Entre risas y angustia, así se vivió el gran apagón en el centro de Barcelona
Largas colas en las paradas de autobús y gente a las puertas de los comercios y en los parques: estas son las imágenes que dejó la falta de electricidad en la capital catalana.

Barcelona--Actualizado a
"Queríamos estudiar porque tenemos exámenes, pero no nos funcionan los ordenadores, así que estamos aquí haciendo birras", explican felices Math y Julien, estudiantes franceses, sentados en una terraza de la plaza Bonsuccés del centro de Barcelona. En esta zona adyacente a las Ramblas, dos horas después de la gran apagada, el ambiente es de domingo de primavera: bares llenos y despreocupación, a pesar de una casi total desinformación.
"No podemos hacer cafés ni servir cosas calientes. No tenemos radio ni ninguna información, estamos completamente incomunicados", comenta con resignación Adrià, camarero en un bar de la Plaça Vicent Martorell, que no ha parado de servir cervezas. En unas escaleras de la plaza se sientan Jon y Rubén, con la oreja puesta en una recién comprada radio de pilas. "Nos anticipamos al fin del mundo", bromean. Se acercan unos clientes del bar de al lado, que les preguntan si tienen alguna información de lo que está pasando. "Iremos informando", les prometen.
En los comercios, los dependientes no saben qué hacer. "He tenido que tirar la comida que se estaba preparando. No he podido hablar con mi jefe, pero si no llega, en una hora me marcharé. No sé cómo cerraré la persiana, es eléctrica, intentaré hacerlo manual", explica la trabajadora de un restaurante de comida rápida, sola en el local a oscuras. A su alrededor, algunos comercios ya han cerrado y en otros hacen guardia los propietarios o trabajadores, incapaces de bajar la persiana eléctrica. En una peluquería del Raval se lo han tomado con filosofía y han decidido hacer cortes de pelo en plena calle.
El ambiente es más tenso en la Plaça de Catalunya, donde cientos de turistas hacen cola para intentar subir al Aerobús. Una de ellas, que lleva 45 minutos esperando con su marido, se queja: "No sé qué ha pasado, no tenemos ninguna información. Los taxis y los buses están llenos. La gente está cabreada, empujan para subir a los buses". Otros turistas caminan desorientados, preguntando a los guardias urbanos cómo volver a sus hoteles. "¡Llévanos con tu coche!", grita entre risas una joven a uno de los policías.
Jon y Rubén, con la oreja puesta en una recién comprada radio de pilas: "Nos anticipamos al fin del mundo", bromean
No son los únicos que se han quedado tirados. En unos escalones de la plaza se sientan con aspecto resignado una pareja de jóvenes de Terrassa, Gina y Guilherme. "Hoy es mi cumpleaños y vinimos a pasar el rato con la perra, comprar un pastel y comerlo en casa. Nos quedamos tirados en el ferrocarril en la estación de Provença", explica Gina con tristeza. Añade: "Todo el mundo está yendo en bus y todo está bloqueado. No recordamos dónde está la parada, llevamos desde las 12.00 horas caminando".
La brecha generacional esta vez juega a favor de las personas mayores, que viven con mayor tranquilidad la interrupción de la conexión a Internet. "Estábamos en casa, he hecho la comida normal porque tengo unas lamparitas de gas, tenemos luz y radio de pilas y wifi que funciona con batería. Cuando ha terminado, hemos venido a ver a la gente", expone con calma Àngels, que pasea por Plaça de Catalunya con su marido. "No creo que sea el fin del mundo. ¡Esto va bien para que la gente lleve siempre dinero encima y no tenga que pagarlo todo con tarjeta!", concluye, con ganas de ver el lado positivo del corte de luz que ha dejado la península a oscuras.
"Por la mañana la gente no estaba preocupada, ahora que va pasando el tiempo, sí", sostiene Rakes, que trabaja en un quiosco cerca de Portal de l'Àngel. "No hay trenes, no saben dónde coger el bus. Todo depende del móvil", dice. Con la angustia también se multiplican los rumores. "Mi madre ha visto en la tele que tardarán tres días en resolverlo", afirma preocupada Alexandra, mallorquina, de visita a Barcelona para una competición deportiva. "Ahora la gente está muy tranquila, pero si esto dura...", concluye.
Cuando cae la noche, la electricidad todavía no ha vuelto a todas las calles y edificios de la capital catalana. En el Eixample y Gràcia, las calles donde no funcionan las farolas están desiertas, mientras que los bares que ya han recuperado el fluido eléctrico están llenos y brillan como manzanas en medio de la oscuridad. Los edificios ofrecen un panorama desigual de ventanas en negro o iluminadas. Mientras algunos barceloneses ya pueden seguir las noticias por sus televisores, otros muchos cenan a la luz de las velas y acompañados por el transistor a pilas, convertido en símbolo de una tarde extraordinaria.


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