Del Baobab a los hoteles cápsula: cómo los fondos y la especulación están cambiando Lavapiés
A diferencia de otros barrios céntricos de la capital, que sucumbieron más rápido a la especulación inmobiliaria, Lavapiés logró mantener durante más tiempo parte de su identidad.
Ahora, comienza a sentir los síntomas de la gentrificación. El restaurante senegalés Baobab, ubicado en un edificio histórico, puede ser demolido para construir en su lugar un hotel cápsula.

Madrid--Actualizado a
A Sara la obligan a marcharse del que fue su hogar durante casi una década. No la desahucian con una orden judicial, pero sí con una subida de alquiler imposible de asumir. Al marcharse, no deja solo una casa, sino un barrio que ya no reconoce a sus vecinos. Esas paredes pasarán ahora a estar ocupadas por un nómada digital capaz de pagar 1.000 euros por una habitación o lo convertirán en un alquiler turístico.
En los últimos años, el barrio madrileño de Lavapiés pierde más de cinco vecinos al día, según el último informe de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid. Hace dos décadas, el barrio era conocido por sus corralas, el comercio de proximidad y una convivencia entre familias de clase media y comunidades migrantes que sostenían una intensa vida vecinal.
A diferencia de otros barrios céntricos de la capital, que sucumbieron más rápido a la especulación inmobiliaria, Lavapiés ha logrado mantener durante más tiempo parte de su identidad. Todavía hoy resisten pequeños comercios regentados por vecinos migrantes que apenas han encontrado espacio en otros barrios del centro. Sin embargo, los síntomas de la gentrificación son cada vez más visibles, ya es habitual ver por las calles más maletas que carritos de la compra o más lockers de equipajes que tiendas de alimentación.
Desde AV La Chispera, que agrupa a vecinos de entre Lavapiés y La Latina, describen cómo esta transformación impacta en la vida diaria de los vecinos. "Sales a la calle y tienes la sensación de ser tú el extranjero en tu propio barrio. Me he quedado sin tienda de alimentación, sin ferretería y sin bar", relata Daniel, uno de los miembros de la asociación, a Público. "Nos están echando, los locales que daban servicio al barrio ahora son viviendas turísticas o comercios orientados al consumo rápido”, apunta.
No hace falta recorrer muchas calles para encontrar un ejemplo de esa transformación. Durante años, el restaurante senegalés Baobab formó parte de ese Lavapiés que hoy parece en peligro de extinción. Para muchos no era solo un sitio donde comer, sino un lugar de unión de culturas. El Baobab cerró sus puertas en 2020 después de que un fondo de inversión adquiriera el edificio y elevara de forma estratosférica el alquiler, lo que obligó a sus propietarios a cesar la actividad. El fondo de inversión planea ahora crear en su lugar un hotel cápsula con capacidad para 280 camas, restaurante, patio interior ajardinado y una terraza con spa y mirador, orientado al alojamiento turístico. Para ello, ha comenzado a derribar el histórico inmueble que podría datar del siglo XVII, por lo que el Grupo Socialista ha solicitado su protección.
Además, el Baobab era un espacio reconocido del barrio, con un fuerte valor simbólico y cultural. "Todo el mundo del barrio ha comido ahí alguna vez, lo conoce y le tiene cariño", señala Gonzalo Álvarez, portavoz del Sindicato de Inquilinas de la zona, que enmarca su desaparición dentro de un "ataque al barrio en todos los frentes: desde los servicios públicos hasta el encarecimiento de los alquileres y la pérdida de espacios que no encajan en un modelo turístico y neoliberal".
Aunque este martes el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, anunciaba la suspensión cautelar de la demolición del edificio situado en los números 1 y 3 de la calle Cabestreros tras la solicitud del PSOE, las obras continuaron durante horas al día siguiente, hasta que finalmente fueron paralizadas.
"Se presenta como una gran noticia, pero es solo una pausa. No se ha paralizado nada definitivamente. Se gana tiempo mientras se consulta a la Comunidad de Madrid, que previsiblemente avalará el proyecto", explica Álvarez.
Para Alba Agraz, portavoz del área de Vivienda del think tank Ideas en Guerra, lo que ocurre con el Baobab es uno de los ejemplos más claros de la gentrificación que sufre el barrio. "Antes era un punto de encuentro que aportaba diversidad cultural. Ahora se proyecta un alojamiento que solo busca el consumo puntual del turista".
Desde el Sindicato de Inquilinas denuncian que esta dinámica responde a decisiones políticas que han facilitado la entrada masiva de fondos en el mercado inmobiliario. "Durante años se les ha puesto una alfombra roja en forma de leyes. No es cierto que su impacto sea menor, ya que el 60% del parque inmobiliario está en manos de fondos y sigue creciendo. Son menos propietarios, pero concentran la mayor parte de las viviendas", señala Álvarez.
Más de 185.000 viviendas alquiladas en España tienen como tenedores a grandes empresas, según Civio. La mitad de ellas pertenecen a bancos y fondos estadounidenses como Blackstone, Cerberus, CBRE o TPG, aunque el mayor propietario actualmente es CaixaBank.
Mientras tanto, entre 2015 y 2023, el precio de la vivienda subió un 47%, casi el doble que el sueldo medio de la población, que se mantuvo al nivel de la inflación -21%, según el INE-. En grandes núcleos económicos y turísticos, como Madrid, el precio prácticamente se ha duplicado en la última década, con un incremento del 97%.
Susana, vecina del centro de Madrid, confirma estos datos. Ella explica que la subida "tan abusiva" de los alquileres está obligando a los vecinos y a los comercios de toda la vida a dejar el barrio. "Los únicos que se pueden permitir estos precios tan elevados -tanto para la vivienda como para el comercio- son los turistas, nómadas digitales, franquicias y grandes tenedores. Se sigue una estrategia para echarnos del centro y la forma más fácil de hacerlo es enfocando todos los servicios hacia esos perfiles".
El sociólogo Jorge Sequera, director del Grupo de Estudios Críticos Urbanos, explica a Público que esta expulsión de población implica la "pérdida de memoria colectiva", de prácticas culturales y de formas de convivencia que no se pueden reproducir artificialmente. "Un barrio no se reconstruye solo con fachadas rehabilitadas y terrazas llenas; necesita gente que lo habite y lo cuide", añade.
La sustitución de población va acompañada de una transformación del espacio urbano orientada casi exclusivamente al turismo y a la inversión. "La ciudad deja de ser un lugar para vivir y se convierte en un activo financiero. Los barrios pierden su función social y se reconfiguran para un consumo rápido, desarraigado y homogéneo", apunta. En el caso de Lavapiés, añade, el impacto es especialmente grave porque "la diversidad cultural no era un reclamo estético, sino la base real de su identidad, y lo que se está perdiendo es irreparable".
Sequera insiste en que procesos como el que vive Lavapiés no son irreversibles, pero sí requieren voluntad política. "Existen herramientas para frenar la gentrificación: control del alquiler, parque público de vivienda, límites claros al uso turístico y protección del tejido social. Lo que falta no es conocimiento, sino decisión para priorizar el derecho a la ciudad frente al derecho al beneficio", concluye.


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