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25N Desde el colegio hasta los juzgados: así perviven las desigualdades que legitiman la violencia contra las mujeres

En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, diversas expertas analizan cómo el patriarcado sigue alimentando numerosas violencias simbólicas y estructurales que cimentan y legitiman las agresiones físicas.

Manifestación feminista
Manifestación feminista (imagen de archivo). EFE

marisa kohan

Desde que nacemos y comenzamos a socializar hasta nuestros actos claves a lo largo de la vida, las mujeres sufrimos violencias que, en la mayoría de los casos pasan desapercibidas. Aisladas se podrían calificar como micro violencias, pero en conjunto son el lodo con el que se construyen, justifican y perpetúan las grandes violencias, como los feminicidos. Desde la escuela, hasta los actos que desarrollamos en nuestra vida adulta, las mujeres nos encontramos con desigualdades que acaban siendo las responsables de legitimar e incluso promover las violencias más terribles. 

Una de cada dos mujeres residentes en España ha sufrido algún tipo de violencia machista alguna vez en su vida, desde acoso hasta violaciones o agresiones físicas. En los casos más graves, una de cada cinco ha sufrido violencia física y el 13,7% ha sufrido violencia sexual. Esto supone que 4.387.480 mujeres en España han sido maltratadas físicamente y más de 2.800.000 han sufrido algún tipo de violencia sexual.

Estos son algunos de los datos recogidos en la última macroencuesta sobre violencia de género realizada por el Gobierno, que se hizo pública a mediados de septiembre pasado. Una amplia radiografía de las violencias contra las mujeres, necesaria para poder diseñar políticas públicas más adecuadas para erradicarlas y poner fin a una lacra que se ha cobrado ya más de 1.070 víctimas en los últimos 17 años.

Fuera de este estudio y de esta negra estadística quedan, sin embargo, una amplia serie de violencias que marcan el día a día de la sociedad y que a menudo ni siquiera son interpretadas como actos violentos. Desde la violencia económica o laboral, que precariza sistemáticamente el trabajo femenino, hasta la violencia judicial que obliga a gobiernos de todo signo a indultar a víctimas de la llamada 'justicia patriarcal' cuando se dictan sentencias inasumibles para la sociedad. Congresos y debates sin presencia femenina; mujeres mal diagnosticadas en los hospitales a las que se recetan ansiolíticos en lugar de hacerles pruebas; libros de texto en los que las nuevas generaciones siguen aprendiendo que todos los grandes logros de las ciencias fueron alcanzados por hombres... Se mire donde se mire, vemos desigualdades flagrantes que cimientan el ideario colectivo sobre los roles de mujeres y hombres,  reproduciendo una cultura patriarcal que se resiste a morir a pesar de las numerosas leyes aprobadas para intentar ponerles coto.

"Tenemos un problema, y es que en demasiadas ocasiones hemos normalizado  la violencia. Entendemos como tal el asesinato, la agresión física o verbal, pero la realidad es que, esa es sólo la punta de un gran iceberg, explica Lidia Fernández, politóloga representante del 7N contra las Violencias Machistas y del Forum de Política Feminista. "Necesitamos un compromiso para erradicar la violencia institucional que sufren muchas mujeres, por ejemplo en el ámbito judicial y que se mueve en un campo de impunidad donde no hay mecanismos de verificación ni sanciones. O la violencia simbólica, que se expresa desde infinidad de medios. La religión, la ideología, el lenguaje, el arte, la ciencia, las leyes, los medios de comunicación, la educación... Este simbolismo se basa en un entramado de valores, creencias y formas de pensar, en este caso patriarcales, que asumimos desde la infancia y que sirven para crear un marco legitimador de otros tipos de violencia", añade la politóloga.

Si tal como denunciaba la macroencuesta del Ministerio de Igualdad, la violencia directa, que es la más brutal y reconocible, apenas se denuncia (el estudio desvela que sólo un 8% de la violencia sexual llega a ser denunciarse), el resto de violencias consideradas simbólicas ni siquiera llegan a ser detectadas en muchas ocasiones. Forman parte de nuestra educación y las hemos naturalizado en nuestro proceso de socialización. 

"El machismo es cultura no conducta, y por tanto utiliza todos los instrumentos (formales e informales) que tiene a su disposición para mantener su modelo y la forma de abordar los distintos elementos que configuran la realidad", explica Miguel Lorente, médico forense y exdelegado del Gobierno contra la Violencia de Género.

"Para entender los distintos mecanismos que utiliza y el impacto que produce debemos de tener en cuenta la definición de violencia que hace la OMS, en la cual se indica que la violencia se ejerce a través del uso de la fuerza física y del poder. Es decir, no es necesario llevar a cabo una agresión para que se ejerza la violencia y, del mismo modo, el objetivo de la violencia no es sólo una lesión física, psicológica o sexual, sino que también se utiliza para dominar, controlar, imponer o limitar determinadas situaciones", añade Lorente.

Estas violencias abarcan casi todos los ámbitos de nuestra vida y en ocasiones se enquistan en violencias institucionales, como ocurre en los ámbitos de la sanidad o la justicia. Tal como explica la doctora y divulgadora Carme Valls, en un artículo publicado en Público, las mujeres han sufrido históricamente importantes abusos en la asistencia sanitaria, aunque raramente han sido verbalizados. "El silencio mutuo", explica, "es característico de la violencia estructural, que es un proceso silencioso que impide a los individuos darse cuenta de sus plenos potenciales de violencia psicológica. Anular a las y los pacientes es una forma extrema de violencia estructural. Pero esta violencia radica en el inconsciente, donde se han ocultado muchos estereotipos de género, que han considerado inferior y poco importante lo que les ocurra a las mujeres".

Este tipo de violencia estructural y silenciosa se manifiesta tanto en el ámbito de la investigación (estudios que no incluyen a mujeres o no diferencian por sexo) como en la práctica médica, donde las dolencias sufridas por las mujeres tienden a minimizarse.

La cultura y la educación también siguen ayudando a cimentar una desigualdad que nutre todo tipo de violencias. Para la experta en coeducación Marian Moreno, "la escuela, la enseñanza, no está libre todavía de estereotipos sexistas. En los últimos años son muchos los estudios que demuestran que desde educación infantil, de manera inconsciente por lo general, en el ámbito educativo se repite una socialización estereotipada, que lleva a la desigualdad y a la discriminación y, sobre todo, que naturaliza una sociedad no igualitaria que va conformando las ideas de niños y de niñas y cuyo máximo exponente es la violencia contra las mujeres".

Tal vez un ámbito más conocido en el que se ejerce la violencia hacia las mujeres es el económico. Tanto en las relaciones de pareja, como en el mercado laboral y en el reparto de las tareas de cuidados y familiares, la mujeres sufren un gran número de violencias. La economista Carmen Castro explica que el convenio de Estambul —el tratado internacional más importante sobre derechos humanos de las mujeres— "dice que todas estas violencias económicas forman parte de la violencia de género, junto a la física o la psicológica y, como tal, son un grave atentado a los derechos humanos de las mujeres y niñas".

"Las mujeres dedican 2,8 horas diarias a los cuidados, casi el doble que los hombres. Esto explica en parte las tasas de desigualdad en el empleo y la permanencia de las brechas salariales que aún soportamos. Los cuidados tienen que ser parte de ese cambio económico y social y hacerlo desde un pacto de otro reparto de tiempos, repartos y rentas", añade Castro.

La catedrática de educación artística Marian Cao afirma en un artículo para Público que "cuando nos preguntamos cómo erradicar la violencia directa, no podemos esquivar la violencia cultural". Cao recuerda al teórico sobre la paz Johannes Galtung, quien en sus estudios sobre la violencia indicaba que es preciso diferenciar entre varios tipos que, íntimamente relacionados, se sustentan, justifican y retroalimentan, en una suerte de triángulo que explica no sólo la violencia directa, "sino dos tipos de violencia que sustentan la base de un triángulo y que sin ellas probablemente esta violencia directa no emergería. Nos referimos a la violencia estructural y a la violencia simbólica, dos formas más sutiles de violencia, pero no por ello menos letales".

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