Entrevista a Alberto Garzón"La extrema derecha intenta construir la caricatura de que la izquierda es urbanita y hippie"
El exministro de Consumo conversa con 'Público' sobre crisis ecológica, los imperialismos descarnados y el futuro de la izquierda en España.

Madrid-
Nació en Logroño. Estudió Economía en la Universidad de Málaga. Comenzó a militar en Izquierda Unida y lideró la formación, incluso llegó a presentarse como candidato a la presidencia del Gobierno y fue ministro de Consumo de 2020 a 2023. En la actualidad, investiga la economía biofísica en el Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals (ICTA-UAB), de la Universitat Autónoma de Barcelona. Alberto Garzón (1985) publica La guerra por la energía. Poder, imperios y crisis ecológica (Península, 2026). El expolítico conversa con Público sobre la posibilidad de una izquierda alternativa, cómo las (ultra)derechas aprovechan la emergencia climática para promover su agenda y el programa ecosocialista para una transición verde.

¿Qué debe hacer mejor si quiere reeditar el gobierno la próxima legislatura… si es que la termina?
Mi sensación es que no estamos ante una derechización de la población, aunque vivamos una ola reaccionaria a nivel global que tiene su especificidad en nuestro país. Estamos más bien ante la desafección de una parte del electorado de izquierdas, que es fundamental para poder revalidar el Gobierno de coalición. Ya pasaba algo parecido en julio, en las últimas del 2023. Ahora es más difícil porque la situación se ha agravado. Creo que el PSOE ha pasado por momentos muy difíciles en los últimos meses, de corrupción, que hubieran justificado unas elecciones anticipadas. Pero me parece bien que no haya convocado esas elecciones y haya ganado tiempo. La clave está en que no debe ser tiempo para resistir por resistir. Debe ser tiempo para poder utilizarlo en acumular fuerza electoral, social y política para que cuando haya elecciones puedas resistir la avalancha que viene de la extrema derecha y de la derecha.
Para eso hacen falta políticas valientes que recuperen el pulso del electorado de izquierda. Diría que el elemento central es la vivienda, porque un electorado de izquierdas que ve bien la subida de salario mínimo interprofesional ve bien las políticas que está haciendo el Gobierno. Pero en su día a día se encuentra con que sigue dando el 50% de su salario a pagar el alquiler y el Gobierno no lo resuelve. Entonces tienes una sensación de frustración. Si el Gobierno en el que tú has depositado las esperanzas no está resolviendo lo que para ti y mucha gente es el problema principal, resulta lógico que la gente caiga frustrada.
Hay que dar las batallas para que la sociedad pueda volver a empatizar con unas fuerzas de izquierda
Recuperar la confianza exige que en este tiempo extra que se ha dado Pedro Sánchez dentro de la legislatura pueda ser más valiente, más audaz, incluso dando batallas que a lo mejor en el Congreso las pierde. Pero hay que darlas para que la sociedad pueda volver a empatizar con unas fuerzas de izquierdas. Creo que el discurso de que viene la derecha y la extrema derecha es cierto porque nos asusta –a mí me asusta–. Pero no es suficiente para que mucha gente que es de izquierda o progresista salga el día de las elecciones a votar.
¿Y el espacio de la izquierda alternativa? ¿Hay margen para una candidatura unitaria con todo el mundo dentro?
No lo sé. Afortunadamente ya no estoy en ese tipo de discusiones, pero sigo manteniendo la misma filosofía. Creo que la unidad es una condición necesaria. No es suficiente para frenar a la derecha y la extrema derecha ni para poner políticas alternativas, pero es necesaria. Porque cuando no se presenta esa unidad, estás favoreciendo de una manera extraordinaria a la derecha y la extrema derecha, sobre todo en aquellos lugares donde la ley electoral penaliza mucho la división.
La unidad de la izquierda es una condición necesaria, pero no es suficiente para frenar a la derecha y la extrema derecha
Hemos visto en Extremadura que la unidad era útil, aunque no sea suficiente. Vamos a ver muy probablemente en Aragón las consecuencias de una desunión bastante acentuada pero en tres provincias. Y después viene Andalucía, que tiene ocho provincias y también parece que vamos a muchas candidaturas. Espero que todo eso, que son tropezones tras tropezones que le van a dar los gobiernos a la derecha y la extrema derecha, sirva para reaccionar de cara a unas elecciones generales en las que a mí, como ciudadano, no me gustaría ver que un partido de extrema derecha como Vox y una formación como el Partido Popular –que imita las políticas de extrema derecha– lleguen al Gobierno y empiecen a poner una agenda reaccionaria al estilo de la que está haciendo Estados Unidos. Creo que hay argumentos suficientes para para unirse frente a eso.
¿Cree que Yolanda Díaz está en condiciones de liderar ese espacio? ¿Quién podría asumir, según usted, ese liderazgo?
No entro en este tipo de cuestiones. Tampoco entraba cuando formaba parte de ellas. Estoy lejos de ese debate, estoy de hecho lo suficientemente lejos como para tener una mirada un poco más limpia. De hecho, en parte cuando escribí este libro tenía la intención de que fuera una herramienta para que la ciudadanía pudiera comprender mejor lo que está sucediendo en esa interfaz entre ecología, economía y geopolítica, pero también porque creía que podía generar un efecto importante en la izquierda de la que yo me siento parte, aunque yo no soy ya ningún dirigente en ningún espacio político.
Cuando ves los problemas, los retos que tenemos y que se describen en el libro, y los ves desde una perspectiva temporal, según la cual somos una anécdota de la historia, pero también somos una anécdota en el sistema mundo, quizás las prioridades cambian y eso te lleva a que las miserias por las que se pelea la izquierda tradicionalmente en torno a cuestiones cotidianas como liderazgo o demás, queden empequeñecidas.
Cuando estás en esos debates entre formaciones políticas, todo te parece un mundo. La diferencia con el de al lado te parece la más grande, pero cuando te abstraes, sales del árbol y ves el bosque, es decir, y ves la historia y los retos, entonces esas miserias igual no te parecen tanto y es más fácil resolverlas, ¿no? Creo que esa perspectiva es más útil y hay que dejar que quienes estén en esas mesas de diálogo –si es que existen– puedan llegar a la conclusión adecuada. Para mí, la conclusión adecuada es que vayan juntos, la forma en la que lo resuelvan pues me parecerá mejor o peor en función de lo que haya, pero con que se consiga el objetivo, yo. como ciudadanos, ya estaría contento.
En la actualidad investiga la economía biofísica en el ICTA-UAB. A ser este su primer libro en el que habla de lleno sobre ecología, ¿cómo ha determinado esta labor científica su conciencia climática?
En mi propia formación como economista ya incorporamos en un doctorado que estuve haciendo en la Universidad Complutense de Madrid una dimensión ecologista, cosa que no era normal en los economistas. La economía es una ciencia social que siempre estuvo al margen de los elementos ecológicos, no consideraba la naturaleza, los recursos materiales, la energía... Es como una cosmovisión que se construye al margen de la naturaleza sin límites, de ahí que hayamos asumido que el crecimiento puede ser ilimitado e infinito cuando vivimos en un planeta finito y limitado. Integrar la economía dentro del sistema-Tierra, es decir, como parte de un sistema más amplio que te impone límites físicos, es parte del pensamiento de la economía ecológica.
La economía es una ciencia social que siempre estuvo al margen de los elementos ecológicos
Con el tiempo he ido desarrollando mucho más estas ideas hasta alcanzar una suerte de síntesis. Intento conectar las enseñanzas de la economía ecológica con todo lo que podríamos llamar geopolítica. Y entender así la esclavitud, el colonialismo o lucha por los recursos naturales que vemos ahora en Groenlandia o en Venezuela. Nos permite comprender que lo que hace Trump no es simplemente el capricho de una persona enloquecida o extravagante. Puede ser extravagante, tiene su personalidad, nadie lo va a negar, pero hay problemas y situaciones estructurales.
En el libro, menciona que el agotamiento de los combustibles fósiles puede provocar una elevación de los precios de los alimentos. La seguridad alimentaria ha sido centro de debate estas últimas semanas con el acuerdo UE- Mercosur. Un tema que divide no solo por ideologías, sino también por intereses nacionales.
Un acuerdo de libre comercio es un instrumento que siempre va a beneficiar a la economía más desarrollada, porque es la que va a tener la industria más desarrollada y que por lo tanto es más competitiva y va a poder ofrecer productos más baratos y va a desplazar al resto del mercado. Según la teoría convencional, esto es positivo porque de esa manera se integran las economías y cada uno se especializa en lo que mejor sabe hacer. Pero la realidad es que el libre comercio ha sido siempre la bandera de los países que han ostentado la hegemonía y el control económico y militar del mundo.
El libre comercio ha sido siempre la bandera de los países que han ostentado la hegemonía y el control económico y militar del mundo
El siglo XIX fue el siglo del libre mercado del Reino Unido. Cuando esa hegemonía se desplazó hacia Estados Unidos en el período de entreguerras y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, lo que teníamos era un Estados Unidos que defendía el libre comercio. Cuando ha sido desafiada esa hegemonía por parte de China, por ejemplo, EEUU ha llegado a la conclusión de que las reglas del libre mercado ya no le valen. Ya no es el instrumento con el que ellos pueden preservar su hegemonía y retornan a las prácticas del mercantilismo, proteccionismo, etcétera. En ese contexto, la Unión Europea sigue siendo más papista que el papa. Igual que ha sido más neoliberal que los propios neoliberales, sigue pensando que los escenarios de libre comercio son adecuados y necesarios.
Depende de la perspectiva, te vas a encontrar con críticas muy potentes contra el acuerdo. Desde la óptica de los países latinoamericanos, Brasil y Argentina son los dos grandes de los cuatro que forman Mercosur, y ellos se van a especializar en sectores en los que ya están especializados, como es el sector agrario. En Brasil, el 13% de sus exportaciones es solamente soja, y sus industrias van a ser penalizadas, porque no son competitivas frente a las europeas. En Europa ocurrirá al revés. Eso explica por qué el sector agrario se queja. Un acuerdo de estas condiciones le pone una situación de mayor dificultad para sobrevivir, particularmente a sectores más familiares, como la agroecología, que no van a tener capacidad de sobrevivir en ese contexto.
¿Qué hay del impacto ambiental?
Si lo vemos desde la óptica ecológica, no tiene ningún sentido ir por este tipo de acuerdos ahora mismo. Creo que es importante hacer acuerdos de cooperación en el ámbito geopolítico para no depender de Estados Unidos y tener una autonomía como Unión Europea. Pero que cedas una parte de tu soberanía alimentaria porque decides que es más barato importar desde el otro lado del Atlántico, con la huella de carbono que eso conlleva, y la vulnerabilidad que supone depender de esas importaciones a algo que ya no produces tú, es un problema.
¿Qué te dice que no necesites una suficiencia alimentaria propia que no dependa de la importación de otros países?
Con la pandemia, necesitamos mascarillas y no podíamos tenerlas porque no las producíamos ya. Habíamos externalizado la producción de ese tipo de productos en otros países como China. Y entonces cuando teníamos necesidad de ellas en un momento crítico, tuvimos que comprarlas con unos precios desorbitados, porque no teníamos industria para hacerlo. ¿Qué te dice a ti que no necesites en una circunstancia de crisis ecosocial una suficiencia alimentaria propia que no dependa de la importación de otros países?
Los acuerdos del libre comercio están mal enfocados. Y es normal. El acuerdo UE-Mercosur se empezó a debatir hace más de 20 años. Responde a un mundo totalmente distinto del actual. Creo que la UE debería concentrarse más en la autonomía económica, militar y energética para no depender de EEUU, Rusia y China. Si quieres ser un actor geopolítico en el futuro, puedes seguir como está, pero entonces eres simplemente el plato de comida en la mesa donde están sentados los gigantes.
El debate sobre el acuerdo UE-Mercosur también pone de relieve otra cuestión: las (ultra)derechas, bajo pretextos como la defensa del campo, pueden aprovechar la crisis climática para promover su agenda, sin de hecho tener que reconocer que exista tal crisis.
Es obvio que la extrema derecha intenta construir una caricatura que yo además sufrí como ministro: la idea de que la izquierda es urbanita, es hippie, está formada por gente con estudios y que no se preocupan del mundo real, que es el mundo rural. Pero te vas a un montón de pueblos de España donde gobierna Izquierda Unida y te das cuenta de que eso no es así, pero la caricatura tiene una gran capacidad de penetración en el imaginario popular y ellos utilizan este conflicto para intentar fortalecerla. Es una estrategia que les ha funcionado en otros lugares, porque el campo, el mundo rural tradicionalmente se inclina a la derecha y esto es irónico, porque es uno de los principales sectores que debería combatir el cambio climático.
El cambio de temperaturas tan acelerado perjudica, por ejemplo, a las cosechas. En España ya está sucediendo con la vid, el trigo o el cereal. Y por lo tanto serían los principales interesados en luchar contra el cambio climático. Sin embargo, por razones políticas, el campo ha sido patrimonializado por esa extrema derecha que intenta construir esa caricatura porque le encaja en la visión tradicional del nacionalismo rancio español. Es decir, de antiinmigración que intenta encajar todas esas piezas, con mucha complicación en algunos casos, pero que utilizan este tipo de contextos para presentarse como los salvadores de una noción esencialista de España.
Tiene un objetivo puramente estratégico porque si gobernara en algún momento la agenda de la extrema derecha por mediación del PP o de Vox, el cambio climático se agravaría y eso afectaría principalmente a las zonas agrarias. Y esa es la ironía del momento que vivimos, pero eso es un déficit de la izquierda, de no haber sido capaz de haber estado presente con suficiente fuerza en el campo y en el mundo rural para para ser capaz de trasladar el ecologismo desde el punto de vista de clase, y no simplemente como un ecologismo de decoración.
Ante los ingredientes ecofascistas, ¿cómo puede la izquierda armar un discurso ecológico que resulte atractivo y convincente a la ciudadanía?
Hemos chocado con los límites del planeta. Su consecuencia no es solo el cambio climático, hay otra serie de efectos como la deforestación, la pérdida de biodiversidad o la contaminación. Y al chocar con esos límites se pone de relieve que necesitamos una economía que viva dentro de los límites del planeta y esa adaptación requiere darle la vuelta a la forma en la que hemos concebido la economía actualmente.
Esto se puede materializar en políticas muy concretas. Por ejemplo, la mayoría de la gente está harta de vivir al límite, no solo económicamente, sino de tirarte todo el día yendo al trabajo, trabajando, volviendo del trabajo y estando en tu casa de manera cansada para empezar otro día más. Esa rutina extenuante, es agotadora para el conjunto de la población y más agotadora cuanto menos salario tienes. En el capitalismo todos somos hámster en una rueda, corremos para correr más. Y eso es insostenible ecológicamente.
La alternativa es darle la vuelta y entender que los avances tecnológicos sirvan no para producir más y correr más como el hámster en la rueda, sino para producir lo mismo, es decir, con un muy buen nivel de vida, trabajando menos tiempo. Y cuando tú hablas de trabajar menos tiempo, de conciliación y de cuidados, estás conectando con una sensación que tiene la ciudadanía corriente que sí puede ser atractivo y que lo es, de hecho, para la inmensa mayoría de la población. Y eso es hablar de ecologismo, porque es la única vía por la que tú puedes incorporar la economía dentro de los límites del planeta.
Evidentemente es más difícil hablar desde el punto de vista teórico porque la gente no está en esas conexiones. Si te pones a decir "baja tu huella de carbono", es mucho más complicado que eso sea atractivo. Pero sí lo es si tú hablas de sus vidas cotidianas y de cuáles son las manifestaciones de lo que llamamos ecosocialismo, que significa tener garantía de sanidad, de educación, pero también de vivienda, de servicios públicos, dentro de los límites del planeta con más tiempo de ocio para lo que quieras hacer y una felicidad que no es derivada del nivel de consumo, sino derivada de las relaciones sociales. Pero hay que ser capaz de explicarlo.
Pero aún no estamos ahí. Donald Trump ha secuestrado a Nicolás Maduro y ha reforzado sus ínfulas expansionistas respecto a Groenlandia.
Lo que tenemos que entender es que Donald Trump con esa lógica, sin hacerlo explícito, lo que entiende es que hay un mundo donde los recursos naturales son escasos. Pero él lo asume de una manera en la que esos recursos escasos no van a ser compartidos. Él asume que esos son recursos escasos para apropiárselos él, hablando en nombre de un demos muy limitado. Ese demos son los estadounidenses blancos. No se sabe dónde pone la frontera, porque estamos viendo que estadounidenses hijos de somalíes parece que tampoco son los estadounidenses de primera. Entonces ese es el fascismo que está creciendo. Pero ellos tienen muy claro que los recursos del mundo no son del mundo, son suyos.
Donald Trump asume que los recursos naturales son escasos para apropiárselos él
Eso le permite llevar a cabo lo que antes se hacía de otras maneras. Se hacía también, pero se justificaba en aras de los derechos humanos, universalismo, las democracias... Ahora es de manera descarnada. Sustituye al chavismo por el chavismo, es decir, no hay un cambio sustancial ideológico ahí, pero sí hay un cambio en el control de los recursos naturales, que es lo que le preocupa.
Esto lo vemos en Venezuela, pero lo vemos en Groenlandia cuando se preocupa de obtener su control, amenazando con la invasión, pero finalmente consiguiendo su objetivo de controlar los recursos de Groenlandia. También lo vemos en la República Democrática del Congo, con la que Trump firmó un acuerdo en el que cerraba una paz bastante precaria, pero que garantizaba privilegio a las compañías multinacionales de Estados Unidos para extraer minerales críticos.
Hoy tenemos un imperialismo descarnado, que se parece mucho al imperialismo de la época mercantil, que componían los primeros imperios. Entonces no había democracia, por lo tanto, no hacía falta justificar nada, porque eran monarquías absolutistas o imperios profundamente antidemocráticos, en los que la riqueza era considerada finita. Si había oro, plata o especias y tú los querías, se los tenías que quitar a otro. Esa lógica es la que tiene Trump, solo que donde está el oro, la especia y la plata, ahora están los minerales críticos, el petróleo y otros recursos naturales.
No es solamente Trump. En la fiebre actual de minerales estratégicos y las llamadas tierras raras, la Comisión Europea ha dado un giro de 180 grados en su política verde. Impulsa la minería en España y agiliza los trámites de impacto ambiental de estos proyectos.
Europa es vulnerable en tres dimensiones. La dimensión militar es obvia, depende militarmente de Estados Unidos –por eso Trump amenaza con Groenlandia–, depende energéticamente de Rusia y depende económicamente de China, porque se desindustrializó y gran parte de lo que se consume en Europa procede de Asia. Esas tres vulnerabilidades te hacen ser muy dependiente. Por eso la estrategia de la Unión Europea tiene que recomponer todo eso. Uno de los de los caminos es acelerar la transición energética. Si tú aceleras la transición energética, puedes conseguir una política industrial que te haga independiente o más independiente de China y al mismo tiempo, al dejar de depender de combustibles fósiles, también dejas de depender de Rusia. Pero esa transición energética tiene costes.
Las transiciones energéticas no son gratuitas. Hemos vivido en una anomalía de la historia en la que hemos recurrido a los combustibles fósiles que estaban debajo de la tierra, como un regalo, como una especie de herencia que estamos dilapidando porque eso fue generado durante millones de años y ahora lo estamos usando, pero tiene el coste de destruir el planeta y tenemos que dejar de usarlo. Al sustituirlo por otras fuentes de generación de energía eléctrica, como las renovables, necesitas terreno, superficie que va a competir en el uso de la tierra con otros como puede ser la agricultura y por lo tanto tienes que planificar dónde van esos molinos, dónde van esos paneles fotovoltaicos... Y también necesitas minerales para construir esa infraestructura.
Ganar autonomía y poder desarrollar una transición energética en nuestro país exige algo que suena antiguo, que es la minería
Es necesario desarrollar más autonomía, porque si mañana China, Brasil o Estados Unidos deja de enviar esos minerales críticos, las industrias europeas desaparecen. No pueden proseguir, no pueden construir más coches o productos electrónicos. Entonces, ganar autonomía y poder desarrollar transición energética en nuestro país exige algo que suena antiguo, que es la minería. Y esa minería tiene costes, tiene costes medioambientales y sociales que hay que gestionar. Pero es el peaje a pagar para poder tener transición energética.
¿Es suficiente la transición energética para hacer frente a los retos actuales?
Para mí esa transición energética es condición necesaria, pero no suficiente, sino que tenemos que acompañarlo de políticas de reducción del consumo de energía y de materiales, lo que tradicionalmente llamamos decrecimiento, para que la transición energética no sea una quimera, sino que sea algo que nos conduzca a una sociedad más justa. Sin eso la transición energética no funciona. Y solo el decrecimiento sin transición energética es un retorno a las sociedades agrarias y no es razonable.
¿Qué puede hacer España para liderar esta transición energética?
Hemos tenido gobiernos conservadores en los que ha habido retrocesos importantes y lentitudes inaceptables, pero si hace 20 años te cuento el despliegue de las renovables en España no te lo creerías. Además juega con una ventaja importante y es que ese sol puede ser una virtud. España tiene que hacerlo bien. Para que sea una transición energética exitosa, tiene que ser justa también. Creo que el camino está bien marcado. Lo que pasa es que la urgencia es tal que debería ser más rápido.
Para que sea una transición energética exitosa, tiene que ser justa
Cualquier esfuerzo que acelere evitar un escenario peor es una ganancia. Y lo es en términos medibles, como el impacto en las cosechas o cómo nos afectan las olas de calor. Pero también en términos que no puedes medir. Los científicos no pueden predecir ni parametrizar todos los elementos del sistema-Tierra e imaginar lo que va a ocurrir si alcanzas un calentamiento de 2,3ºC sobre los niveles preindustriales en vez de 2ºC, porque es tan complejo que no sabes exactamente cómo se van a retroalimentar todos esos efectos, que pueden ser catastróficos. Para no introducirnos en esa zona de tanto riesgo, todo lo que avancemos y todo lo rápido que vayamos va a ser bienvenido.
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