Sin casas ni apenas apoyos: las víctimas de maltrato en relaciones LGTBIQ+ siguen desprotegidas
Recursos especializados recuerdan la urgencia de nombrar y poner rostro a estas violencias, pero sin permitir que los discursos 'queerfóbicos' y antifeministas la usen para banalizar o ridiculizar la lucha contra las violencias machistas.

Madrid--Actualizado a
"Estuve en una relación de maltrato psicológico con otro chico tres años y medio. Cuando esa relación terminó, en 2017, ya llevaba un tiempo viendo que eso se tenía que acabar, lo que pasa es que no era capaz de tomar la decisión... Hasta que, al fin, la tomé". Abel (nombre ficticio) explica en una conversación con Público que sus sensaciones iniciales se parecían mucho a la rabia y a "un no entender cómo había acabado ahí". Ni el "bakground familiar" —en su caso venía de un entorno que le había educado en el feminismo— ni su cultura de militancia en movimientos sociales queer, le libraron de caer en una relación de violencia.
Llegó un punto en el que Abel no se reconocía: "Había abandonado muchas cosas que me gustaban hacer. Nunca había sido una persona celosa y me convirtió en todo aquello que jamás me habría imaginado que sería". Al principio de su relación, relata, esta persona le "hizo sentir mal" por "todo" su "pasado". "La actitud era hacerme sentir como una guarra. Hacerme sentirme mal por mis conductas sexuales previas y por haber tenido una vida sexual libre previamente. Todo eso hizo que tuviera que estar justificándome y mentir sobre cosas", lamenta. Qué decir sobre el hecho de que "se metiera en WhatsApp, incluso en mis conversaciones de Facebook, y que me hiciera bloquear a gente, que me fuera alejando de amigas que habían sido muy importantes para mí".
Culpa, aislamiento. "A partir de ahí, cuando ya me puso en este estado de tener que justificarme todo el rato, por todo lo que había hecho, y de validarme como una persona no guarra o no puta, se instauró la relación de poder", piensa. Abel recuerda que en su día a día, por aquel entonces, buena parte de las decisiones más sustanciales le venían dadas, los cambios unilaterales eran la tónica. Como cuando su expareja decidió irse de casa, pero no sin entre tanto dejársela completamente vacía. Por suerte, estuvo "acompañado en todo momento". Tanto por su familia, como por sus amigxs. En general, por esas personas que tuvieron las herramientas y habilidad de respetar sus tiempos y le esperaron para recogerle cuando lo necesitó.
"Me ayudó mucho que una de mis amigas me dio un fancine —que no te voy a decir cuál es porque, en realidad, en el propio fancine dice que no se haga difusión del mismo—, hecho por una bollera y una trans sobre violencia en relaciones entre bolleras y trans. Y hablaba de todos los mecanismos que operaban ahí, muchos de los cuales eran parecidos a los de la violencia en relaciones entre heteros, pero no todos", narra Abel. A partir de ahí, empezó a ser más consciente de "todas las intersecciones que hay" y cómo se puede ejercer "poder económico, si se está en una situación administrativa inquieta, si hay pluma, si está fuera del armario o no...". Leerlo fue "muy duro", al igual que ver el monólogo No solo duelen los golpes de Pamela Palenciano: "Todo eso era lo que me había pasado a mí".
Vinieron muchas fases después de esa ruptura: "Pasé mi fase de llanto, de odiarle muchísimo, de ira —a la que también tenemos derecho—, de reconocerme como víctima... Pero también hubo un momento en el que logré trascender esta última. En algún momento tienes que empoderarte. En cierto modo, en los últimos tiempos, sí que he pensado que perdonarle era la forma de perdonarme y cortar ese hilo que quedaba entre esa persona y yo". A Abel no se le pasó por la cabeza denunciar. Él, siendo marica, conoce lo que supone implicar a la policía y el sistema judicial en su conjunto en su intimidad. Y no le genera, precisamente, sensación de seguridad o amparo alguna.
Nombrar una experiencia donde ha existido tanto daño, tanta asimetría —Abel recuerda cómo su expareja se refería a él como "muerto de hambre"— no es sencillo nunca. Si algo han enseñado años y años de estudio de las violencias machistas —en particular, de la violencia de género— es que la autopercepción es determinante a la hora de identificar estas dinámicas. Y que, por consiguiente, su conceptualización y la concienciación al respecto también son claves para ponerles solución.
¿Cómo se llama ese maltrato que sufrió Abel por parte del que fuera el hombre con quien compartía su vida? ¿Cuál es la ayuda de la que disponen las personas LGTBIQ+ que atraviesan un contexto como el suyo o incluso una situación peor?
¿Hay violencia en las relaciones de las disidencias sexuales?
El término violencia intragénero, aunque no especialmente conocido, es uno de los más habituales para referirse a estas situaciones de maltrato en vínculos entre personas con diversidad sexual y expresión de género. "A mí no me gusta nada. ¿Qué significa intragénero? Que tiene lugar entre el mismo género, pero qué pasa con las personas no binarias, con las personas intersexuales. Bajo mi punto de vista, en realidad habría que hablar de violencia en relaciones queer o LGTBIQ+", valora Abraham Mesa, coordinadora de Proyecto Chueco. "Habría que buscar otro término porque este invisibiliza muchas realidades que tratamos de dar visibilidad a diario", añade.
Vanesa Martos, trabajadora social de la Fundación Triángulo, menciona que las violencias que tienen lugar entre las disidencias sexuales son "más desconocidas". Básicamente, como todo lo que ocurre en los espacios y entornos de las comunidades LGTBIQ+. Y menciona las implicaciones de lo que se conoce como silencio endogámico: "Al estar injuriadas por el hecho de ser maricas, vemos como que tenemos que aceptar carros y carretas en relaciones de mierda". Una sensación de tener que "estar a la altura" u ofrecer una versión "ejemplar" que también reconocen desde Proyecto Chueco: "Hay como un miedo en visibilizar que también hay problemas dentro de la comunidad y que la gente nos señale".
Sin embargo, tampoco las disidencias están exentas de mitos y prejuicios: "Existen un montón, como, por ejemplo, que dos mujeres que se dan la mano por debajo del mantel no se pueden pegar. Yo siempre recuerdo que Pamela Palenciano nos ha enseñado una cosa muy potente que es no solo duele los golpes. Una mujer puede a lo mejor no agredirte físicamente, pero sí psicológicamente: te puede hacer luz de gas, victimización secundaria, generarte un sentimiento de alerta constante... Y eso no se ve", advierte Martos. También está el mito de que un hombre que es agredido por otro hombre siempre se va a defender o que los hombres trans se vuelven mucho más violentos porque están tratándose de manera hormonal con testosterona. Y, así, otras muchas elucubraciones más basadas en la nada, que en cambio no consideran variables evidentes como el mito del amor romántico o la homofobia interiorizada.
Pocos recursos y con difícil reconocimiento específico
Sexual, vicaria, ambiental, física, outing (amenazas con sacarte del armario). Son muchas y muy diferentes las formas que puede adoptar este tipo de violencia en vínculos LGTBIQ+. En España, tal y como detalla la letrada especializada Charo Alises, los casos de violencia intragénero se abordan jurídicamente bajo el paraguas de la violencia doméstica del Código Penal, en particular los artículos 153.2 y 173.2, que sancionan la violencia habitual física o psicológica entre convivientes o personas ligadas por relaciones afectivas, independientemente del sexo o género. Además, pueden concurrir otros delitos (coacciones, amenazas, agresiones sexuales, sexting, entre otros) según la naturaleza de los hechos. En estos supuestos, es aplicable la agravante de parentesco (art. 23 del Código Penal) y pueden solicitarse órdenes de protección conforme al art. 544 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que permiten adoptar medidas penales y civiles urgentes, según recoge el documento Violencia intragénero. Guía práctica de atención a las víctimas.
A nivel autonómico, varias comunidades como Andalucía, Catalunya, Madrid, País Valencià o Navarra han aprobado leyes LGTBIQ+ que reconocen expresamente la violencia intragénero, definen medidas específicas de apoyo y facilitan algunos recursos especializados como asistencia psicológica, jurídica y social. Si bien la necesidad de formación específica en los operadores jurídicos y servicios sociales para identificar correctamente estas violencias y no banalizarlas como simples "conflictos de pareja" resulta, asimismo, fundamental. Como lo es el hecho de que las víctimas conozcan sus derechos y las vías para ejercerlos. Una "oportunidad perdida", en este sentido, fue la Ley 4/2023, de protección integral de las personas LGTBIQ+ a nivel estatal —conocida también como la ley trans—, que ni siquiera menciona la violencia en parejas con diversidad sexual ni a las personas no binarias.
"A nivel nacional, afortunadamente, a través del Ministerio de Igualdad, el 028 da mucha información a las personas que sufren este tipo de vivencias. Mientras que, respecto a recursos privados, está SILVI, de la Fundación Triángulo, que es un servicio integral de lucha contra la violencia intragenero en la Comunidad de Madrid. Luego está el SAVI, que es un servicio de atención a víctimas de violencia intragenero de la ONG Rescate, donde la principal problemática es personas migradas bajo protección internacional o en solicitud de estatus de refugiado... Pero en general los recursos son muy pocos", lamenta Vanesa Martos. Sobre todo, señala la especialista, en lo referido a alternativas residenciales. Algo que, como en el caso de las violencias machistas, ata a las víctimas y les mantiene cerca de sus agresores.
De ahí que, ante esta carencia, los activismos sigan haciendo trabajo desde las bases. Martos menciona escritoras, artistas, actores y actrices que sirven de referentes. Recuerda, por ejemplo, a la activista bisexual Alicia Ramos y sus talleres Nombrando lo invisible. Una metodología que, junto a la prevención y acompañamiento a agresores, quieren poner en práctica desde Proyecto Chueco también, informa Abraham Mesa.
En alerta constante para no ser instrumentalizados
Con todo, Martos subraya la necesidad de hablar con "mucha cautela" para no caer en discursos que luego pueden ser instrumentalizados por partidos negacionistas de la violencia de género y que equiparen esta realidad con la violencia machista, ejercida estructuralmente por hombres contra mujeres. Destaca que la violencia de género es una cuestión sistémica vinculada al machismo, mientras que la violencia intragénero responde a otras dinámicas de poder dentro de las parejas que, aunque también estén mediadas por el patriarcado y la heteronorma, no son igual. Martos enfatiza que "ni de lejos" deben ponerse a la misma altura o compararse, pues hacerlo invisibilizaría el grave problema social que representan las agresiones machistas en España.
A su juicio, sería bueno empezar por mejorar la recogida de datos oficiales. Aunque reconoce avances como la guía elaborada por el Ministerio de Igualdad bajo el mando de Irene Montero, durante la pandemia, resalta que "seguimos lejos de contar con registros regionales o municipales que permitan dimensionar este problema". Hay entidades, como el programa LGTBIQ+ estatal o asociaciones como ALDARTE en el norte de España, que han empezado a generar datos y estudios propios, pero destaca la falta una estructura pública que permita articular políticas adecuadas. En todo caso, desde Fundación Triángulo recuerdan que el feminismo ha enseñado que "lo que no se nombra no existe" y que, por eso, es urgente nombrar y poner rostro a estas violencias, pero sin permitir que los discursos queerfóbicos y antifeministas la usen para banalizar o ridiculizar ninguna lucha.

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