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Navalquejigo, la aldea repoblada de la sierra de Madrid amenazada por el desalojo

Los vecinos de esta aldea reconstruyeron con sus propias manos un pueblo abandonado. Ahora, más de veinte años después de su llegada, una empresa que compró parte de los terrenos donde se asientan las casas pretende desalojarles.

Sergio, un vecino repoblador de Navalquejigo (Madrid), sale de su casa.
Sergio, un vecino repoblador de Navalquejigo (Madrid), sale de su casa. Jairo Vargas

Navalquejigo era un pueblo fantasma. Un esqueleto de casas de piedra corroído por el tiempo y el éxodo rural. Donde hoy se ven pequeñas huertas, antes sólo había zarzas. Lo que hoy son tejados con chimeneas improvisadas, antes eran escombreras. La reconstrucción de esta aldea de la sierra de Madrid no la impulsó ningún ministerio para el reto demográfico. Tampoco un gobierno autonómico. Ni siquiera un alcalde. Las cuarenta personas que hoy viven aquí fueron levantando con sus propias manos cada una de las piedras derruidas hasta resucitar un villorrio con alto valor patrimonial e histórico.

"Si no fuera por ellos, la iglesia se habría venido abajo", dice Paloma Ortiz, vecina de El Escorial y miembro de la organización Alana, que señala cómo en los años ochenta este inmueble religioso, un templo románico del siglo XIII, se convirtió en un refugio utilizado por personas con drogodependencia. Aunque hay ciudadanos de las urbanizaciones colindantes a Navalquejigo que rechazan la presencia de estos repobladores, Ortiz destaca que han sido ellos quienes, además de rehabilitar las viviendas, han conseguido que la iglesia no se derrumbe. "La han conservado y han procurado mantenerla en pie con sus medios", expone mientras señala una grieta en la pared de la estructura.

Sergio, que lleva más de 25 años viviendo en las casas de este poblado, reconoce que se han dejado "mucho dinero, tiempo y esfuerzo en ello". Este vecino, uno de los más longevos del lugar, deja claro que, pese a que desde fuera todo puede parecer una suerte de comuna hippie, la realidad es que el funcionamiento de la aldea es similar al de una comunidad de vecinos. "Esta es mi tercera casa aquí", dice ufano mientras posa junto a una bonita entrada recubierta por un tejado de madera. Y es que, en Navalquejigo, la propiedad no existe, porque, para disgusto del ministro Ábalos, allí no conciben la vivienda como un bien de mercado. No es fácil hacerse con una choza. Cuando alguien decide abandonar una, la suele ocupar algún conocido. En una de las plazas de la aldea, se puede ver también a varios vecinos que, menos afortunados, habitan en caravanas y furgonetas, a la espera de que una de las casitas de piedra quede libre.

"Llevo más de tres años aquí", informa Eugenia, una joven malagueña que vino a Madrid en busca de trabajo y quedó cautivada por la paz de Navalquejigo. "Conocía a gente de la zona y me surgió la oportunidad de venir con mi furgoneta. Esperé un tiempo hasta que una casa quedó vacía y pude entrar a vivir", narra, mientras su perra, Bicho, se despereza en el suelo. "Yo me dedico a las artesanías y la mayor parte de la gente que vive aquí es del mundo de las artes", añade. Entre los cuarenta habitantes, hay variedad, pero predominan los trabajadores de circo, malabaristas, actores, músicos callejeros, técnicos de sonido y algún que otro tatuador. También hay quien emigra a los campos de Europa para trabajar como temporero durante unos meses y sacar dinero para subsistir el resto del año. "Yo lo he hecho alguna vez. Está bien, te vas unos meses a Francia y luego vuelves con ahorros suficientes", detalla la vecina.

Uno de los vecinos de Navalquejigo realiza malabares. Jairo Vargas

"Mira, él es el último en llegar", dice Eugenia en referencia a un joven que irrumpe en la conversación junto a su perra Lluvia. "Me vine aquí porque tuve una experiencia directa con los de Desokupa. Se presentaron en casa, en Cercedilla, y me rompieron las cadenas de la puerta con una cizalla. Llevo unos seis meses aquí, desde verano aproximadamente". Con un giro de cuello indica donde está su casa, una pequeña caravana que la misma Eugenia compró por 300 euros para que la gente nueva que viniera al pueblo pudiera tener un sitio temporal donde resguardarse del frío.

En la aldea cada uno hace su vida como puede. Cada vecino tiene su pequeña parcela de huerto en la que plantar alimentos de temporada. Con el invierno, el aspecto del bancal no luce demasiado bien, pero sí que se percibe cómo los ajetes y los rábanos empiezan ya a brotar de la tierra. La vida más comunal se concentra en una nave donde los residentes deciden aspectos clave como la limpieza de zonas comunes o la organización de mercadillos y festejos para recaudar fondos. Esta nave, no obstante, también está puesta a disposición de los ciudadanos de la sierra de Madrid, que acuden allí a realizar talleres y actividades deportivas. "Ellos nos ceden este espacio para que practiquemos", dice a Público un chaval que entrena boxeo allí varias mañanas a la semana.

Un grupo de jóvenes entrena Boxeo en una de las naves del pueblo. Jairo Vargas

De la repoblación al desalojo

Esta forma de vida está amenazada. Así lo sienten algunos de los residentes del pueblo que charlan con Público junto al pilón de la plaza principal. La historia de Navalquejigo es la de aquellos que huyen de la voracidad de la ciudad en busca de la paz y el sosiego del campo. Pero también es una historia de hostigamiento y lucha judicial. La constructora EDISAN S.A., propietaria de parte del terreno, lleva desde 2007 peleando en los tribunales para desalojar las viviendas. Ese año se inició un proceso penal que terminó con el desalojo de los pobladores, que, lejos de marcharse, continuaron su vida fuera de las casas que ellos mismos habían reconstruido. Plantaron tiendas de campaña, aparcaron sus furgonetas y resistieron como pudieron.

En 2008, un juez revocó la sentencia y consideró que estos okupas no habían cometido un delito de usurpación, por lo que la Guardia Civil desprecintó las viviendas, que volvieron a llenarse de vida pronto. Sin embargo, no fue hasta 2011 cuando el Juzgado de lo Penal Nº 30 de Madrid emitió una sentencia firme en la que se absolvía a los acusados del delito de usurpación, ya que la defensa de los vecinos imputados consiguió poner en cuestión que no todos los territorios reclamados por la constructora estaban en su propiedad. 

En 2017, la constructora demandó a los habitantes por la vía civil y reclamó el desalojo. Tras dos años,  los tribunales dictaron sentencia favorable a EDISAN, a la que los abogados de los residentes recurrieron sin éxito ante la Audiencia Provincial de la Comunidad de Madrid. Un recurso que no ha llegado a buen puerto, puesto que los jueces han ratificado la sentencia a mediados de febrero de este año. "Tenemos que ver si presentamos recurso en el Tribunal Superior de Justicia y si tenemos posibilidades de que pueda prosperar", explica a Público José Manuel Ghezzi, uno de los abogados que defiende los intereses de la comunidad de Navalquejigo.

Por el momento, la posibilidad de desalojo no afecta a todo el pueblo, sólo a algunas de las casas de las que, según los registros, se asientan sobre terreno que la constructora sí posee. Aunque el letrado reconoce que el problema es cada vez más complejo, advierte de que puede haber algunas salidas para que la gente pueda seguir viviendo en el pueblo. Una de las claves podría ser la denominada adquisición por usucapión, es decir, la acreditación de que los vecinos llevan un amplio periodo de tiempo asentados en los inmuebles de manera pacífica. Sin embargo, para ello se debe demostrar que llevan allí al menos treinta años seguidos sin tener ningún tipo de problema con el propietario del terreno, lo cual parece imposible si se tiene en cuenta que, en la última década, la constructora EDISAN ha pleiteado para expulsarles.

Vista aérea de Navalquejigo, una aldea repoblada de la sierra de Madrid. Jairo Vargas

A Michael Harris, miembro de la asociación Entorno Escorial, le preocupa lo que pueda venir después de un posible desalojo. El mero hecho de que la propiedad del terreno sea de una constructora le hace sospechar que ese trocito de campo puede transformarse en un proyecto de especulación urbanística. "No sé qué pretenden construir aquí. Pero, al final, para ellos, quitar todo esto y poner adosados puede ser un buen negocio", sostiene. Además de las implicaciones que puede tener para las 40 familias que habitan en el pueblo, a este inglés afincado en la sierra madrileña le mantiene en vilo el futuro de los bienes patrimoniales que hacen aún más especial a Navalquejigo. La iglesia románica, semiderruida y abandonada durante décadas, la picota y la fuente de la plaza central, que datan del siglo XVIII, o el potro de piedra para herrar caballos son algunos de los elementos históricos que podrían correr peligro si la constructora consigue expulsar a los repobladores del pueblo.

Este medio ha intentado ponerse en contacto con EDISAN por vía telefónica y por correo electrónico para conocer su versión de los hechos y qué planes tienen proyectados en el terreno, pero en el momento en el que se cierra esta información no ha obtenido ninguna respuesta.

Escaleras del campanario de la iglesia de Navalquejigo. Jairo Vargas.

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