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Niños robados Uno de los menores robados durante el franquismo logra inscribirse en el Registro Civil con su identidad real

Una mentira demasiado dolorosa es la única verdad que ha vivido Juan Francisco Beamonte Isern casi toda su vida. Y es que con 43 años descubrió que el matrimonio de Banyolés que le había adoptado en realidad le había comprado cuando solo tenía seis años. Hoy este transportista ha recuperado su identidad, pero no así sus ansías de justicia.

Juan Francisco Beamonte Isern.
Juan Francisco Beamonte Isern.

"Frustrado, engañado, manipulado y con mucha rabia". Así resume Juan Francisco Beamonte Isern su estado de ánimo. Y no es para menos. Desde hace 11 años la lucha que ha llevado para recuperar su identidad ha sido tal que su cuerpo y mente han llegado al límite de sus fuerzas. "En la actualidad estoy de baja por el cansancio físico y mental", explica a Público.

Así las cosas, Isern (nacido en Barcelona el 14 de septiembre de 1966) acaba de recuperar más que un nombre y sus dos apellidos. Se ha rescatado a sí mismo. Creía haber sido adoptado tras el abandono de su familia natural, pero nada más lejos de la realidad. "Hasta los 43 años viví una vida que no me tocaba. Mis padres adoptivos me dijeron cuando vinieron a buscarme al hospicio que mis padres me habían abandonado y que a partir de ese día ellos se encargarían de mí". Desde ese momento se llamaría Joan Coll Corominola.

Recuperar lo que te pertenece

Este transportista catalán reconoce que nunca sospechó nada y que vivió "como un niño adoptado". Eso sí, recuerda que "cuando hacia algo que a ellos no les gustaba, le echaban en cara el dinero que se gastaron en adoptarle", y que si algún día decidía buscar sus orígenes le "cerrarían las puertas de su casa al entender que yo era un desagradecido". Años después ha corroborado la amenaza.

En ese hogar Juan Francisco nunca fue feliz. "Mi vida con ellos fue siempre entre reproches y órdenes. No podíamos ni jugar en el suelo para que no nos ensuciáramos por lo que diría la gente. Teníamos que ir siempre inmaculados. A los 12 años ya trabajaba. Nunca tuvimos un cine, unas vacaciones o un día de playa en familia. Él se dedicaba a trabajar de lunes a viernes y los fines de semana se iba a cazar, a pescar o a buscar setas. Ella, a trabajar de lunes a viernes, y los fines de semana a cuidar sus flores del jardín. Estábamos cuidados por la madre de ella o en la calle. Me acuerdo porque siempre he tenido rabia de las flores. Tanto que me iba a mear en el jardín para que se le murieran hasta que un día me descubrió".

Cuando comenzó a sospechar en 2007 que había cosas que no le casaban decidió comenzar a buscar a través de Internet. "En ese año encuentro una web de búsqueda de personas y metí mis datos. Cada día miraba con desesperación hasta que al ver que no tenía respuesta dejé de consultarla. Decidí tirar la toalla y no insistir en mi búsqueda", relata.

Pero la vida, que a veces coloca la verdad en su sitio, le dio la sorpresa. En junio de 2009 recibió una llamada que no olvidará nunca. "Una chica que decía que había visto mi historia por internet me preguntó si aún quería saber de mi familia biológica. Le dije que por supuesto que sí. Al preguntarle que quién era ella me dijo que era Sonia, mi prima hermana de parte de padre. Esto fue un viernes; y el lunes vinieron a verme a Banyolés ella y mi tía Pili. Nos reencontramos, nos abrazamos y me llenaron de besos y de fotos. Una de ellas es muy especial, ya que era la que mi tía retiró de la mesita de noche de mi padre cuando falleció", recuerda.

Su familia estuvo años buscándole. "Mi abuela murió de pena sin saber dónde estaba yo y tras perder a mi padre con tan solo 31 años. El día fatídico de mi desaparición, mi prima me contó que el médico de mi padre le aconsejó a mi abuela mi internamiento en una escuela, de la cual él tenía muchas referencias y contactos. Que yo estaría bien mientras mi padre seguía estando enfermo y que se lo dejarían bien de precio. Allí estuve dos meses. Me venía a ver toda la familia. Mi abuela, dos veces a la semana. Me acuerdo de que me traían juguetes, caramelos y ropa, hasta que un día me vinieron a buscar unos señores y me ingresaron en un orfanato".

Carta de los familiares de Juan Francisco Beamonte Isern.

Y de repente todo cambió. "Nadie me venía a ver. No comía. Estábamos mezclados todos de todas las edades. Lo pasé realmente mal. Estuve un mes más o menos hasta que los Coll vinieron a buscarme. Si llego a estar un mes más en el hospicio, me muero. Era como una prisión".

El mismo día que el matrimonio se lo llevó, su familia fue a visitarle. "Vinieron a verme como siempre lo hacían, pero les dijeron en ese colegio que yo no estaba; y lo peor: que yo no había estado nunca allí. Mi abuela y mi prima, sorprendidas, fueron a ver al médico de mi padre y les comentó que yo había sido adoptado por una familia muy rica que eran banqueros de València. Mi abuela le dijo de todo al médico y se fueron a la junta provincial de menores de Barcelona a denunciarlo allí. Le dieron en un papel el nombre de una tal Remedios y un número de teléfono. Ella también contactó con su abogado y no pudieron dar conmigo. Al cabo de tres meses, mi padre fallecía".

La luz al final del tunel

Tras el reencuentro con su prima y con el resto de su familia llegó el contacto con la asociación SOS Bebés Robats, que le aconsejó buscar su partida de nacimiento original. "En el registro de Sant Adrià de Besòs descubrí que no había sido adoptado. La documentación había sido falsificada".

Del matrimonio que creyó que eran sus padres y a quien les preguntó por todo lo sucedido dice: "No les deseo ningún mal. Solo quiero justicia". Sin embargo, la última vez que les llamó para decirles que sabía la verdad, le respondió ella con un: "¡Mira que eres hijo de puta! ¿Sabes el daño que harás a mucha gente?". Después, le colgó.

Tras lo encontrado, Juan Francisco Beamonte Isern comenzó otra lucha. "Con mi partida de nacimiento me puse en contacto con un abogado, el cual me dijo que había un expediente gubernativo en el juzgado de Santa Coloma de Gramanet. Me dirigí a dicho juzgado a buscar el expediente. Allí encontré un certificado de nacimiento promovido por los Coll fuera de plazo, hecho en 1977, cuando yo tenía 11 años. También encontré parte de la demanda de adopción y unas escrituras. Me puse en contacto con un abogado de Banyoles y me hizo un escrito dirigido al juzgado de Girona pidiendo toda la demanda, ya que la que encontré no estaba completa".

Juan Francisco Beamonte Isern.

Ahora ha conseguido que el Juzgado de Primera Instancia Número 6 de Girona reconozca que el matrimonio que le adoptó no son sus padres biológicos y por ello puede cambiar su identidad en el Registro Civil. "En un primer momento, la demanda se admitió a trámite, pero después el propio juzgado la desestimó porque consideraba que el caso para anular la adopción había caducado. Eso hace que existan dos identidades jurídicamente hablando en una sola persona. Es decir, nací dos veces el mismo día en dos ciudades diferentes".

En la actualidad, Juan Francisco tiene una querella en Badalona -presentada en abril de 2019 y archivada en un primer momento por prescripción de los delitos- que obliga al juzgado a reabrir su caso y a investigar hasta el final. "También estamos preparando una denuncia ante la Audiencia Nacional por delitos de lesa humanidad".

La herida abierta

Otra de las espinitas que este denunciante del robo de bebés durante el franquismo apunta es la de todas aquellas personas que no han podido tener tanta suerte como él. "Hay muchísimas que siguen sin saber de su pasado o sin encontrar a su verdadera familia. Aquí en Banyolés sé de dos hermanas adoptadas que a día de hoy no saben sin son hermanas. Aunque les dijeron que sí que lo eran, la documentación que tienen está llena de irregularidades como las mías. Una de ellas, que es con la que tengo contacto, no sabe quién es ya y al ser muy pequeña y no saber sus apellidos de nacimiento les será más difícil averiguar algo. Como ella, montones y muchos que no saben que ni son adoptados porque constan como hijos biológicos", recalca.

Además, añade que él ha podido encontrar la verdad, no solo por su perseverancia. También por tener dinero. "Un dinero que me tengo que gastar porque el Estado no me está ayudando en nada y me cobra todas las tramitaciones que tengo que hacer. Aparte de las trabas que me ponen en ello, está mi tratamiento psicológico para asimilar todo lo que me han hecho y sale de mi bolsillo ¿Cuántas víctimas no pueden llevar esta lucha por falta de dinero?", se pregunta.

Preguntado por si hace falta un homenaje a todos esos niños y niñas y también a sus madres y padres biológicos, responde: "El mayor homenaje que se puede tener es que se haga justicia y se ayude a quienes aún buscan sus orígenes a dar con ellos", finaliza.

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