala no activa su modulación sobre el hipocampo y, por ende, no se ponen en marcha los mecanismos de potenciación a largo plazo.
Este es el motivo por el que la huella eléctrica inicial se desvanece con el paso de las horas. Si a esto se le suma la acumulación de experiencias similares, que no tuvieron nada especialmente memorable, lo habitual es que con el paso del tiempo todo recuerdo queda diluido en una masa homogénea.
Eso no quiere decir que quede completamente olvidado. De hecho, en muchas ocasiones, si hacemos un esfuerzo, podemos recuperar aquella memoria. Esto se consigue por medio del contexto: la corteza prefrontal realiza un rastreo de la información que pueda llevarle hasta ese día. Esto es, busca pistas como dónde estabas, qué tiempo hacía, con quién compartías mesa, etc. para reconstruir un escenario ambiental de aquella jornada. Así, la corriente eléctrica viaja por asociaciones neuronales hasta reactivar la huella latente en el hipocampo, en un mecanismo que se llama completamiento de patrones y que lleva a reconstruir la escena en nuestra mente. Por ello, más que recordar la acción concreta, lo que se produce es una deducción lógica donde se halla lo que hiciste ese día.


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