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Los camiones de un cementerio, cobijo de las marroquíes varadas en Melilla

Decenas de ciudadanos marroquíes, la gran mayoría personas mayores y mujeres con hijos, llevan dos meses viviendo en furgones y en una sala de la mezquita a la espera de poder regresar a su país, mientras el Gobierno de la ciudad mira hacia otro lado.

Una mujer recoge la ropa tendida junto a uno de los furgones. ROSA SOTO
Una mujer recoge la ropa tendida junto a uno de los furgones. ROSA SOTO

Las mantas se secan al sol tendidas en la valla que separa el aparcamiento del cementerio musulmán de Melilla, mientras la ropa más ligera cuelga de dos tendederos que siempre están ocupados con prendas de las cerca de 70 personas que permanecen acogidas en la mezquita que preside este lugar sagrado. Todos ellos son ciudadanos marroquíes, en su mayoría personas mayores o mujeres solas son hijos pequeños, que se quedaron varados en la ciudad autónoma tras el cierre de la frontera con Marruecos al inicio del estado de alarma.

Desde entonces viven repartidas entre furgonetas y camiones sin apenas medidas sanitarias y una sala adyacente a la mezquita, anteriormente dedicada a la preparación del entierro mediante el rito musulmán. El calor aprieta en el interior de estas furgonetas cedidas por voluntarios que en estos momentos no hacen uso de ellas tras la paralización del comercio transfronterizo por la imposibilidad de cruzar al país vecino.

Munia (nombre ficticio) es una joven nadorense de 25 años que duerme junto a otras chicas en uno de estos vehículos. "Con el bochorno se hace difícil sobrellevar el ayuno porque te da sed, pero lo peor es estar en Ramadán lejos de la familia. He llorado mucho por no poder regresar a casa", relata sentada a la sombra mientras espera su turno para entrar al baño. Esta joven trabajaba como empleada del hogar de una familia melillense, que la despidió por temor a que se hubiera contagiado de coronavirus durante sus salidas a la compra.

Atrapadas sin recursos

Con la frontera ya cerrada, la imposibilidad de regresar a Nador y las instalaciones municipales del V Pino inundadas y la plaza de toros a medio adecentar, se dirigió a la mezquita del cementerio musulmán como único recurso, pero no fue la única. Amel acababa de llegar en unas circunstancias parecidas a Munia: trabajaba sin contrato en la limpieza del hogar hasta que la echaron sin pagarle el último mes cuando se decretó el estado de alarma.

"Quiero volver a casa. Estoy divorciada y mi madre está cuidando de mis dos hijos (siete y tres años), pero no sé cuándo volverán a abrir la frontera", comenta esta joven, que no llega a la treintena, con la mirada perdida en algún punto de la valla que separa ambos países. Tanto Munia como Amel agradecen infinitamente la solidaridad de las personas anónimas que cada día se acercan para donar alimentos o algo de ropa.

"La labor de estos voluntarios es encomiable. Cada uno aporta lo que puede, unos traen garbanzos o tomates; otros, ropa o mantas... Mientras que el Ayuntamiento no da ninguna subvención o ayuda", responde escuetamente el imam, quien abrió las puertas de su templo a los más necesitados.

La mezquira del cementerio ha habilitado una sala para las personas más necesitadas, pero no hay espacio para todas, por lo que algunas duermen en furgones. ROSA SOTO
La mezquira del cementerio ha habilitado una sala para las personas más necesitadas, pero no hay espacio para todas, por lo que algunas duermen en furgones. ROSA SOTO

Sin pasillo humanitario

El cementerio musulmán se encuentra en la periferia de Melilla, entre el centro de menores de La Purísima y el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), y muy próximo a la valla que separa España de Marruecos. Las personas acogidas se han organizado en diferentes turnos para cocinar o lavar la ropa y mantener las instalaciones limpias y ordenadas dentro de sus posibilidades.
Una treintena de estos marroquíes se desplazaron el pasado fin de semana hasta el puesto fronterizo de Beni Enzar a la espera de poder cruzar el pasillo humanitario que habilitó Marruecos para repatriar a 200 de sus conciudadanos atrapados en la ciudad autónoma, a pesar de que la Delegación del Gobierno eleva la cifra a cerca de 800. Ninguno de los acogidos en la mezquita estaba en el listado elaborado por el Gobierno de su país, por lo que regresaron nuevamente cargados con sus maletas a la espera de saber cuándo podrán volver a casa.

"Nadie nos dice nada. Se rumorea que nos dejarán pasar cuando los que cruzaron la semana pasada superen la cuarentena en Saidía y se aseguren que no hay ningún caso, a pesar de que detectaron un posible coronavirus", comenta Munia. Sin embargo, no hay confirmación oficial sobre esta posibilidad y las listas elaboradas por los Gobiernos de ambos países no coinciden en número de marroquíes atrapados en Melilla.

Falta compromiso institucional

A la incertidumbre que genera desconocer cuándo podrán regresar a casa tras más de dos meses viviendo en una furgoneta o una sala improvisada con colchones en el suelo, se suma la falta de compromiso por parte de la Administración. Al menos así lo considera Amin Azmani, presidente del partido localista Adelante Melilla, y voluntario que ha estado llevando alimentos.

"No se entiende que la Ciudad permita que estas personas estén en esta situación. Sabiendo que estaban en el cementerio musulmán no fueron trasladadas ni al pabellón deportivo, ni a las carpas de V Pino –que después se inundaron– ni posteriormente a la plaza de toros o a una nave particular puesta a disposición de las autoridades a falta de trasladar el equipamiento pertinente", explica Azmani.

Sin embargo, para este melillense todavía es más llamativo que "teniendo hoteles como el Rusadir, el Ánfora o el Melilla Puerto cerrados y a su disposición, el Gobierno local no haya optado por trasladarlas allí y dignificar su situaciónm mira hacia otro lado". De hecho, la semana pasada cerca de medio centenar de residentes del CETI con diversas patologías fueron trasladados a un hotel para reducir el hacinamiento en el centro y prevenir posibles contagios.
Desde la Comisión Islámica de Melilla (CIM) coinciden con Azmani. Para la CIM, llama la atención "la contumaz negativa de la Administración competente a alojar a estos ciudadanos marroquíes en condiciones de dignidad, esto es, en uno de los hoteles, residencia u otras dependencias, pese a la plena disponibilidad de los mismos y los numerosos requerimientos formulados en este sentido".

Este fin de semana se celebra el Eid el Fitr, la Pascua que pone fin al mes sagrado del Ramadán. Munia, Amel y las demás personas acogidas en el cementerio musulmán la celebrarán lejos de sus familias, con una valla de por medio y una cena que nada tiene que ver con sus tradicionales banquetes. "En realidad, me importa más no poder abrazar a los míos, pero si vamos a estar más tiempo así, pido que nos trasladen a otro lugar", concluye Munia.

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