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Chapuzas gallegas ¿Feísmo gallego? No son chapuzas, es reciclaje

Arquitectos y sociólogos defienden la reutilización de materiales de desecho en el rural y critican la censuradora visión urbanita.

Villa Somier, en Covas (Viveiro). / TONO MEJUTO (ERGOSFERA)
Villa Somier, en Covas (Viveiro). / TONO MEJUTO (ERGOSFERA)

¿Utilizar el viejo tambor de una lavadora como una barbacoa es una chapuza o una solución ingeniosa? ¿Es de buen o mal gusto si se emplea como maceta? ¿Deberíamos quedarnos con la mera visión estética o comprender que supone un ejercicio de recuperación de residuos o materiales de desecho para darles nuevos usos? ¿Por qué le llaman feísmo cuando hablamos de reciclaje o, mejor dicho, de reutilización?

El arquitecto Iago Carro es un firme defensor de los procesos que convierten los objetos inservibles, excedentes o sobrantes en elementos con utilidades novedosas: somieres como cierres de fincas, bañeras como abrevaderos de animales, tazas de váter como floreros o marquesinas de autobús en estado de abandono que son acondicionadas con sillones y cortinas como punto de encuentro de los vecinos.

"Deberíamos verlos y analizarlos fríamente, sin ningún prejuicio estético", advierte el miembro del colectivo de investigación urbana Ergosfera. "Las mal llamadas chapuzas son, en su mayoría, procesos materiales completamente normales y globalizados que tienen una base tradicional, pues en el territorio siempre se construyó popularmente con medios económicos. Si había madera, se trabajaba con madera. Si había piedra, con piedra".

Ahora, en cambio, se recurre a desechos y desperdicios, "los materiales de nuestro tiempo", añade Carro, quien considera que el feísmo no es un término apropiado, ya que va más allá de un fenómeno estético que engloba procesos diferentes y complejos, aunque su materialización tenga repercusiones estéticas. "El lenguaje y la ideología contra el feísmo procede de un entorno urbano y va contra un entorno teóricamente rural, que en realidad es híbrido, transgénico y difuso", critica.

Una realidad diferente a la visión capitalina de un campo idílico, lo que lleva al arquitecto a denunciar que tildar de feo un objeto con el objetivo de censurar una práctica extendida en Galicia responde al intento de "capitalizar y controlar un territorio". Es decir, supeditarlo a la ciudad, donde la Administración toma las decisiones y la mirada de sus habitantes es reprobatoria. Así, se asociaría el feísmo a una carencia cultural, a una falta de respeto por el paisaje y a un atraso de los habitantes del rural, a quienes se miraría por encima del hombro.

Es la tesis de Ergosfera, que reprende también la condescendencia con los paisanos, "ciudadanos incultos" a ojos de los urbanitas, aunque muchos de ellos sean desertores del arado. Es decir, los emigrantes del campo a las periferias de las ciudades, que no pueden presumir precisamente de un urbanismo fetén, si bien en estas líneas no se abordará el feísmo asociado a las edificaciones, sino a los objetos a los que se les ha dado un nuevo uso, tanto funcional como decorativo.

"La consideración de esa fealdad procede de un sitio ajeno, porque donde suceden estos fenómenos las gentes no lo ven así", matiza Carro, quien insiste en la construcción urbanita de una imagen campestre de ensueño, como si se tratase de un set de cine o un futuro parque temático de casas rurales. Sin embargo, sus habitantes tienen sus propias necesidades y las resuelven con lo que tienen a mano, sin pensar en el ojo escrutador del turista, el peregrino, el dominguero autóctono o el técnico de la Xunta.

La Galicia que fue

El filósofo Antón Baamonde se desliga de las cuestiones estéticas e intenta profundizar en las causas del feísmo, propio a su juicio de una sociedad en transición. Se retrotrae hasta una Galicia agraria que comienza a desaparecer en los años sesenta, con la emigración a Europa, a los polos industriales españoles y a las urbes gallegas. Un pueblo que vivió un proceso de cambio "brutal", con problemas de "aculturación o transculturación", por no hablar de la propia desaparición de paisano, convertido en obrero periurbano.

"Más allá de las grandes explotaciones o cooperativas, hoy casi nadie vive del campo. La desagrarización fue muy fuerte y se manifestó tanto en la arquitectura como en la propia maquinaria agrícola, que terminó convirtiendo los aperos de labranza tradicionales en etnografía pura. Galicia dejó de ser un país rural, por lo que hay que entender el feísmo en el marco de esa ruptura social, simbólica y cultural, así como en la ausencia de normativa", razona Baamonde.

Villa Somier, en Covas (Viveiro). / TONO MEJUTO (ERGOSFERA)

Quienes siguen viviendo en el campo, añade, han tenido que reajustar su modo de vida a las nuevas condiciones, solventando los problemas que se les plantean con las reutilizaciones de objetos. ¿Es condenable?, se pregunta el coautor de Feísmo: destruír un país (Difusora de Ideas). "Pues las hay funcionales y estéticas, mientras que otras son una barrabasada. No obstante, la condescendencia urbana, que se refleja en la prensa, va acompañada de la hipocresía y el cinismo, pues las urbes gallegas adolecen de un urbanismo virtualmente ausente. Vigo y A Coruña podrían ser cuestionadas desde un punto de vista feísta, pero en cambio se opta por contemplar al paisano con una mirada de superioridad, como si fuese un bárbaro, cuando la crítica debería empezar por la propia ordenación del territorio urbano".

Baamonde cree que se pasan por alto algunas edificaciones y obras públicas poco ejemplares en las capitales gallegas, al tiempo que se condena a los habitantes de los pueblos y aldeas. "Aquí se ha construido como le ha dado la gana al ciudadano de a pie y a los propios alcaldes, que dejaban hacer. Unas veces no se recebaba una casa por falta de dinero, pero muchas más por desidia, incluida la política", subraya Baamonde, quien cree esa visión de superioridad también se da en algunas personas llegadas del rural, "que conservan ciertos complejos y siguen viviendo su origen como un estigma".

La mirada urbanita

"El paisaje se observa y la escena es el sitio donde se vive", diferencia José Fariña Tojo, catedrático de Urbanística y Ordenación del Territorio de la Universidad Politécnica de Madrid. De ahí las diferentes ópticas del turista y del residente: "Los urbanitas ven el campo como un cuadro, no como un espacio vital". El problema, según el arquitecto, reside en la mirada estética de quienes no viven en él y esperan un decorado tradicional de granito y madera. Sin embargo, se encuentran con elementos ajenos a un entorno que ya no existe y procedentes de las propias ciudades, a los que se les da una nueva utilidad.

Es decir, cuando la lavadora desplaza al río o al lavadero y con los años deja de funcionar, es desmontada para reutilizar sus componentes, lo que tendría más sentido que llevarla a un punto limpio para que termine en un vertedero. "Sería positivo que hiciésemos lo mismo con todo, pues es más sostenible y tiene un coste cero. Así, los materiales adquieren un nuevo significado constructivo, un aspecto vinculado a Galicia, donde siempre ha habido un sistema ligado a los elementos de subsistencia. Ahora bien, no es algo exclusivo de esta tierra, pero aquí es más exacerbado", matiza el profesor emérito.

Iago Carro se maravilla ante el somier usado como valla y lo considera, al igual que otros elementos, como protagonista de un proceso productivo para el territorio. Además, evita la construcción de un nuevo objeto y reduce las emisiones contaminantes que acarrearía su transporte. "De la habitación a la finca, sin inversión ni perjuicio. Visto a escala, no significa nada. Pero miles y miles de neumáticos, bañeras o somieres implican la reutilización de toneladas de potenciales residuos, lo que reduce la producción de otros materiales y el hiperconsumismo".

En el caso de los aparatos eléctricos y tecnológicos, podríamos hablar de una obsolescencia reprogramada. Y, según el miembro de Ergosfera, también de un acto transgresor, pues se resuelve una necesidad de forma directa y "sin mediaciones culturales complejas", al tiempo que provoca una sensación de fuera de lugar provocado por el cambio de escenario de esos objetos. ¿Qué pinta un bidé repleto de plantas en la entrada de una vivienda? ¿Y un horno cuya puerta debe ser abierta para depositar las cartas, como si se tratase de un buzón?

Uso del somier como cierre de fincas. / ERGOSFERA

"Esas creaciones se saltan las lógicas consensuadas en cada momento. Sin embargo, nos dan una clave de quién vive ahí, al tiempo que enriquece la vida y el paisaje", opina Carro, quien destaca con que esos "objetos-delirio" que suman la representación cultural a la reutilización de lo cotidiano, con un resultado ornamental o funcional. En la investigación Territorios despreciados-pero-sin-precio se valía de las paradas de bus para profundizar en el concepto, que entronca con la cultura libre y el hazlo tú mismo.

La innovación, la copia, la imitación y la réplica, sin derechos de autor ni la publicidad como arma para reproducir estas muestras de "inteligencia colectiva". Obras individuales, pero también producto de "consensos autogestionados" por la comunidad. "Un ejemplo de esta cuestión pueden ser las decenas de marquesinas de autobús tuneadas con todo tipo de sillas, sofás o cortinas, que aparecen en estos territorios, y que expresan la capacidad de los ciudadanos para aportar valor a un objeto estándar y transformarlo en un lugar de espera o encuentro con otros matices", escribía Carro en el citado estudio.

¿El feísmo es feo? "Que algo sea bonito o no depende de la cultura de quien lo mira. Sólo es la comparación con un canon", sentencia Fariña Tojo. "La belleza se construye en cada momento histórico, por lo que con otros arquitectos e intelectuales hoy tendríamos una visión propia de Galicia completamente diferente", tercia Carro, quien cree que la lucha contra el feísmo fue una campaña orquestada desde la Xunta gobernada por Manuel Fraga, que luego se plasmaría en las leyes de protección del paisaje.

Una iniciativa política, según el miembro de Ergosfera, amplificada por los medios de comunicación, que difundieron las imágenes de las chapuzas enviadas por los lectores y publicaron reportajes sobre el feísmo. Carro recuerda cómo influyó en la hija de una vecina de la parroquia de Covas (Viveiro) que tardó doce años en levantar Villa Somier en una finca de su propiedad. "Tenía una visión completamente deformada por el Gobierno autonómico y por la prensa, cuando durante su juventud había disfrutado de ese espacio de ocio, donde se podía jugar, hacer barbacoas o simplemente pasar la tarde".

El buen o mal gusto

La visión negativa externa terminó condicionando la percepción positiva propia de la joven. Antón Baamonde vuelve a poner el ojo sobre la ciudad. "El feísmo está construido sobre miradas que construyen imaginarios del paisano como el buen o mal salvaje, un tipo raro que hace cosas excéntricas. Una mirada condescendiente y de autosatisfacción, que pone un velo enorme sobre la realidad inmediata de las ciudades, cuyos habitantes se llevan las manos a la cabeza: ¡Están locos estos indígenas! Sin embargo, también hay feísmo urbano, aunque se menciona menos y la crítica se centra en el rural", explica el filósofo.

Hórreo deconstruido en Cecebre (A Coruña). / LEANDRO DEL RÍO

El autor de A derrota de Galicia (Xerais) señala también que en ocasiones se produce el proceso inverso: elementos antiguos en construcciones modernas. "¿Qué pinta un cruceiro o un carro de vacas en el chalé de un urbanita? ¿Acaso eso no es una deturpación?", se pregunta Baamonde. "Al igual que con las llamadas chapuzas, sería de nuevo una cuestión de gusto, aunque no cabe duda de que resulta kitsch, porque hay mucha cursilería urbana".

Volvemos al gusto, pues, como construcción social. Y a lo bello como producto de una interacción simbólica. "Todo es relativo. Parte de la producción del arte contemporáneo, desde el punto de vista de hace dos siglos, sería un horror. Es obvio que es retórica y autorreferencial. Una especie de circuito cerrado, sólo inteligible dentro de un bizantinismo muy característico del momento", concluye el filósofo, quien prefiere reflexionar sobre las razones que llevan a la reutilización que sobre los aspectos estéticos, pues responden a criterios personales.

El arquitecto Leandro del Río cree que hay de todo: soluciones sostenibles y chapuzas inexcusables. Pese a que considera que su impacto es negativo, lo relativiza, pues en el fondo no ve tan mal el reaprovechamiento en comparación con las construcciones "agresivas" y las obras públicas "brutales" que proliferan en los cascos urbanos. Pone también como ejemplo la turistificación de Santiago de Compostela, donde se siente "asaltado por los tenderetes y las degustaciones" callejeras. Lo que ocurre, añade, es que en un sitio está asumido y en otro no.

Y, más allá del "problema cultural", considera "hipócrita" la actitud de la Dirección Xeral de Patrimonio Cultural, que según él emite informes a favor y en contra de forma arbitraria, pues "a veces estima que algunas atrocidades no tienen impacto" sobre el paisaje y el medio ambiente. "La Administración tiene una mirada sesgada sobre lo que pasa en el rural y, por supuesto, también urbanita. De hecho, esa visión surge desde las instituciones, que al principio abordó el feísmo desde una perspectiva progresista y luego adquirió una postura conservadora", afirma el arquitecto, convencido de que la reutilización tiene una raíz antropológica muy acusada.

"En su día, yo he visto a gente del rural que vivía como en el neolítico, compartiendo su hogar con los animales. Hablamos de entornos donde no existía el concepto de residuo, porque entonces el orgánico era usado como abono y el material, como combustible", explica Leandro del Río. "Mi conclusión es que debemos analizar la reutilización en clave antropológica, es decir, en la costumbre de no desperdiciar. No tiene que ver con la pobreza, sino que a las personas les duele desprenderse de las cosas y se dice: Ha de servir para algo. No digo que esté bien o mal, pero no me parece tan grave colocar una bañera con agua en medio de un prado para que beban las vacas".

Luego, entre risas, afirma que hay personas muy creativas, "sobre todo cuando hacen collages". Y, ya en tono serio, deja claro que hay casos concretos en los que la reutilización de diversos materiales es ejemplar o, al menos, singular. Para muestra, la deconstrucción de un hórreo a cargo de un vecino de Cecebre, cuyas imágenes acompañan estas líneas. "Primero lo desmontó y luego incorporó diversos elementos, lo que me hizo recordar el paseo que diseñó el arquitecto Dimitris Pikionis para acceder a la Acrópolis de Atenas. Pensé que no había tantas diferencias entre ambos trabajos, porque cuando sacabas la cinta métrica en el hórreo, cada cosa estaba en su sitio", concluye Del Río.

"El feísmo no es un término académico"

Manuel García Docampo, profesor de Sociología en la Universidade da Coruña, deja claro que el término feísmo, usado exclusivamente en Galicia, no es un término académico ni científico, sino que fue inducido políticamente para culpabilizar a la ciudadanía del desorden urbanístico, motivado por la "ineficiencia" de la Administración. "En vez de asumir la responsabilidad, acusó a la gente cuando los propios alcaldes proclamaban el dicho Ti vai facendo". Es decir, Tú ve construyendo… y luego ya se verá, lo que propició las construcciones ilegales. Un proceso "alarmante" en un tejido muy disperso.

"Surgió entonces la teoría antropológica del feísmo, como si a los gallegos nos gustasen las cosas feas. Una barbaridad que no tiene ninguna base, porque es como si piensas que a un morador de una favela brasileña le parece bonita. Sin embargo, se le otorgó un carácter científico desde los medios que no se sustenta en nada", opina García Docampo, quien insiste en que lo que hicieron simplemente los vecinos fue reutilizar los materiales que tenían a mano. "Por ello, además de no existir, la teoría antropológica del feísmo es ofensiva".

Si alguien con posibles construía una casa de granito en el campo, era visto como algo "maravilloso", añade el sociólogo, un sentimiento contrario si quien no disponía de recursos y edificaba su hogar con bloque y ladrillo, reutilizando posteriormente los elementos de los a su alcance. "Cuando emplea una bañera para que beba el ganado o cierra una finca con un somier para que no se escape el ganado, es criticado con dureza. Sin embargo, fue ahí donde se puso el foco, cuando sus detractores no entienden esa reutilización porque su mirada es urbanita".

No obstante, García Docampo reconoce que hay soluciones de estética discutible, en función del gusto. "Un váter-maceta puede herir la sensibilidad, pero un chalé con almenas o unos enanos en el jardín también pueden resultar horteras". Las cuestiones sobre la belleza darían para una discusión eterna, por lo que el profesor de la Universidade da Coruña prefiere centrarse en los otros dos componentes del feísmo, que considera más importantes. El primero, la deficiencia e ineficacia de la norma urbanística, que permitió burlar la ley y desordenar el territorio. El segundo, la falta de recursos, que motivó el empleo de materiales baratos y de desecho, aunque no duda que si tuviesen dinero habrían optado por otros como el granito.

¿Un fenómeno gallego? No, es global

Iago Carro descarta que el feísmo sea una seña de identidad gallega. "Al contrario, es un fenómeno global. Simplemente, aquí se ha explicitado de una manera más potente porque la propiedad está más fragmentada y dispersa, por lo que hay más gente con capacidad para construir". La estrategia, sin embargo, se ha dado en muchos otros países del mundo.

Fotos enviadas por los lectores de 'La Voz de Galicia' a la sección 'Chapuzas gallegas'. / LA VOZ

El miembro de Ergosfera discrepa sobre el origen del fenómeno en Galicia, pues a su juicio no tuvo tanto que ver con la rápida transformación de lo rural a lo urbano como con un cambio material. No cree que los cambios socioeconómicos cogiesen por sorpresa a los habitantes, sino que alude a "una conjunción de la fuerza de lo popular y de la clase intelectual", que han ido contrapuestas. "De repente, proliferan los desperdicios, que en nuestra tierra comienzan a ser reutilizados a pequeña escala, del mismo modo que en resto del mundo se inventan nuevos códigos". El choque no es nuevo, según el arquitecto, pues también se dio cuando se introdujeron nuevos materiales en la construcción, como el hormigón, el plástico o las estructuras metálicas.

"Sin embargo, el feísmo se consideró un objetivo a combatir por parte de la Administración, en vez de preocuparse por lo trascendental: el suelo y la vivienda", critica Carro, quien en la investigación Territorios despreciados-pero-sin-precio explica que la "confusión" que provocó en el espectador se debió a la "mezcla incomprensible de materiales, formas, tipologías, alturas, alineaciones, estilos, ornamentos, usos, etcétera. Es decir, son percibidos como elementos y construcciones fuera de lugar o inapropiados (basura)", una "hibridación de formas que acaban siendo irreconocibles porque no existen en las ciudades centrales", considerando esos objetos "banales o estridentes".

Carro enumera, además del somier, los palos de escoba, persianas, palés, guardarraíles o puertas de ascensor. "Por sencillos y directos que parezcan estos procesos, sólo son algo extraño si los pensamos desde las lógicas del capitalismo, porque en realidad en todo el mundo comienzan a ser valorados los procesos de reutilización y reciclaje", escribe el arquitecto, quien remite a otras experiencias similares en países como Egipto o México. "Acciones [...] que se sitúan como fenómenos antagónicos con la obsolescencia programada o el hiperconsumo", defiende el miembro de Ergosfera, consciente de que los dardos siempre apuntan a los "territorios ultraperiféricos" respecto a las ciudades gallegas, mientras que en otras latitudes se valora como cultura o reciclaje.

Suplir la carencia de medios sin prejuicios

El debate sobre el feísmo lleva años candente. En 2005, el entonces estudiante de la Universidade de A Coruña y hoy arquitecto en el estudio quebequés MDA, Cándido Couceiro, escribía en el blog Nómada, de Juan Freire, un comentario donde defendía a los autores de las llamadas chapuzas —víctimas del "proceso agónico que sufre el rural gallego"— frente a la visión urbanita y al abandono de las administraciones, que según él deberían haber emprendido una industrialización racional del rural y concienciado respecto a la prevención del paisaje.

"Muy al contrario, las políticas autonómicas a partir de los setenta se orientaron hacia la erradicación del campesinado como una clase social indeseable, en lugar de propiciar su desarrollo. Al ser una clase social baja y denostada incluso desde las administraciones, nadie quiere seguir perteneciendo a ella", escribía Couceiro. Resultado ante la falta de posibilidades: despoblación interior y éxodo al litoral, que también resultó degradado. "Me enoja que se considere a esa población rural como unos bárbaros incultos que nos están ensuciando el salón de las visitas de nuestra casa. No son ajenos a nosotros; venimos de ahí y lo hemos propiciado".

Hórreo deconstruido en Cecebre (A Coruña). / LEANDRO DEL RÍO

El arquitecto recordaba que usaron su ingenio para suplir la carencia de medios sin prejuicios. "Yo veo más real y honesto un somier que se utiliza como cancela o una bañera como abrevadero que un hórreo de piedra momificado o un yugo colgado en un salón. Por supuesto que no es lo deseable, pero es lo que tienen. Los primeros son usos vivos, reales. Los segundos son usos muertos. Son ficción. Una farsa ridícula", denunciaba Couceiro, quien recordaba que las quejas procedían de "una burguesía que parece exigirle al rural una apariencia estereotipada, como si fuera su obligación".

Y ponía como ejemplo los escenarios del turismo rural como "auténticos parques temáticos", "triviales escenografías" y "belenes" a gran escala, opuestos a un "entorno plenamente vivo" cuyas alteraciones estéticas desagradan la vista del urbanita, que espera "ese rural idealizado en las guías turísticas". Al mismo tiempo, reprobaba el empleo de "prodigios técnicos como el arado o ingenios como la hoz como vulgares objetos decorativos, descontextualizados y despojados de su auténtico valor y significado". O sea, "objetos absolutamente muertos, cadáveres extrañamente atractivos".

En contra del feísmo

Carlos Henrique Fernández Coto, arquitecto y presidente de la Asociación para a defensa do Patrimonio Cultural Galego, se muestra contrario a la reutilización, porque según él conduce a sembrar el entorno de viejos objetos que deberían ser llevados a puntos limpios y plantas de reciclaje. Su cruzada contra el feísmo le ha llevado a crear la cuenta de Twitter @MaltratoPaisaxe y la página de Facebook Canibalismo urbanístico, donde difunde imágenes de las chapuzas gallegas.

¿Por qué está en contra del reciclaje o la reutilización?

Mi argumento es contundente: estamos en la Unión Europea y tenemos que mirar hacia Europa, donde no colocan somieres y bañeras en sus fincas. Hay formas más inteligentes, como la reutilización de las vigas antiguas de madera que había en las casas, algo que en cambio no se está haciendo.

¿Alguna ventaja?

Ninguna. Puede estar bien que un artista haga una instalación provisional o incluso permanente con somieres u objetos reutilizados, pero eso es una manifestación artística. Sin embargo, no podemos llenar el paisaje de expresiones artísticas no hechas por artistas.

¿Podríamos hablar de una inteligencia colectiva? O sea, de muchas personas que conciben creaciones similares sin conocerse.

Lo considero una ocurrencia colectiva, no una inteligencia colectiva.

¿El feísmo es feo?

Lo feo y lo bonito es algo muy subjetivo. Digamos que el feísmo es inadecuado, de ahí que constituya un maltrato del paisaje. Y uno maltrata lo que no quiere.

¿El problema es la mirada urbanita o turística?

Eso existe, pero con independencia de la mirada del urbanita, que usa el campo para recrear la vista, quienes viven en él también deberían disfrutarlo. El paisaje debe nacer del propio paisaje, no de elementos prefabricados. Es más, en el rural no contemplo ni la presencia del cemento, que resulta inadecuado para el medio, igual que el metal.

¿Qué chapuza le ha llamado más la atención?

No sabría decirle… A veces, una bañera-abrevadero podría no llamar la atención, pero carece de sentido reutilizar una lavadora. Lo último es usar dólmenes y mámoas [túmulo o sepulcro prehistórico de la época megalítica] para hacer churrasco. Y en Noia el propio Concello ha colocado un banco encima de un petroglifo. Esas no son chapuzas, sino atentados contra el patrimonio cultural, que debería acarrear multas y sanciones.

¿El feísmo es un seña de identidad o no es exclusivo de Galicia?

Pasa más en Galicia que en el resto de España, porque hay miles de entidades de población. Una dispersión geográfica que motiva que haya una casa cada pocos metros, cuando en poblaciones más concentradas no pasan esas cosas. También sucede en el norte de Portugal, pero no en Asturias. Es una cuestión de educación y de cumplir las leyes. No obstante, en Francia no lo ves, mientras que en el resto de nuestro país han proliferado los esqueletos de edificios, sobre todo después de la crisis: pura Marca España. De todas formas, percibo que en los últimos años la gente es cada vez más consciente.

¿Responde a una cuestión económica?

No. Hay unas prioridades y cada pueblo tiene unas. Aquí son diferentes a las de un galés, porque se opta por tener un coche de 40.000 euros aunque la casa esté sin terminar.

Usted sostiene que es una cuestión de educación.

Si no conoces o no amas el territorio y la zona donde vives, no la respetas. Aquí no se educa en amor el patrimonio. Se ve una casa de piedra como una casa vieja, cuando antes se construía con mucho más respeto por el medio ambiente.

También concede gran importancia a las sinergias.

Me remito a la teoría de las ventanas rotas. Si alguien empieza a arreglar su casa, el resto de los vecinos lo imitará, porque les daría vergüenza no hacerlo. Y, al contrario, si alguien usa un somier como el cierre de una finca, los otros paisanos harán lo mismo. En ese sentido, la sinergia puede ser positiva o negativa. "Si mi vecino lo tiene así, pues yo también". En cambio, hay países donde cada uno quiere tener la casa mejor que el otro, por lo que todos compiten y al final mejoran el entorno. En todo caso, lo reversible es menos grave. Porque podemos sacar todos los somieres del campo, pero sería muy complejo derribar todas las edificaciones que atentan contra el entorno.

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