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Matanza de Atocha Las otras vidas del abogado laboralista de Atocha

Alejandro Ruiz-Huerta iba para cura, pero terminó defendiendo a trabajadores y presos políticos. Superviviente del atentado ultra, dejó la abogacía y ahora ejerce de profesor en Córdoba

Alejandro Ruiz-Huerta, presidente de la Fundación Abogados de Atocha. / CHEMA MOYA (EFE)

MADRID.- La diferencia entre una biografía y un obituario la puede marcar un Inoxcrom. Alejandro Ruiz-Huerta (Madrid, 1947) ha reescrito su vida tantas veces con ese bolígrafo que terminó secándose a la altura de Córdoba, en cuya Universidad ejerce de profesor de Derecho Constitucional. Pero si desandamos el rastro de tinta roja, asoman otros Alejandros, algunos tan difusos que incluso a él le cuesta reconocerlos.


Alejandro novicio. Año y medio en la Compañía de Jesús. Un joven débil e influenciable. Iba para cura. “Las catequesis de los jesuitas en los poblados chabolistas me valieron para darme cuenta de la existencia de dos mundos”. En el seminario de Aranjuez, la fe se resintió y pidió ayuda al padre Alarcón. Tiempo de silencio y disciplina. “Me fui porque vi que no era mi camino”. La lucha era posible en otras trincheras. “Luego dejé de ser católico y cristiano. No fue una ruptura atea, sino una reflexión que duró años: no tenía sentido colaborar con una Iglesia que perjudicaba a mucha gente”. Volvería de visita a aquel lugar, convertido ya en una residencia de la tercera edad. Se llamaba El Deleite.


Alejandro soñador. Hijo de militar franquista, “muy del régimen”, que lo encauza hacia el Derecho y las Ciencias Empresariales. Le hubiese gustado estudiar Historia, quizás Antropología, pero su progenitor lo matricula en ICADE, donde entra en contacto con el movimiento antifranquista. “Mi padre pensaba que estábamos engañados porque éramos muy buenos”. Tres de cinco hermanos abrazarían el PCE. “La transición empieza cuando los hijos de los vencedores se apuntan a la lucha por la libertad”


Alejandro rojo. Deja los bufetes profesionales por los laboralistas con el objetivo de defender a trabajadores y presos políticos, “porque era consciente de las desigualdades en la sociedad”. Trabaja, junto al también abogado Luis Javier Benavides, en los barrios obreros de Vallecas y Hortaleza antes de entrar en el despacho de Atocha. Allí irrumpe un comando ultra y mata a cinco compañeros el 24 de enero de 1977. A él lo salva un Inoxcrom que lleva en la camisa y atenúa una bala directa a su esternón. Escudado bajo el cuerpo de un compañero, recibe cuatro tiros más en su pierna derecha. Lo dan por muerto.


Alejandro mártir. “El entierro se convirtió en una manifestación donde reinaba un silencio sepulcral”, recuerda el sindicalista de Renfe Francisco Naranjo, hoy director de la Fundación Abogados de Atocha. “No sabíamos si España iba hacia un lado o hacia otro, pero la demostración de fuerza en la calle llevó a la legalización del PCE y de CCOO, a los que pertenecían las víctimas. Una legalización entre comillas, porque en aquella época los grises todavía te corrían a hostias”. Convaleciente en el hospital, Ruiz-Huerta recibe una nota. Decía: “Curita comunista, acabaremos contigo”.


Alejandro fénix. Se separa de su mujer. Vive en comuna. Trabaja en la empresa privada, de la que sale escaldado. Regresa a un despacho, al igual que los supervivientes Miguel Sarabia, Luis Ramos y Dolores González. Al año lo deja: “Me di cuenta de que no me gustaba ejercer el Derecho. Es muy duro decirle a un cliente que todo va a salir bien y que luego no sea así”. Busca una vida más tranquila, pero ciertas puertas se cierran. “No conseguí algún puesto porque consideraban que contratarme era demasiado político”. Gracias a Peces-Barba, trabaja en el Congreso y en la Junta de Castilla y León. En el 600 siempre lo acompañan su guitarra y sus libros.


Alejandro académico. “En la Universidad soy el profesor Ruiz-Huerta, no el abogado laboralista de Atocha”, afirma 38 años después del atentado. Derecho Constitucional y metodología marxista, antes en las facultades de Valladolid y Burgos, ahora en Córdoba. “Cambias de ciudad y te vas quedando solo”. Escribe poesía y ensayo. Compone canciones. Canta en un coro. “No tengo hijos. Mis hijos son los alumnos: 150 cada año”. Reflexiona: “Es vergonzoso que sigamos siendo una excepción en la impunidad de los crímenes fascistas”. “El sistema español está políticamente finiquitado”. “El bipartidismo no tiene sentido, la sociedad es mucho más plural”. “No es necesaria una reforma constitucional sino un nuevo proceso constituyente”. “Estamos atravesando una crisis civilizatoria”. “No sé adónde vamos”.


Alejandro visionario. Todo está en la mirada, pero en ocasiones Ruiz-Huerta duda si ve el pasado con sus ojos o con los de Juan Antonio Bardem, que inmortalizó la masacre en la película 7 días de enero. Los ojos gélidos del pistolero. “La mirada de Ángel, que regresó a por un ejemplar de Mundo Obrero y no salió”. Los ojos de la gente, que preludian sus acciones: desde entonces, advierte el peligro en la mirada ajena antes de que se desate. Un sexto sentido que se anticipa a la violencia. “Nunca lo podré superar”. A veces oye pasos a sus espaldas, pero mira menos hacia atrás. Ahora prefiere hacerlo hacia delante.


Atocha 55 es un pecio hundido en las profundidades de la transición. El edificio, escenario del abordaje de la ultraderecha en los años de la estrategia de la tensión, agoniza como un fantasma inmobiliario que arrastra una placa en honor a los que murieron defendiendo la libertad. Cada 24 de enero, Alejandro y sus viejos colegas de Comisiones Obreras acuden a su rescate, lo reflotan con flores rojas como las que abrían paso al cortejo fúnebre y hacen memoria. “Tengo la sensación de que no soy el protagonista de la historia, sino que la historia va por delante de mí”. Alejandro mito.

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