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Coronavirus glovo uber eats Viernes noche pedaleando con un 'rider' por Madrid: "Nos han jodido vivos; es un sistema perverso"

'Público' pasa una jornada de trabajo junto a un 'rider' y comprueba de primera mano las condiciones laborales de un sector precario que no ha parado de trabajar durante el estado de alarma.

Fernando, rider de 41, empieza su turno debajo de las Torres Kio. MARIO ESCRIBANO.
Fernando, rider de 41, empieza su turno debajo de las torres Kio. MARIO ESCRIBANO.

"Ahora nos saludamos con el codo", sonríe Fernando, de 41 años, al llegar al pie de las torres Kio, en Plaza de Castilla. Al fondo, las Cuatro Torres. Todo un emblema del Madrid de las finanzas. El reloj acaba de marcar las 21 horas y, con él, su jornada de rider da el pistoletazo de salida, aunque no augura nada bueno: Glovo solo le ha concedido 60 minutos para ese día, el viernes, y otro tantos para el sábado.

"Ve agarrando la bicicleta que nos vamos", ha avisado por WhatsApp unos metros antes. En ese tiempo tiene que hacer el mayor número de pedidos posible y, por suerte, la primera recogida no está muy lejos, en una de las calles estrechas que desembocan en Bravo Murillo, una de las principales arterias del norte de la ciudad. "Aquí solo despachan delivery, también antes de la cuarentena", detalla a las puertas del local de EmpanadaDish, dedicado a empanadas y tequeños, típicos de Venezuela.

Allí se encuentra con un joven repartidor de esa misma nacionalidad, con el que habla como si se conocieran tiempo atrás, pero no es así. "No nos conocemos de nada, pero aquí la gente no dura mucho y nos tratamos con compañerismo. El tiempo medio es de unos seis o siete meses. Yo llevo año y medio y soy ya veterano", continúa mientras pedalea.

El compañero le ha comentado algunos trucos para conseguir más horas, pero cambia la actitud cuando Fernando le dice que su acompañante es periodista: "Tranquilo, no va a publicar nombres". El joven está trabajando sin papeles y, como consecuencia, con una cuenta que alquila a un tercero. Es algo habitual, señala, y hace que tengan un miedo extra cuando salen a trabajar, especialmente desde que se decretara un estado de alarma que ha aumentado los controles policiales.

Los problemas con la Policía son varios, aunque todo esté en regla por el lado del rider. Es lo que ocurre cuando los clientes utilizan las aplicaciones de reparto para enviar droga a domicilio. "Tampoco es algo que queramos promocionar, porque cuanto más lo escuchen, más nos paran y más tiempo perdemos", apunta. "Si en algún paquete hay algo ilegal, ni lo sabemos ni somos responsables, porque eso tiene un vendedor y un comprador: que vayan a por ellos", incide.

"Yo colaboro con la Policía si me paran, pero me tienen que dejar hacer mi trabajo. Nos están haciendo polvo"

"Yo colaboro con la Policía si me paran, pero me tienen que dejar hacer mi trabajo. Nos están haciendo polvo: te rebuscan, te cachean... Incluso hay veces que te llevan a comisaría, pierdes la tarde y no ganas nada, con lo difícil que es conseguir horas en Glovo. Es una mierda y no tendría por qué ser así", critica.

"No sabemos ni qué somos"

Glovo asigna horarios a los riders dos veces a la semana. En esos momentos, hay que "andar peleando por conseguir horas". "Si no lo logras, te quedas media semana sin trabajar y esperando a la siguiente apertura de horarios", explica. "No hay estabilidad. Te echan de las horas aunque las hayas cogido: si les da la gana te las quitan, te expulsan", asegura. El penúltimo episodio de este tipo ha tenido lugar en la última semana, cuando "compañeros se han quedado sin horas toda la semana por protestar", denuncia.

Hace unos días, Glovo cambió radicalmente la forma de cobro de los riders en todo el mundo. Si antes tenían una asignación fija de 2,5 euros, ahora se ha quedado en menos de la mitad (1,2 euros), optando a otra parte variable. Por un lado, 34 céntimos por kilómetro recorrido si se hacen menos de seis. Si se hacen más, sube, "pero solo las motos o coches hacen pedidos tan largos". "Alguno sale de ocho kilómetros, que es el máximo para bici en Glovo, así que al final acabo perdiendo".

Por otro, están las bonificaciones dinámicas "que van quitando y poniendo a su antojo, según sus necesidades: cuando necesita más repartidores, los pone más altos". Él considera que esto les precariza "aún más" y les afea que lo hicieran "sin avisar ni negociar nada con nadie, es ruin y mezquino, un abuso, una falta de consideración tremenda hacer esto en medio de la pandemia". "La gente sí valora nuestro trabajo, pero quien no lo valora ni remunera ni reconoce son las empresas que no nos tienen ningún respeto", comenta Fernando.

Esa bajada supuso una manifestación espontánea de riders en bici y moto por las calles de Madrid. "Encima les paró la Policía y les identificaron para sanción. Si encima de bajar la tarifa les llega una multa de cientos o miles de euros, les hacen mierda". Además, se convocó una huelga a nivel mundial desde América Latina, y "en España no se convocó nada que siguiera los trámites burocráticos para hacer el parón".

El 'rider' Fernando trabaja durante su turno. MARIO ESCRIBANO

Aquí hay una extraña tensión: hoy en día, los riders siguen siendo autónomos, aunque varios tribunales superiores, la Inspección de Trabajo y la Seguridad Social consideran que son asalariados. ¿Un paro de muchos autónomos se tramita como una huelga? ¿O, ahora sí, son trabajadores con todas las de la ley? "Estamos en una situación de tanta precariedad que no sabemos ni qué somos", asevera Fernando, que añade que "no son solo las tarifas; Glovo hace mil perrerías".

"Te obligan a hacerte autónomo, pero no tienes autonomía y pueden hacer contigo lo que quieran"

De hecho, no tiene ninguna duda en que la razón por la que apenas ha tenido trabajo últimamente no es otra que su perfil reivindicativo. "He salido algo más en los medios y no tengo miedo ya a dar la cara, pero me han bajado la puntuación sin motivo justificado, ni siquiera por las cláusulas de uso de la plataforma, y es lo que permite coger horas. Siete horas y media he trabajado esta semana. Te obligan a hacerte autónomo, pero no tienes autonomía y pueden hacer contigo lo que quieran. Por eso promueven ese modelo".

Con el confinamiento ha notado la bajada de pedidos. Entre otras razones, porque han cerrado algunas de las cadenas más demandadas, como McDonald's. Ahora buscan sustituirlos con supermercados, donde "los pedidos pesan de la hostia". "Encima de que cobro menos tengo que cargar más peso. Es una estafa", espeta. "Se supone que hay un límite de peso para bicis y motos, pero no es real, porque si vas al súper, ves el pedido y dices que no, no cobras. No tienen ningún control".

El doble pedido que tenía trampa

4,3 kilómetros después, Fernando llega al primer destino, al otro lado de Plaza de Castilla, y recibe 4,50 euros por el trayecto. Es momento de que la aplicación de Glovo le asigne el siguiente pedido. Parece que, de nuevo, la suerte le ha sonreído: es un encargo doble en el restaurante americano Tony Roma's de la calle Ourense. "Es una de las pocas cosas buenas que han hecho estos días", celebra, pues consiste en recoger un par de pedidos en un mismo establecimiento y entregarlos en direcciones consecutivas. No cobra el doble, pero son más rentables que los normales. Eso sí, Glovo cobra lo mismo al cliente.

Hasta que no recoge la comida no sabe cuáles son las direcciones de entrega exactas, solo aparece un círculo en un mapa para orientarle. Explica los pormenores mientras bordea el Santiago Bernabéu y, cuando ha acabado, ya ha llegado al local en cuestión. Allí hay repartidores de las principales aplicaciones: Glovo, Uber Eats, Just Eat, Deliveroo... Y estos últimos están teniendo algunos problemas con la cocina: la aplicación ofrece un entrante que el restaurante ya no sirve.

Al principio solo hay un repartidor con ese inconveniente, pero se concentran algunos más a medida que avanza la noche. Los riders insisten en que el restaurante lo sigue ofreciendo mientras contactan con la empresa de reparto. "Siempre se hace por la mensajería de la aplicación, aquí no hay ni un teléfono por si tienes problemas", cuenta Fernando mientras espera, y remata: "Si hay un problema de este tipo, sea culpa del restaurante o de la aplicación, lo acabas pagando tú".

"Estoy sin cobrar y encima el cliente se va a quejar porque le va a llegar frío"

Él también ha acabado teniendo problemas en este local. Cuando llega, sobre las 21.30 horas, tiene uno de los dos pedidos listos, así que le toca esperar al siguiente. El minutero avanza y salen todos los pedidos menos el que se le ha asignado. Le pide al personal que le dé prioridad –"estoy sin cobrar y encima el cliente se va a quejar porque le va a llegar frío"–, pero el protocolo de Tony Roma's es ir en orden de llegada.

El ambiente se caldea. Cada rider tiene su particular batalla con el restaurante o la aplicación, y la situación no parece mejor entre el personal de cocina, según se palpa cada vez que entreabren la puerta. Para rematar, cuando Fernando recibe el pedido sigue insistiendo en que le han fastidiado la jornada. Mientras, un repartidor recién llegado le empieza a pedir que se retire para dejarles su turno.

Fernando el rider enfrente de un restaurante espera recibir su pedido para entregar. MARIO ESCRIBANO.

Esto ocurre cuando ya han pasado las 22.00 horas y, de paso, la hora asignada a Fernando, que ya adelanta que va a ser complicado que reciba más encargos. A las 22.19 ha entregado ambos pedidos, por los que ha ganado un total de 10,06 euros. Lo que parecía que había sido un golpe de suerte se ha convertido en todo lo contrario. "Nos han jodido vivos. Nos han hecho perder la hora", clama tras entregar el último pedido del restaurante americano. "Tienes solo una hora y la pierdes esperando y sin ganar nada. Es un sistema perverso".

Un sistema en el que, cuando aceptas un pedido, tienes que "correr todo lo que puedas". "Del ritmo dependen tus ingresos: te fuerzan a ir forzado, y ahora encima intentando no contagiarte", señala. Las aplicaciones de reparto llevan desde el inicio del estado de alarma mandando mensajes a sus clientes en los que aseguran que están intentando proporcionar protección a los riders, pero Fernando sostiene que "hablan mucho y no dan nada, el material no es fácil de conseguir".

"Voy de farmacia en farmacia preguntando, pero es complicado conseguir mascarillas porque apenas hay y tienes que seguir trabajando", relata. "La gente está usando los guantes de la fruta del supermercado, y a mí me han hecho una mascarilla casera de tela y la lavo. Algo es algo". El resto de medidas de protección que toma son pulsar el telefonillo con las llaves o el teléfono móvil y tratar de abrir y empujar las puertas sin usar las manos, ya sea con el codo o la pierna.

"Estamos arriesgando nuestra salud cuando todo se para, la gente que mueve el mundo debería estar mejor remunerada, pero encima nos bajan el sueldo", critica. Desde el colectivo Riders x Derechos explican que los riders llevan trabajando "más de un mes sin ningún tipo de protección ni formación", por lo que ha interpuesto varias denuncias ante la Inspección de Trabajo.

Daniel Gutiérrez: "Estamos muy cerca de ser esclavos. Es la esclavitud 2.0"

Su portavoz, Daniel Gutiérrez, señala que "si las condiciones ya eran precarias, ahora lo son mucho más". Asimismo, el portavoz del colectivo recuerda que el Gobierno consideró "esencial" el reparto de estas plataformas cuando decretó la paralización de la actividad. Gutiérrez duda de que "llevar sushi o pizzas a casa sea algo esencial". "Si somos tan esenciales, que nos expliquen cómo podemos estar trabajando en estas condiciones. Estamos muy cerca de ser esclavos. Es la esclavitud 2.0", dispara.

En este sentido, critica que "todos los políticos quieren acabar con esto, a todos les parece una medida justa, pero cuando hay que tomar medidas y legislar, no ocurre nada". Así, apunta que "no hace falta ni valentía política, solo que se cumplan las sentencias judiciales y lo que dice la Inspección de trabajo". "La única manera de garantizar nuestros derechos es que se nos considere trabajadores. No queremos palmaditas en la espalda ni discursos en campaña".

Segundo intento: Uber Eats

Han pasado ya muchas semanas de encierro, pero el aspecto apocalíptico de las calles de la ciudad un viernes noche no deja de impactar. Es casi imposible encontrar peatones y, salvo sorpresa, a esas horas solo hay policía, repartidores, taxis y algún vehículo particular. "Mira, ¿has visto a ese? Iba repartiendo en patinete", dice Fernando tras saludarle. "Los compañeros son geniales".

Muchos se mueven en bicicleta, pero echan humo a través de sus teléfonos móviles. Es común que usen varias aplicaciones de reparto a la vez y, también, que formen parte de varios grupos de WhatsApp o Telegram en los que hay decenas de riders que se ponen en contacto para comentar o avisar de cualquier cosa que ocurra durante la noche. "Todo está pensado para que estés todo el día pringado con la aplicación para coger horas, en lugar de tener un horario y un salario estable".

Hay una información especialmente golosa y que fluye con facilidad: el momento en el que Glovo permite coger alguna franja horaria en mitad de la noche, cuando con los asignados no tienen suficiente para cubrir demanda. En ese instante, las pantallas reciben golpes y golpes de pulgar intentando ser ellos los que se llevan algún pedido. A Fernando le da error y no consigue ninguno, aunque lo sigue intentando durante más de una hora.

En ese momento, decide abrir la aplicación de Uber Eats para ver si logra algo: "Esto es peor todavía. Ni te asignan horas: puedes estar conectado tres horas sin hacer nada: estamos muchos conectados a la vez y no hay trabajo para todos". "Me apunté a Uber Eats porque con Glovo no me llegaba. Vas jugando con unas y otras porque no hay ninguna estabilidad", explica.

Ahora sí ha habido algo más de fortuna. Le asignan un pedido por 3,08 euros a unos metros de la última entrega, en el Tierra Burrito de Cuatro Caminos. La entrega es en otro punto de Bravo Murillo, a poco más de un kilómetro de distancia. Entre medias, un control policial que no le ordena detenerse: la entrega se realiza enfrente de los coches patrulla, que son la iluminación momentánea del portal. Cuando sale, sobre las 22.40 horas, sigue activo en ambas e intentando conseguir algo más durante un buen rato, pero parece poco factible.

La pregunta es obligada: ¿cuánto dinero ha conseguido en esa hora y media? "Bueno, eso de hora y media... Yo sigo en la calle y conectado ahora mismo", responde pasadas las 23.00 horas. En total, ha obtenido 17,64 euros brutos a los que tiene que restar impuestos como IVA, IRPF o la propia cuota de autónomo (ya paga unos 140 euros mensuales). "Cada aplicación tiene un sistema de tarificación diferente. Glovo parece que da menos, pero es limpio. En Uber es más, pero es sucio... Pero con lo que nos ha bajado Glovo ganaremos una mierda en los dos y ya está". En total, no cree que le hayan quedado más de seis euros limpios por hora.

"Habré ganado unos seis euros limpios la hora"

"Habré ganado unos seis euros limpios la hora. Es una pena esto. Si hubiese tenido horas, un pedido tras otro, y si no me hubieran hecho esperar, habría merecido la pena, porque a estas horas Glovo tiene bonos y puedes ganar bien. Pero si a las horas buenas ya va mal, imagina las malas", lamenta. "Otra opción es pasarte el día entero en la calle pescando horas. Aunque no tengas horas, si estás todo el rato atento al teléfono igual agarras algún turno para trabajar un rato... Te puedes pasar diez días en la calle y trabajar cinco. El que puede se va a casa, pero el que tiene necesidad, busca horas en todas las aplicaciones que puede".

Fernando chequea su pedido a través de la aplicación. MARIO ESCRIBANO

"Nos gusta nuestro trabajo"

El trabajo de repartidor no tiene mucho que ver con la anterior vida de Fernando. Trabajaba en una oficina como administrativo contable, pero fue despedido y no lo echa de menos: "Era un asco estar encerrado todo el día. Estaba amargado de aguantar mierdas del jefe". Siempre había sido un apasionado de la bicicleta y, tras un año en el paro, se animó a probar con Glovo: "Pedalear por Madrid es lo mejor, es alegría y me gustaba la idea de trabajar así".

Fernando asegura que un mes bueno, en el que consiga que le asignen unas 40 horas semanales, puede obtener unos 1.500 euros brutos, pero recalca que "todos los gastos van a las costillas del rider". "Parece que ganas bien por todo lo que facturas, pero la bicicleta la pongo yo, por ejemplo, y hace poco tuve un accidente. Una bicicleta eléctrica puede costar fácilmente 1.000 euros y, si se te rompe, es tu problema".

De hecho, para que se quede un sueldo limpio algo más holgado, "hay que trabajar como un cabrón, 10 o 12 horas diarias los siete días de la semana, y muchos compañeros lo hacen para poder mantener a su familia y todos los gastos". "No es mi caso, pero suele ser habitual", subraya. "Buena parte de los compañeros son migrantes, venezolanos en su mayoría. Yo soy español y si falla algo tengo aquí mi red, mi familia y mis amigos, pero la gran parte de los compañeros que acaban de llegar a España... Si no tienen horas, no comen esa semana".

"Es un trabajo que nos gusta, es bonito estar en la calle con tu bici, callejeando todo el día", defiende, aunque la remuneración no sea muy allá. "Eso no significa que no se nos tenga que respetar como trabajadores", contrapone. ¿Qué hará ante esta reducción de ingresos? "Apoyarme en los pocos ahorros que tengo, porque esto no permite tener mucho colchón", responde, y, en caso de que vaya peor, tendrá que "tirar de las ayudas del Gobierno". "Pero no me gustaría dejar este trabajo".

¿Pedir o no pedir?

Desde hace semanas abundan comentarios en redes sociales en los que se llama a no pedir comida a través de este tipo de aplicaciones para no exponer a los riders. Pero es un arma de doble filo, sobre todo en un contexto en el que es prácticamente imposible obtener otro tipo de ingresos. "Entiendo que es buena voluntad para luchar contra un modelo explotador como este, pero si la forma de luchar es que me quede sin trabajo, no me ayuda mucho esa lucha. No podemos buscar trabajo y por eso Glovo ha aprovechado para bajar tarifas", responde Fernando, que sigue mirando las aplicaciones de Glovo y Uber Eats sin mucha esperanza.

En este sentido, llama a "buscar formas de apoyo que vayan en la línea de las reivindicaciones de los trabajadores". "Así no solo boicoteas a la empresa, también a nosotros: es una trampa maligna", defiende. "Apoyadnos políticamente, moralmente o dadnos alguna propinilla, que tampoco viene mal. No es una forma de tener derechos laborales, pero mientras estamos en nuestra pelea no está de más que si cobro tres euros por llevar un pedido a tu casa, me apoyes con un extra: un euro ya es un 33% más", sugiere.

"La única forma de romper su modelo de autónomos, su modelo laboral, es sindicarnos", asegura. La media noche está al caer, pero no deja de mirar la pantalla del móvil: "Estoy viendo Glovo, pero nada... Ya está muerto, ya ha caído la demanda". Fernando choca el codo y se despide.

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