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De hacer películas con Clint Eastwood a un caso de corrupción en Granada: la otra estrella del cine español

La locomotora Guadix fue una de las mayores estrellas cinematográficas de España, apareciendo en multitud de películas. Como todos los astros tuvo también sus momentos bajos, e incluso sus polémicas. Es ejemplo perfecto de un momento y un lugar. Su rostro. Aunque sea de hierro.

La locomotora Baldwin.
La locomotora Baldwin. Efe

Fue una de las grandes. Diva total. Imaginen, estuvo durante décadas apareciendo en películas de esas que rompen taquillas. Hollywood, nada menos. Drama histórico, aventuras, western... no hubo género que no tocase. Y menudos los nombres con quienes trabajó. Sergio Leone o Steven Spielberg. En pantalla... en pantalla robó planos cortos a Clint Eastwood, Sean Connery o Harrison Ford. Y no es de extrañar, oigan. Preciosa, una auténtica belleza.

Tiene sus añitos ya, no crean. Cerca queda del siglo, porque te acuestas una noche y hop... a la mañana siguiente ya eres cosa del pasado. Nuestra protagonista fue construida en Sestao (aunque la llamen Guadix, en el fondo fue siempre una migrante), por la empresa Babcock & Wilcox. Año 1928. Dieciséis metros de orgulloso acero negro, casi sesenta y nueve toneladas (nunca fue de esas estrellas longilíneas que ahora tanto se llevan). Alimentación exclusivamente por carbón, tan clásica. Pronto marchó a Andalucía (fue numerada como Andaluces 4.106) y empezó trabajando en tareas duras, durísimas. Remolcar trenes de mercancías por la línea Almería-Guadix. Humilde destino. Luego la empresa donde prestaba labor fue absorbida por Renfe, y a ella le cambiaron el nombre (también cosa muy de actriz famosa, ojo). Será, para siempre, la Babcock & Wilcox 140-2054. Pero si le dicen Baldwin o Guadix también volverá la cabeza.

Porque ella era distinta. Preciosa. Mira qué líneas, mira qué elegancia. No es este su lugar, acarreando hierro de un sitio a otro. No. Si hasta parece que sonríe, con esas tres luces amarillas que lleva en el frente. Tiene estampa de estrella de Hollywood. Femme fatale sobre rieles.

De lo de Baldwin nadie sabe muy bien la razón. Quizá porque suena más cinematográfico. Quizá degenerando un poco eso de Babwil que hacía más pequeño el Babcock & Wilcox. Fuera como fuese... sestaotarra, que quede bien claro. Ponlo en letras grandes cuando escribas sobre mí. Vizcaína de toda la vida. Nada de orígenes remotos en la Baldwin Locomotive Works, no. Filadelfia para los americanos. A mí, de Estados Unidos, solo me gusta Hollywood.

Porque nuestra diva pronto empieza a brillar. Su talento, su imagen, su inmensa belleza... todo eso lo tenemos desaprovechado aquí, en trabajos de sol a sol. Así que en 1966 Renfe la jubila de sus funciones. Ahora vas a hacer otras cosas. A salir en el cine, nada menos. Para la época, España se había convertido en uno de los platós más afamados de todo el mundo, y grandes figuras paseaban mala hostia, exigencias de estrellitas y divisas frescas por pueblos pequeñajos, de esos donde hasta entonces las noticias venían cuando llegaban los chamarileros. Imaginen el cambio. Precios bajos, buenos técnicos, extras a patadas (y gratis las más de las veces, que siempre adornan más) y una variedad paisajística que lo mismo te pintaba Soria con acuarelas siberianas que te hacía ver el Gran Cañón del Colorado (Arizona) muy cerca de donde está El Colorado (Conil). Ya ven, casualidades. Y allí entraban las locomotoras, porque siempre lucen mucho. Al menos las de vapor.

El 23 de junio de 1975 se inauguró en España la electrificación del ferrocarril. Fue en el Corredor Madrid-Guadalajara. Aquel día Juan Carlos I apagó la caldera de la Mikado 141f-2348 simbolizando el cambio de época (el emérito siempre fue más de Ave, también es verdad). No representó un final definitivo del vapor (la línea Ponferrada-Villablino mantiene el último tren de viajeros en servicio regular de este tipo hasta 1980), pero sí acta de defunción para algo que había durado casi siglo y medio. A partir de entonces, la imagen de una locomotora escupiendo humo mientras avanza cerca del horizonte pasa a los recuerdos de abuelos y abuelas.

Pero quedaba lo otro. Las películas. Y allí es donde esta Babcock & Wilcox ha triunfado más que ninguna otra. El mundo del cine. Ah, si yo te contara... Cosa de verse. Qué ojos, Clint Eastwood. Qué mala hostia, Sergio Leone. Sí, yo fui importante. Aun lo soy. Toda una figura. Una referencia. De hecho, eso me salvó la vida. Sí, como lo oyes. Porque yo estaba ya algo cansada. Muchos años trabajando. Algo cansada. Tanto que mis jefes querían reciclarme, que es lo que se hace con los obreros viejos, ya sabes. Solo que a nosotros nos reciclan a las bravas, convirtiéndonos en hierro. Desguace. Un horror, se me erizan las tuercas solo de recordarlo. Y ahí entró el cine. Al rescate, como los héroes de las pelis. Hacía falta alguien con mis características. Oscura, racial, con ese yenesecuá de elegancia salvaje. Me llamaron y debuté. Villa cabalga, llevaba por título aquello. Yul Brynner, Robert Mitchum, Charles Bronson. Ah, y Maria Grazia Buccella, que era guapísima, cosa de verse. Ya nunca me querría alejar de las cámaras. Ese era mi lugar.

A partir de entonces la Guadix empezó a exhibir curvas y naturalidad en docenas de películas. En Indiana Jones y la última cruzada. En El bueno, el feo y el malo. La muerte tenía un precio, El pacificador, Por un puñado de dólares, Las petrolera, Rojos. Digamos que se especializó en el género del spaguetti western, donde siempre se agradece la presencia de una máquina de vapor humeando mientras llega a la estación del pueblo (apenas cuatro maderos mal puestos... la descripción sirve para andén y villorrio) anticipando una buena ensalada de hostias y plomo. Sí, papeles ideales para ella. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que es la española más exitosa en el cine de su época.

Pero resulta difícil ver tan cerca el éxito y sobrevivir más tarde al olvido. Encima en los años ochenta. En fin, qué te voy a contar yo de los años ochenta. Fueron graciosos, sí, pero también tenían un puntito de espíritu destructivo. Demasiados excesos. Y cada vez menos trabajo, porque los gustos del público habían cambiado. Así que poco a poco me vi cada vez más arrinconada. Y... eso, una mala racha. A fines de esa década estaba casi en las últimas. Seguía teniendo aspecto bonito, pero por dentro... Fue entonces cuando el Ayuntamiento de Guadix decidió hacerse cargo de una de sus vecinas insignes (aunque solo fuese granadina de adopción). Para ello la envían al norte, a Lleida. Tardan más de diez años en restaurarla, y se gastan allí sesenta millones de las antiguas pesetas (ella, que tantas bolsas con el símbolo del dólar vio pasar por delante de sus ruedas). Pero el tratamiento funciona, y cada vez se siente mejor. Hombre, ya nunca será una moza que pita alegre mientras quema carbón a paladas, pero tampoco está mal aquello.

El problema es que, como les sucede a muchas estrellas de la farándula, nuestra falsa Baldwin también estuvo metida en asuntos turbios. Feos. Corruptelas políticas, nada menos. Lo cuenta Noemí Sabugal en su magnífico Hijos del Carbón (Alfaguara, 2020). Operación Rocket, le dijeron, porque a veces la Guardia Civil se pone de un cachondo para los nombres que no te lo puedes ni creer. El problema de partida fue la gestión de fondos Miner, destinados a la reconversión de zonas que han vivido durante décadas (o siglos) explotando las minas de carbón. Ella, la Baldwin, pasaba por allí, no se crean, pero acabó salpicada.

Octubre de 2013. La Guardia Civil detiene a tres personas. La exalcaldesa de Peñarroya-Pueblonuevo, el presidente del Centro de Estudios Históricos del Ferrocarril Español y el consejero delegado de la Compañía General de Ferrocarriles Turísticos. Se lo pueden imaginar. Hemos sumado y restado, me llevo una, y hay cuentas que no salen. Pero no salen nada de nada. Unos doce millones y medio de euros no salen. Varios miles de folios y siete cambios de magistrado más tarde la cosa sigue empantanada. En vía muerta, por hacer sutil juego de palabras.

Objeto de investigación eran proyectos como los del Tren del Guadiato, que iba a ser línea turística entre Córdoba y Almorchón. También hay que mirar con lupa cómo y de qué forma se restauraron varias máquinas antiguas, de esas que echaban humo por la chimenea. Como nuestra protagonista, ya ven. Que estaba tan tranquila, descansando en Catalunya. Pues nada, la reclaman desde Guadix. Que hemos firmado un convenio con la Compañía General de Ferrocarriles Turísticos y ahora ya, con todo esto que sale... Que se venga para casa la estrella. Si hasta la llaman Guadix en algunos sitios, dónde mejor que aquí para descansar. Ya ven, ni al retiro dejan tranquilas a las grandes vedettes.

En fin, que otra vez a la carretera, como cuando se iba de promoción en sus años de gloria. Un mes de viaje, nada menos, porque a veces las cosas no van como estaban previstas. La Babcock & Wilcox 140-2054 sale de Portbou el 11 de enero de 2014, por la noche. Le tocaba atravesar toda España a remolque de la máquina 333.407. Despacito, porque ya no tenemos las carnes como para velocidades de película. Máxima de cincuenta kilómetros a la hora, decían, pero luego fue mucho menos. Tardó casi un mes en llegar a Guadix. Entre medias... paradas técnicas aquí y allá. Una más larga en Madrid, para diversos arreglos. Achaques de la edad, paso por la clínica y vuelta a la gira. Recuerdos de los viejos tiempos.

Allí sigue ahora. La encienden a veces, y es cosa de verse, porque el encanto del vapor no se pierde nunca. Y menos ella, con la de historias que tiene detrás. Si yo hablase. Pero habla. Si yo hablase.

Y sonríe, tímida, la caldera.

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