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Lavapiés Resiste, Paco: el desahucio amenaza a un anciano de 83 años enfermo de cáncer

Francisco Rodríguez regentó el bar FM en el barrio madrileño de Lavapiés. El plazo que le dio la empresa propietaria del edificio donde vive y hasta hace poco trabajaba ya ha expirado. Cobra una pensión de 370 euros al mes y no tiene adónde ir

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Francisco Rodríguez teme ser desahuciado de su piso de Lavapiés, en Madrid. / REPORTAJE GRÁFICO: JAIRO VARGAS


Empezamos por el final, aunque todavía no está escrito: quieren echar un anciano a la calle. De su casa. Un vecino del barrio que llevaba media vida abajo, en el bar FM, clausurado porque su cuerpo ha dicho basta. Paco destiló sus últimas madrugadas como bar old man. Cuando el negocio renqueaba, le dio la vuelta al reloj de arena. Comenzó a cerrar tarde: copas baratas y ambiente de tapadillo, porque había que ir con los tiempos, pensaba él. Antes, era el abrevadero de los cinéfilos de la Filmoteca, una caña de penalti entre una peli de Chabrol y las colas de la modernez. En su retina acuosa, los jubilados del ponme un vinito, que te lo pago el día 1.


Al final, había peluqueros con aro en la oreja que te regalaban su cedé de cantautor sureño, tempraneros de after —lo que era: un garito con maneras de barraca y cuatro décadas de historia—, la fauna del Lavapiés indómito, despistados que veían una puerta sellada pero intuían una luz encendida y erasmus borrachas que llevan sandalias having so much fun, que cantaría Francisco Nixon. “Yo siempre he tenido una clientela muy buena, nunca ha habido broncas”, rememora. “He llegado a cerrar a cinco o seis de mañana, si bien mi récord son las ocho”.

Francisco Rodríguez se enfrenta a un desahucio en Lavapiés. / JAIRO VARGAS


La rodilla de Paco reñía cada noche con la artrosis. La cadera astillada tras caerse al salir del mercado de Antón Martín y aterrizar sobre un bolardo. Un cáncer de próstata que galopa por dentro, metastásico. “Los años no perdonan”. También obligan a los taberneros con solera a echar el candado aunque necesiten trabajar hasta las mil porque no han cotizado en su vida y la pensión no contributiva, más que magra, es famélica: recibe 370 euros al mes y el alquiler del piso —cincuenta metros cuadrados— se come 210. "No coticé nunca. Con lo poquito que ganaba, pensé: yo no quiero que me den nada, ni darle yo nada a ellos. Mis ingresos eran pequeñísimos". Paco se echa las manos a la cabeza en el salón, un camarote de los hermanos Marx donde Lucas campa a sus anchas. El perro ladra, “¡Lucas!”, pero no muerde. “Ni a mí me deja entrar a su habitación”. Todo está en penumbra.

Francisco Rodríguez, en Lavapiés. / JAIRO VARGAS


¿Titular?

Un anciano de Lavapiés se enfrenta a un nuevo desahucio, víctima de la especulación inmobiliaria.

¿Más preciso?

Un octogenario, pero hace viuda.

Paco, en realidad, tiene mujer. Lo de tener es viejo, como él. Digamos, más bien, que estuvo casado. De aquel divorcio sólo quedan dos hijas. A veces, llaman. A Paco lo cuida Jacqueline, quien también corre con algunos gastos. “Sin ella... Se vino a vivir conmigo porque no podía moverme”. Jacqueline pinta. Ella lo califica como arte abstracto, aunque el escenario invita al tremendismo: basta con abrir los ojos e ilustrar la cruda realidad.

Francisco Rodríguez, en Lavapiés. / JAIRO VARGAS


En el barrio —en la ciudad, en el país— hay otros Pacos. Inquilinos de renta antigua a quienes les llega un burofax que los invita con lenguaje burocrático a abandonar su hogar al término del contrato, sin opción de renovarlo, sin posibilidad de nada. ¿A dónde va a ir con 370 euros? Antes, pese a haberlo cerrado, también seguía pagando el alquiler del bajo, “que no llegaba a los doscientos al mes”. Hasta que un día apareció alguien y le dijo que garabatease un papel: Paco se despedía del FM a cambio de 18.000 euros, un traspaso de risa en un Lavapiés gentrificado. “Firmé porque económicamente estaba jodido”.

Francisco Rodríguez, en Lavapiés. / JAIRO VARGAS


En las calles, en los bares, decían que iba a peor. “La primera vez que fui al médico, por la vista, tenía setenta y dos años. Y ya no salí de allí. Al menos, siempre me han atendido muy bien”. Luego corrió el rumor de que lo echaban. Llamabas al fijo, mas no daba línea: una voz impersonal respondía que ese número había dejado de existir, como si hubiesen desaparecido a Paco. Si un teléfono ha muerto, ¿por qué habla alguien al otro lado? ¿Acaso no sería más apropiado el silencio, o un no, no, no? El arrendatario del bar ya no era tal y lo había dado de baja, ¿pero dónde estaba el canoso cantinero? Alguien, de repente, se lo encontraba renqueante en el súper, le preguntaba si todo aquello era verdad y, rodando por la calle del Olmo abajo, el ruido confuso terminó convirtiéndose en noticia.

Francisco Rodríguez, en Lavapiés. / JAIRO VARGAS


Un fondo de inversión arrollaba al ciclista que pedaleó en tiempos de Bahamontes
. Aquel corredor que abrió paso al coche fúnebre que trasladó de Santarem a Talavera, como un coche escoba de la muerte, a Joaquín Polo, víctima de una insolación en la segunda etapa de la Vuelta a Portugal. Paco señalaba hace un par de años la foto del cortejo, que dejó de lucir el pasado enero en su altar de santería, donde Alberto Contador compartía espacio con sus nietos y bisnietos. Lo confirmaba en El Salto Ter García: Expulsado de su local y su vivienda tras cuarenta años al frente del bar FM de Lavapiés.

Francisco Rodríguez, en Lavapiés. / JAIRO VARGAS


El periódico parecía que daba una noticia, aunque estaba difundiendo un drama. Luego llegaron las teles, que todo lo huelen. La Ser se desplazó hasta su casa para radiar una entrevista en directo. Un grito desde la calle y Paco asoma la cabeza por el balcón como un pajarillo. Comenta que le han concedido una tregua de dos meses, mas luego matizará que en diciembre la empresa propietaria le dio hasta el 30 de mayo para dejar el piso por su propio pie, por lo que calculaba que en unas ocho semanas llegaría el desahucio. Todavía espera, como la aguja inmóvil de un reloj sin pila.


Alguien se baja de un taxi y aguarda a que termine la conversación para empezar otra. "Oiga, Paco, querríamos hablar con usted. Soy periodista de...".

Francisco Rodríguez, en Lavapiés. / JAIRO VARGAS


El tiempo pasa a su pesar y él se convierte en uno de los rostros de las víctimas de la especulación inmobiliaria, cuyos responsables parecen empresas de fumigación impasibles que no sienten piedad por bicho alguno. Sentado a la mesa, explica que el plazo se cumple este martes, si bien no ha recibido ninguna notificación, más allá de una visita de los compradores del edificio para hacerse con las llaves del portal. El vecino de arriba, Pepe, está en las mismas. “Los otros se han ido muriendo”. Paco sólo pide poder hacerlo en el que ha sido su hogar durante once años.

Jacqueline y Francisco. / JAIRO VARGAS


Su cabeza es un baile caótico de cifras en el que los números se pisan los pies. Llama a Jacqueline para que ponga orden en esa danza desmemoriada. Cuando firmó la cesión del bar, lo pillaron solo, ni abogado ni ella, “y nos metieron en el laberinto”. Una empresa que vende la finca a otra. No sabían con quién tratar. Los activistas del barrio le ponen nombre a la propietaria y median con el Ayuntamiento. Su compañera, agradecida por la ayuda, toma la palabra: “Tienen que entender que cuidamos el edificio y evitamos que entren okupas. Sin embargo, están echando a la gente del centro de Madrid. Personas mayores que no pueden defenderse, ni tienen medios económicos para salir adelante. Es una injusticia gravísima y él sólo quiere quedarse aquí hasta que se terminen sus días”.


Paco añade que, si no fuese por sus apaños, “hace tiempo que todo se hubiese caído a cachos”. Jacqueline no puede creerse que haya “otro bum del ladrillo” y está convencida de que la siguiente crisis no está a la vuelta de la esquina, sino en su propio hogar, burbuja y pinchazo. “El barrio se está llenando de turistas, maleta arriba, maleta abajo. De hecho, aquí quieren montar un hostal para mochileros. Mientras, esta situación nos está arrastrando a la pobreza: ¿en qué nos convertiremos si nos echan? Ya no hay clases sociales, sino ricos y una sociedad cada vez más empobrecida”.

Francisco Rodríguez, en Lavapiés. / JAIRO VARGAS


Francisco Rodríguez (Sevilleja de la Jara, 1935) empezó a trabajar de herrero a los nueve años. Soñó con ser ciclista, pero terminó dejándolo porque había que comer. Su familia labraba la tierra, aunque él decidió abandonar su pueblo toledano a los trece para trabajar como cerrajero en Talavera, adonde se llevó a su madre viuda. Luego montó un taller de bicicletas y, a los cuarenta, traspasó el negocio para instalarse en la calle Olmo de Madrid, donde regentó el difunto bar FM hasta que el cuerpo aguantó.


Paco no sabe quién se lo llevará antes, si el cáncer o la especulación. Cuando llaman al timbre, baja las escaleras con parsimonia y abre el portal para contarle todo esto a quien quiera escucharlo. Ante el micrófono de la Ser, no pudo contener la emoción. El final de la charla lo protagoniza Lucas, un cruce de yorkshire y terrier que vino a llenar el vacío de Luna, la mastín que merodeaba entre los taburetes del local. "Está todo el día pendiente de mí". El barrio —un resiste, Paco—, también.

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