entrevistas imposibles
Entrevista a Leonora Carrington"Ser mujer sigue siendo muy difícil todavía. Y eso solo se supera con mucho trabajo cabrón"
'Entrevistas imposibles' es la serie del verano en la que Antía Yáñez conversa con mujeres inmortales.

-Actualizado a
Desde la sala 911 del Museo Metropolitano de Arte no puedo ver el sol de mediodía colándose entre los árboles de Central Park porque no dispone de ventanas. Es miércoles, único día de la semana en que el edificio permanece cerrado. No sé cómo he llegado hasta allí.
Me pediste una entrevista, ¿no? El cómo es lo de menos. En fin, había olvidado lo materialistas que sois las personas vivas.
Miro a todos lados, confusa. Confirmo que estoy sola. Entonces, me doy cuenta de que la voz ha salido de la pared. Me acerco. La posada del caballo del alba (Autorretrato). Leonora Carrington. Mexicana, nacida Inglaterra, ca. 1937–38». Es un cuadro que me recuerda mucho a la estética del juego de mesa Dixit. En él, sentada en una butaca con faldón azul sobre un suelo de baldosas rojizas, hay una mujer con el pelo castaño revuelto, como si acabase de meter los dedos en un enchufe.
¡En un enchufe! Qué gracioso. Yo imaginaba que el viento jugaba con mis mechones, pero eso es lo bonito del arte: que no solo cambia al espectador, sino también al artista. A toda mi obra le quieren dar un significado, y a veces, simplemente, no lo tiene. Por eso, cuando vivía, nunca afirmé ni desmentí ninguna de las interpretaciones y simbolismos que me adjudicaron. Si el arte necesita una explicación, ¿dónde queda lo visual?
Me habla la mujer de la pintura, la del pelo alborotado. Viste pantalones blancos de montar, una chaqueta verde y botines negros de tacón. No sé si quiere cabalgar sobre el caballo balancín que cuelga en la pared detrás de ella o el que se vislumbra libre por el bosque a través de la ventana del fondo. Quizás pretende hacerlo con la hiena que tiene en frente, una hembra lactante, a juzgar por sus mamas. Le acerca la mano, como si la señalase o quisiera que se la lamiese, como si fuese una mascota.
¿Por qué le tiendes la mano a la hiena?
¿Y por qué no? En mi cuento La debutante, la joven protagonista tiene que asistir a un baile que su madre dará en su honor, pero no quiere. Se pasa los días en el zoológico para huir de ese mundo que detesta. Va tan a menudo que conoce más a los animales que a las chicas de su edad. Su mejor amiga es una hiena y convienen que el animal podría ir al baile en su lugar. Para el disfraz, mata a una de las criadas, se la come para no dejar rastro y se pone su cara arrancada. Por la noche, la madre de la protagonista descubre el engaño y sube a su habitación, pálida de furia, para recriminarle los malos modales de su amiga. Y poco más puedo decirte. Yo nunca pienso en términos de explicación. No puedo explicar mis cuadros, pero puedo crearlos. Y eso es suficiente.
¿Por qué empezaste a pintar?
Para mí, el arte siempre fue una manera de comunicarme más allá de las palabras. Si a un niño o niña se le enseña a hablar, ¿por qué no a pintar? ¿O a tocar un instrumento? ¿O a hacer esculturas? Mi madre me regaló pinceles y acuarelas, luego un juego de pinturas al óleo. Para ella solo eran un inocente pasatiempo; si hubiese sabido lo que terminarían por significar en mi vida, seguramente se hubiese esmerado más en regalarme lazos y muñecas. Con el tiempo, comprendí que el arte es también una forma de rebelión, una manera de desafiar las normas establecidas. Y yo, con mi familia, tenía muchas normas que romper.
¿Podrías hablarnos un poco más de tu infancia y de cómo influyó en ti esa familia?
Nací en 1917 en Lancashire, en una casa aristocrática. Y todavía no éramos lo suficientemente ricos, ¡imagínate! A los tres años, nos mudamos a Crookhey Hall, un castillo neogótico con bosque propio. Teníamos diez sirvientes, chófer, niñera y caballos. Usé esa casa de mi infancia como espacio simbólico en muchas de mis obras. Me gustaba representarla rodeada de fantasmas y otras fantasías de niña. Porque, aunque no lo parezca, la mayor riqueza que saqué del desahogo económico de mis padres no fue el dinero, sino mi nana de Irlanda, que junto a mi madre y mi abuela, también de origen irlandés, nutrieron mi mente del imaginario celta con sus historias y leyendas. Lo que terminé siendo de adulta viene de allí, de mi niñez. ¿Recuerda la hiena? Mi abuela me contaba que Noé no le dejó subir al Arca porque comía cadáveres y ululaba imitando la risa del hombre. Sin embargo, tras el diluvio universal, el lobo y la pantera se aparearon y la hiena volvió a nacer. Yo también tuve que volver a nacer después de mi familia, y a mí también me presentaron en sociedad en la corte del rey Jorge V, en el mismísimo Buckingham. No pude odiarlo más. A él, al palacio, a mi familia. Mi padre era un exitoso hombre de negocios que creía que su hija tenía que casarse, parir hijos y vivir acorde a las normas sociales de la gente de nuestra posición. Yo quería, simplemente, poder decidir. Dejarme guiar por mis instintos, mis anhelos, mis sueños. Porque los sueños son tan reales como ese mundo físico que mi padre amaba tanto. El problema es que muy pocos se paran a observar lo que cuesta ver. Solo les importan las apariencias. Y yo también pasé toda una vida tratando de acercarme a lo real, lo que pasa es que mi realidad era diferente a la suya.
A los nueve años, tras educarte en casa con institutrices, tus padres te mandaron al internado del Convento del Santo Sepulcro, cerca de Essex, como correspondía a una niña de tu posición. ¿Qué supuso para ti?
Allí encerrada decidí que sería santa y que haría milagros. Estuve meses y meses intentando levitar. Lo único que conseguí fue que me expulsasen por mi excéntrica conducta. No les gustaba que fuese diciendo por ahí que tenía visiones y experiencias con espíritus y fantasmas. Al año siguiente me llevaron al Santa María, en Ascot, de donde también me expulsaron. Las monjas se dieron cuenta de que era ambidiestra y que podía escribir en espejo y supongo que no les hizo gracia. Después pasé por varias escuelas más, de donde también me expulsaron. Hasta que, en 1932, teniendo ya los quince años cumplidos y con el apoyo de mi madre, terminé en una escuela de jovencitas de Florencia, donde me quedé fascinada por la pintura de los maestros italianos, el Renacimiento, el arte medieval. Fue un gran aprendizaje. Mi padre no estuvo de acuerdo, pero lo consintió. Para él, el arte era una actividad absurda y sin provecho. Pero a todos nos gusta el arte, porque el arte es una expresión del alma. Simplemente, el arte, para mi padre, eran el dinero y la posición.
¿Qué pasó después de Florencia?
Pasó la vida, pero no la que mis padres tenían pensaba para mí, sino la que yo elegí. Porque si estás poseída por una pasión, como lo estaba yo por la pintura, tienes que obedecerla. Es la única norma que me digné a obedecer mientras viví. En 1936, conseguí que mis padres me permitiesen estudiar en la academia de arte Ozenfant, en Londres. Lo hicieron para tenerme contenta mientras me buscaban marido. No llegaron a tiempo, porque un año después conocí a Max. Yo tenía 20 años; él, 46, y estaba casado. En realidad ya lo había conocido antes, en un libro sobre la primera Exposición Surrealista Internacional que me había regalado mi madre meses antes. Allí aparecía una obra titulada Dos niños amenazados por un ruiseñor. Al verla, al leer el nombre de su autor, Max Ernst, sentí una quemadura por dentro, como cuando algo te conmueve de veras. Gracias a unos amigos en común, fui a una recepción en su honor en Londres. Fue un flechazo. Mi cerveza comenzaba a desbordarse y Max puso su dedo sobre ella para que no se derramara sobre la mesa. Esa fue la historia de mi gran amor. Aquellos fueron unos buenos años, apenas 3, pero felices y estimulantes. Era finales de la década de los 30. Entré en contacto con el movimiento surrealista, experimenté, viví, disfruté. En el 38 participé con Max en la Exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam. En algunos lados afirman que me había fugado un año antes con él a París, pero yo solo hice lo que me apeteció hacer. Si fuese un hombre, la historia la habrían contado de forma diferente: los hombres no se fugan, van a donde quieren. Y esa perspectiva distorsionada sobre nosotras también la tenían los hombres surrealistas: les gustaba considerarse vanguardistas, pero en lo tocante a las mujeres, su visión y expectativas eran deprimentemente estrechas y convencionales. Por suerte, yo no me convertí en su musa. Ese endiosamiento en la mujer es puro cuento, las llaman musas, pero terminan por limpiar el váter y hacer las camas. Yo, por suerte, no tuve tiempo de ser la musa de nadie porque estaba demasiado ocupada rebelándome contra mi familia y aprendiendo a ser una artista. Creo que has entrevistado a Dora Maar, sabes bien de lo que hablo. Ella lo pasó peor. En el 38 escribí también un libro de cuentos titulado La casa del miedo. La Guerra Civil española llevaba dos años librándose, a la Segunda Guerra Mundial le quedaba apenas un año. Pero el miedo ya estaba ahí.
Pasaste de vivir tu período más feliz a uno de los más oscuros, tras la captura de Ernst por los nazis en el año 1939.
Max fue considerado por las autoridades francesas "extranjero enemigo", un alemán con ideas antifascistas. Lo detuvieron. Yo huí a España. No me gustaba Franco, pero pensé que sería mejor que Hitler. Me equivoqué. Mi objetivo era buscar ayuda para liberar a Max, pero sufrí una crisis nerviosa. No digo que enloquecí porque "locura" es solo una palabra para describir lo que no entendemos. Y lo que a mí me pasó es perfectamente comprensible: estaba sola, desesperada, angustiada; pensaba que matarían al amor de mi vida. Y, además, me violaron unos carlistas. Muchas biografías obvian mi agresión sexual. ¿Por qué? Mis padres, al enterarse, me internaron a la fuerza en un psiquiátrico en Santander. Conté esta terrible experiencia en Memorias de abajo. El sufrimiento puede ser una fuente de inspiración, pero no define quiénes somos.
Al final escapaste. ¿Cómo?
Me estaban trasladando a una clínica similar en Sudáfrica e hicimos parada en Lisboa, en un café. Me las ingenié para ir sola al baño y cogí un taxi a la embajada de México, donde yo sabía que estaba mi amigo diplomático Renato Leduc. Nos casamos, un matrimonio de conveniencia en toda regla porque lo que nos convenía era salir de Europa. En 1941 embarcamos rumbo a Nueva York. Estuvimos en la ciudad menos de un año, en el 42 llegamos a México. Allí nos divorciamos, pero mantuvimos nuestra amistad toda la vida. En el 46 me casé con Chiki Weisz, fotógrafo húngaro y padre de mis dos hijos. La historia, que en realidad son las historias que cuentan unos pocos y repiten muchos, insiste en que mi gran amor fue Max. Los hechos son que estuve con Chiki hasta su muerte, 61 años juntos.
Te nacionalizaste mexicana y allí desarrollaste todas tus dotes artísticas, yendo más allá del propio movimiento surrealista: pintura, escultura, joyería, grabado, arte textil, literatura... Además, te encantaba la cocina, que plasmaste en muchas de tus obras. Te rodeaste de un círculo de exiliados entre los que se encontraba Remedios Varo, tu gran amiga. En los 70, fuiste una de las fundadoras del Movimiento de Liberación de la Mujer en México. ¿Te quedó algo por hacer en vida?
¡Cómo no iba a preocuparme por el papel de la mujer en el mundo! Ser mujer sigue siendo muy difícil todavía. Y eso solo se supera con mucho trabajo cabrón, como dicen mis compatriotas mexicanos. El exilio marcó un cambio de rumbo en mi obra. Pensé que tenía que borrar todo lo aprendido y eliminar viejas fórmulas. No hice arte surrealista, no hice arte irreal. Simplemente, muestro otra realidad. Porque lo real es mucho más complejo de lo que imaginamos, y no se puede actuar solo en un plano racional. La muerte es eso: otra realidad. Todavía puedo hacer cosas, la prueba es esta entrevista que, por cierto, termina ya. ¿Si me quedó algo por hacer? Cuando estaba viva decía que no quería morirme, y que si llegaba a hacerlo que fuese a los 500 años de edad y por evaporación lenta. Fallé, claramente. Fallecí en 2011, a los 94.

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