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Pisos colmena Pisos colmena: explotar la miseria y la vulnerabilidad

El Ayuntamiento de Barcelona vuelve a precintar el prototipo de la empresa Haibu 4.0 que se tenía que inaugurar en el distrito de Sants-Montjuïc

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Exposición  del piso colmena  en el barrio de Sants-Montjuïc de la empresa Haibu 4.0.

Cuando se habla con Marc Olivé, la cara visible de Haibu 4.0, el proyecto que pretende llenar Barcelona y otras ciudades del Estado español de pisos colmena, el cinismo parece no entender de límites. Enfundado en un chaleco amarillo, Olivé da la cara. Detrás no hay un simpático promotor que ofrece refrescos y picapica a los peatones que quieran conocer el proyecto —hoy se hubiera tenido que inaugurar una exposición del piloto—, sino una fundación holandesa, cuatro sociedades limitadas y "un grupo de inversores" que ya han adquirido siete locales a diferentes barrios de Barcelona y "un edificio de siete plantas a Plaza Urquinaona para meter entre 350 y 400 personas", según él.

A finales de octubre el Ayuntamiento de Barcelona ordenó paralizar las obras de un local de Haibu 4.0 en la Calle Constitució, en el distrito de Sants-Montjuic, por no "ajustarse a la legislación vigente". Se trataba de un prototipo para enseñar a los que quisieran saber cómo serían los pisos colmena: viviendas de 1,2 metros de anchura, 1,2 metros de altura y 2,2 metros de longitud con espacios compartidos pero sin cocina.

Esta semana, el piso-piloto, por llamarlo así, fue precintado de nuevo, después de que Olivé hiciera caso omiso a las indicaciones del Ayuntamiento. "Quiero que me denuncien por desobediencia civil porque así tendré un procedimiento judicial en 24 horas. Este local es nuestro y no me lo pueden precintar", dice y se le dibuja una sonrisa al rostro.

La estrategia del grupo promotor ha consistido en comprar unos cuántos locales bajos para montar los prototipos, que son los que están recibiendo las pintadas y la basura de la gente que se opone al proyecto, mientras los verdaderos inversores que hay detrás trabajan en silencio para hacer de estos habitáculos una realidad.

"Esta propuesta no tiene cabida en la ciudad", se ha dicho en repetidas ocasiones desde el Ayuntamiento de Barcelona

En un primer momento, la muestra se precintó porqué estas viviendas no se ajustan a la normativa vigente por no cumplir los requisitos de habitabilidad que no permiten vivir en unas condiciones de dignidad. Para recibir la cédula de habitabilidad, la habitación tiene que ser de al menos cinco metros cuadrados, según la normativa de la Generalitat.

"Esta propuesta no tiene cabida en la ciudad", se ha dicho en repetidas ocasiones desde el Ayuntamiento de Barcelona, donde desde el principio se ha asegurado que no se permitirá la proliferación de estos tipos de viviendas.

"Cocinar es un caos"

"La semana que viene montaremos una carpa ante los juzgados con globos y parafernalia", asegura Olivé, quien en ningún momento menciona el problema de vivienda en Barcelona o las políticas e iniciativas que se están llevando a cabo desde el Ayuntamiento o la lectura sociológica del aumento del turismo en la ciudad. Su discurso, vacío de contenido, recuerda al de un Donald Trump de barrio, con la única diferencia que él no es Donald Trump.

En las viviendas, por ejemplo, no se prevé que haya una cocina -tan solo se prevé la presencia de microondas, hornos y neveras cada cuatro personas-, pero Olivé considera que "cocinar es un caos", sin pensar que tener acceso a algo tan básico como la alimentación es un derecho. "¿Tú has estado nunca en un hostel?".

Cuando se le habla de los problemas que se pueden derivar de la convivencia entre 15 personas que no se conocen de nada la solución es la presencia de un coach, "para tratar temas como lo de los olores".

De todos modos, Olivé casi ni se plantea este problema de la convivencia: "Si una persona da mucha caña, le pondremos más sesiones de coach para estabilizarla. Además la comunidad de la colmena podrá decidir si esta persona tiene que marcharse, como Gran Hermano. Si se decide que se tiene que ir, se le dará la oportunidad de ocupar otra colmena en otro lugar y si la vuelve a liar parda, a tú casa o bien, donde puedas", asegura sin pudor.

Y añade: "Cuando estás muy mal y un colega te presta una habitación, vas con la mentalidad de no dar por el saco, que aún que te la deja. Pues esto es un poco el mismo".

A la pregunta de si se explotará la vulnerabilidad de las personas, la respuesta es un categórico "sí". "Unos psicólogos nos han hecho un estudio de qué tipo de personas vendrán y en qué situación se encuentran. Nosotros solo ayudaremos a las personas a levantar la cabeza: no encontrarás en Barcelona ningún lugar por este precio donde te dejen estar".

Para el problema de posibles robos u otros conflictos también hay una solución aparentemente simple pero de lectura sociológica y filosófica cuestionable: "Pondremos cámaras a la entrada de todos los habitáculos".

Olivé no ve ningún problema para la dignidad humana en la proliferación de este tipo de viviendas, al contrario: "Estamos aportando soluciones reales", asegura el promotor.

Por su preocupación, y como no quieren "niños que quieran irse de casa de sus padres", a las colmenas solo podría acceder gente de 22 a los 65 años, siempre bajo un proceso de selección "exhaustivo", en sus palabras. En este momento de la conversación pasa un amigo suyo que se para en un semáforo. "¿Qué Marc, que estás con esto de los pisos ataúd?", le dice desde la moto.

Si bien en la nota de prensa se aseguraba que la intención era lanzar una "gran campaña informativa", lo cierto es que a la hora de la convocatoria no había nadie: ni detractores ni personas a favor. Ni siquiera Acción Libertaria de Sants, quien se opone frontalmente al proyecto, se presentó.

Vecinos en contra de la colmena

El proyecto de los pisos colmena es profundamente impopular, a pesar de lo que dice Olivé, quien asegura que ya "tienen muchas peticiones"; de hecho, la comunidad de vecinos y el barrio de Sants se opone al proyecto y durante las últimas semanas han estado tirando basura al local para mostrar su rechazo.

Esmeralda Gómez, de 72 años y vecina de Sants, no tiene una opinión favorable. "Es un tema de derechos, la gente no puede vivir así y es una iniciativa inhumana. Como vecina de la comunidad, no me gustaría tener en mi bloque un piso de 150 metros cuadrados con 20 personas viviendo, la verdad".

Joan Llitera, de 27 años, vecino del barrio y arquitecto tampoco lo ve claro: "¿Pagar 200 euros por una cama? No. En un piso de 150 metros cuadrados, si destinas 100 a zonas comunes y 50 a viviendas, puedes meter a 20 personas. A 200 euros por persona, esto genera unos beneficios de 5.000 euros al mes. Están ganando 5.000 euros al mes por un piso de 150 metros cuadrados. No lo encuentro correcto".

Del mismo modo opina la Patricia González, de 34 años: "Se tiene que trabajar porque todo el mundo tenga derecho a una vivienda digna y no se pueden aceptar este tipo de propuestas. Es una vergüenza". Si bien Haibu 4.0 propone que se trate de una solución temporal para personas con recursos económicos limitados, Patricia lo tiene claro: "Si una persona pasa una dificultad, los servicios sociales y los departamentos competentes se tienen que hacer cargo de la situación".

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