Opinión
Apagón eléctrico, estado de shock y oportunismo político

Periodista, activista y experta en políticas energéticas locales (Traza Consultoría).
-Actualizado a
A veces lo improbable sucede y nos damos cuenta de que no estábamos preparadas. Ayer vivimos un acontecimiento histórico: un apagón casi total del sistema eléctrico en el país, que afectó temporalmente a terceros países de nuestro entorno. Desde el Gobierno señalan que la causa fue que hubo un descenso del 60% del consumo eléctrico en cuestión de segundos y al resolver este desbarajuste entre producción y demanda de energía, se produjo el cero absoluto, es decir, el apagón.
El sistema eléctrico tiene la peculiaridad y la gran complejidad de que se tiene que equiparar la producción de energía a la demanda en tiempo real. Es decir, producir la electricidad que se usa en el momento. Este bajón de demanda desencadenó que hubiera que frenar la producción. Y esto es algo que gran parte de la gente de a pie desconoce, como desconoce de dónde procede la energía que usa para absolutamente todo lo que hace.
Que hubo un descenso brutal del consumo eléctrico es un hecho, y es posible comprobarlo por una misma en la web de Red Eléctrica de España, que ofrece este tipo de datos en abierto en tiempo real. Las causas de esto, las sabremos con el tiempo. Pero sabemos que el sector energético es uno de los más poderosos y está en plena transformación, con una entrada masiva de renovables, así que todo es posible: desde que haya sido un fallo técnico, pues la transición a las renovables es también un aprendizaje, a otro tipo de explicaciones geopolíticas. Para explicar el porqué de este hecho, no han tardado en difundirse todo tipo de teorías. Y el propio Gobierno no descarta “ninguna hipótesis” y así estamos la mitad del país pensando en un ciberataque ruso, lo que puede ser aprovechado para justificar políticas de rearme en esta nueva era de política acelerada en la que hemos entrado desde la llegada de Trump al poder.
Sin embargo, por muy extraordinario que sea el hecho, no debemos olvidar que son precisamente las situaciones de shock las que son aprovechadas por los grandes poderes para hacernos tragar con medidas, que en situación de diálogo democrático, jamás aceptaríamos. Antes de los grandes recortes de derechos siempre hay un estado de miedo y “excepción”. Y no saber casi nada de energía nos hace vulnerables como sociedad porque realmente, a nivel no sólo de la producción, la distribución, o la comercializadora estamos en manos de grandes empresas y grupos de poder, es que, a nivel de conocimiento, la mayor parte de la población se fía de la información que generan grupos de comunicación patrocinados por dichas empresas.
Un descenso del consumo y en consecuencia, de la producción de electricidad
Hasta ahí el conocimiento común el día después del apagón. En los próximos días escucharemos a los “opinadores profesionales” con sus teorías. Como ya sabemos, estos mensajes serán consumidos por una gran cantidad de gente y estos contenidos pasarán a las redes sociales, y viceversa, alimentándose la bola informativa.
Lo que sucede es que las explicaciones que se difundan significarán cosas muy distintas en función del propio bagaje cultural y político, en función del entorno. Si todo lo energético, por incomprensible, es ya un campo abonado a las teorías de la conspiración, un suceso de esta envergadura abre la veda a la propagación de bulos y a alimentar el rechazo a la política institucional (más con un Gobierno de orientación cercano a la izquierda).
Ayer pasaron muchas cosas a distintas escalas. Lo imprevisto, la ruptura de la normalidad sin una explicación, sin información, hizo que nos habláramos entre vecinos y vecinas que habitualmente sólo compartimos los buenos días. Compartimos nuestra preocupación, y en algún caso, nos ayudamos. Me pregunto qué podemos hacer o comunicar estos días que sea útil para la gente. ¿Podemos proponer alguna línea de reflexión común que nos ayude, no sólo a constatar lo evidente: que nuestro modo de vida es vulnerable, que los imprevistos pueden hacer que todo pare y que cuando esto sucede, hay unas personas más vulnerables que otras; y plantear la posibilidad de organizarnos de manera que, en caso de que esto pase, obremos como comunidad?
Vivo en un 7º piso y estaba en casa. Mi primer pensamiento fue: “Se ha ido la luz. Pues aprovecho, como temprano y ya luego, sigo trabajando”. Nada hacía pensar que fuera a durar. Pero, mientras comía, pensé que un corte de luz siempre implica daños. Todo se para en seco. Así que salí al rellano y puse la oreja en un ascensor, y luego en el otro. “Nadie dentro”. Y volví a casa a comer, pensando que el primer impacto negativo de un corte de luz en el ámbito doméstico afecta a la conservación de alimentos. Y si se alargaba…
Sin teléfono, sin Internet, sin luz, … y se alargó. La sensación fue cambiando, a título personal me generó sensación de vacío, no de preocupación inmediata, pues tengo el privilegio de tener todas las necesidades cubiertas y ninguna persona dependiente a mi cargo. Pero con el tiempo, sí, surgieron las preguntas de: ¿Hasta cuándo? ¿hasta dónde? ¿por qué? Durante el día, algunas llamadas y conversaciones fueron respondiendo las dos primeras preguntas. La tercera, todavía queda en suspenso.
¿Electrificación y digitalización 100%?
Ayer, hubo gente que pudo cocinar y gente que no. Gente que tenía radios y lámparas solares o de pilas y gente que no. Y la diferencia clara está en la diversificación de fuentes de energía en el hogar. Si todo es eléctrico y, por tanto, está digitalizado, en caso de fallo eléctrico o informático, no hay alternativa. Este es un análisis sencillo, que todo el mundo entiende. No seré yo la que defienda la vuelta a las cocinas de gas, pero, son un ejemplo de la dependencia y vulnerabilidad que genera apostarle todo el consumo energético a la carta de la electricidad.
En aras de la supuesta eficacia del sistema energético, estamos embarcadas en una transformación del sistema energético cada vez más eléctrico y 100% digitalizado, con una seguridad cada vez más compleja y alejada de los territorios. Un sistema, que, como hemos visto, no es infalible. Y a esa carta se apuesta la movilidad, la industria, los usos térmicos (calefacción, agua caliente), … y hay quien señala también, aunque sin tanto altavoz, que no debemos perder de vista otras fuentes de energía renovables y otras tecnologías que nos permiten hacer un uso directo, sin pasar por la transformación eléctrica. Porque, cuando falla, como vimos ayer, falla todo.
La apuesta por la electrificación total, cuyos impactos ambientales (macro parques renovables, líneas de alta tensión) y sociales (uso de materiales escasos importados de países del Sur Global con condiciones de explotación y ausencia de derechos básicos, …) se dejan habitualmente a un lado, en aras de objetivo mayor “la transición verde”, se basa en la confianza de que no hay una caída del sistema. Pero, ayer vimos cómo no sólo es posible que suceda, sino que cuando sucede su reparación no es inmediata y que, además, no estamos preparadas para mantener el funcionamiento de lo más básico de nuestra sociedad, salvo casos excepcionales como algunos hospitales.
¿Puede servir este hecho para que mejoremos nuestra capacidad de planificación y de resiliencia? ¿para cuestionar los dogmas energéticos del poder? ¿Podemos aprender de lo sucedido para parar un momento y cuestionarnos las bondades de la electrificación total?
Sin ambición de responder esas preguntas, sino de plantearlas en abierto en un deseado debate colectivo que hoy en día no tenemos, pues la transición energética avanza con mucho evento cosmético y sin mecanismos de participación reales de la ciudadanía; me planteo cómo hubiera sido ayer si hubiéramos tenido un protocolo de emergencias comunitario de barrio, o de edificio, conocido por los vecinos y vecinas.
¿Qué podríamos haber hecho y no hicimos?
- Preguntar a todas las personas si se encuentran bien.
- Comprobar que las necesidades básicas cubiertas: agua, comida, medicación, ...
- Establecer una forma de comunicación, en caso de necesidad.
- Compartir los recursos energéticos (linternas, pilas..), comida cocinada,…
- Juntarnos en los rellanos y pensar, en caso de que se prolongue ¿qué hacemos?
El transporte público, ¿un derecho?
Por otro lado, veo que el hecho de que nos pillara en casa fue una suerte. Cientos de personas, quizá miles se quedaron colgadas, sin poder volver a sus casas porque dejó de operar la red de transporte público. Si bien, los trenes y metros pararon a la fuerza, y hubo que sacar a esas personas de túneles y de las vías; las líneas de autobuses también pararon sin que los vehículos tuvieran una causa técnica para ello.
Es cierto que las comunicaciones con las centralitas y la comunicación por teléfono se interrumpió, pero ¿era motivo para cerrar el servicio dejando en tierra a estudiantes, trabajadoras y pensionistas? Vemos hoy que los menos afectados fueron las personas con vehículo privado, que, a pesar de vivir aglomeraciones y colas en las gasolineras, llegaron más pronto que tarde a sus casas. El uso del coche fue también un privilegio.
Sin comunicados de prensa con los motivos, lo que vimos es que, ante la imposibilidad del pago con tarjeta o del uso de las máquinas expendedoras, las empresas de transportes decidieron cerrar. ¿Y la gente? Las personas usuarias del transporte público tuvieron que buscarse la vida, mientras veían autobuses semivacíos que hacían su último viaje por las carreteras. ¿No se pudieron organizar unos servicios mínimos para que la gente pudiera llegar a sus casas? Y en ausencia de lo público. Me pregunto si sucedió desde lo comunitario, ¿taxis que hicieran viajes para llevar a la gente de vuelta? ¿coches escoba?
También hemos visto cómo la gestión pública, cuando es eficiente, salva vidas, y cuando no, nos empuja al “sálvese quien pueda”. Ayer recoge la prensa que algunos hospitales funcionaron, como el Puerta del Mar de Barcelona, (aunque no viene la explicación, es probable que porque tienen grupos electrógenos a punto que funcionaron). No se cancelaron las cirugías y la gente fue atendida. Otros, como el Clínico y el Jiménez Días de Madrid no, probablemente también tengan sus grupos electrógenos, porque les obliga la ley, pero ¿los tienen a punto? ¿por qué no los hicieron funcionar para prestar el servicio como estaba establecido? Según la prensa, en dichos hospitales cancelaron todas las visitas y operaciones.
Lo sucedido nos debería hacer reflexionar, entre otras cosas, sobre la capacidad de previsión de las administraciones públicas y en su capacidad de inspección y sanción en casos como el de los hospitales madrileños. Todo lo sucedido tiene un componente energético, posiblemente inevitable, pero, entendemos que, como todo lo relacionado con la energía, es inseparable de su dimensión política y social.
A mi entender, podemos aprender mucho para mejorar y orientar las políticas y servicios que afectan a la gente. No se trata de colgar etiquetas de “culpable” o “inocente”, sino de observar qué puntos son vulnerables, si lo serán más en tiempos venideros, y, por tanto, hemos de diversificar y asegurar lo primero los suministros esenciales, y asegurar que en una situación similar las personas más vulnerables sean atendidas. Garantizar que en caso de cualquier “colapso” temporal, la gente llega a su casa, dispone de comida y un canal de comunicación.
La energía, ¿un derecho?
Ayer pudimos probar temporalmente cómo se vive sin luz. Lo vivimos como algo temporal, con nervios, pero sin la angustia vital que genera no llegar a fin de mes. Quizá este hecho a algunas personas les ayude a empatizar y a plantearse que la energía debe ser un derecho garantizado para todas las personas, independientemente de su condición económica.
Desde el movimiento por la justicia energética, venimos denunciando los cortes de suministro a personas vulnerabilizadas por parte de las grandes empresas, en casos de impago. Por otro lado, desde una parte del ecologismo social llevan tiempo alertando de un posible colapso social y económico, provocado por un colapso energético, pues, como sabemos, toda nuestra economía y modo de vida se basa en la ficción del uso ilimitado de unos combustibles fósiles limitados. Pero, supongamos que vamos a vivir colapsos situados y que esta es una pequeña muestra de lo que puede pasar en un plazo x, por una duración desconocida. No estamos preparadas tampoco. Y no se trata de tener comida no perecedera y dinero en metálico para unos días, y de resolver mi necesidad individual. Si no, de vernos en nuestra interdependencia como parte de una comunidad, que hoy por hoy no nos relacionamos, y que, en caso de emergencia, esto nos hace todavía más vulnerables. Somos seres interdependientes viviendo en una sociedad que nos aísla. ¿Podemos romper esta inercia?
Organización público-comunitaria
Quedó más que patente en la pandemia y ahora en la DANA, que, en situaciones de emergencia, mucha gente se organiza en redes informales solidarias. Está en nuestro ADN y esto no hay oligopolio que nos lo quite. Hasta que la ayuda de la Administración llega, mucha gente, por cultura, por instinto, por educación, arrima el hombro. Y después, en función de cómo sean los que están en la administración, se generan canales estables público-comunitarios o no.
Una parte de la población es así y sólo es cuestión de tiempo que se organice. Pero, también hemos visto, que así como unos se organizan de manera solidaria, otros aprovechan la ocasión para hacer negocio. Pasó en la pandemia con los comisionistas de las mascarillas, y en la DANA con los buitres del sector inmobiliario. Es también en este contexto, en el que mejor permean discursos del odio contra todo lo público, que terminan generando un sentimiento de “antipolítica” que es aprovechado por la extrema derecha en un uso perverso del eslogan “sólo el pueblo salva al pueblo”. Ayer vimos nuevamente que unos hospitales funcionaban y otros no, es decir, que la administración pública, cuando está y funciona al servicio de la gente, salva vidas. Cuando no está, se abre la puerta al pillaje. En una escala mucho menor, ayer había negocios de barrio que, al no poder usar la báscula electrónica vendían el género fresco por unidades, al precio del kg. ¿La ley de oferta y la demanda o estafa?
En caso de emergencia y ausencia del Estado, hay quienes se lucran de la necesidad ajena y, en consecuencia, ponen los productos de primera necesidad al alcance de los más pudientes. En los próximos días vamos a escuchar las opiniones de todos los que tienen algo de poder para hacerse oír en los medios. Pero, no por tener poder, lo que proponen tiene más sentido o legitimidad.
El modelo energético que tenemos es un reflejo del modelo social. Tenemos una transición pensada para que la rueda del crecimiento económico siga girando sin que nos planteemos si todas y todos tenemos acceso a los servicios energéticos más básicos y si, en caso de emergencia, nuestros derechos estarían garantizados. ¿Qué podemos aprender de lo sucedido? ¿Nos organizamos para que el modelo energético priorice la satisfacción de las necesidades de todas las personas y en caso de necesidad nos pille juntas y preparadas o dejamos que impere siga imperando el sálvese quien pueda?

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