/ Cultura

Fotograma del documental 'Remember my name', dirigido por Elena Molina.
Fotograma del documental 'Remember my name', dirigido por Elena Molina.
Fotograma del documental 'Remember my name', dirigido por Elena Molina.
Fotograma del documental 'Remember my name', dirigido por Elena Molina.

‘Remember my name’, más allá de la valla de Melilla

El documental, dirigido por Elena Molina y con nueve candidaturas a los premios Goya, retrata la vida de un grupo de jóvenes migrantes en centros de menores de Melilla durante casi seis años.

Aurora Muñoz / Laura Cuesta

En 2019, un grupo de chicos y chicas se subieron al escenario de Got talent. Vestidos con trajes de colores y perfectamente sincronizados consiguieron deslumbrar al público del plató de Telecinco. En aquel momento, estos jóvenes que entonces vivían en dos centros de menores de Melilla, La Purísima y Divina Infantita, llevaban ya un año siendo grabados por el equipo de Elena Molina. Con una mirada crítica y social, la directora de cine ha realizado proyectos en lugares como Burkina Faso, Argelia, Perú y Haití, así como dirigido cortos documentales como Yungay7020 (2021) y All I Need Is a Ball (2020). “Nos costó muchísimo entrar ahí, pero las monjas terminaron confiando en el equipo y entendieron que lo que queríamos filmar no era si había algo roto, sino la convivencia en el centro”, detalla sobre los centros.

Este testimonio les llevó seis años de grabaciones y, lo que en un principio iba a ser un videoclip, acabó convirtiéndose en un documental de 90 minutos. A lo largo de ese metraje, Molina refleja la vida de un grupo de jóvenes en centros de acogida en Melilla. “En 2017 me llegó la propuesta de dirigir el videoclip de un cantante argelino soy Líberty para una canción que hablaba sobre menores migrantes. Me pareció muy importante trabajar con alguna asociación que trabajara con chicos y chicas que realmente hubieran vivido esa situación. Fue entonces cuando viajé a Melilla”, recuerda Molina. 

La directora entró en contacto con la asociación NANA, un proyecto creado por Natalia Diaz y Navid Mohammed que promueve el desarrollo emocional, intelectual y ético a través del arte con menores que viven en los centros de menores de la ciudad autónoma. Cuando conoció a los jóvenes de la asociación que iban a participar en el vídeo, Molina se dio cuenta de que ahí había una historia mucho más grande. Así nacía Remember my name

La película, presentada en el Festival de Málaga, se hizo con el Biznaga de Plata Premio del Público y cuenta con nueve nominaciones a los premios Goya. Todo a pesar de que la asociación y la Consejería del Menor de Melilla, que previamente habían financiado parte del proyecto, quisieran prohibir su exhibición. “Fue inesperado. Todo sucedió una semana antes del estreno y no lo entendimos, porque siempre habíamos ido de la mano con la Administración. Solo hay que ver la película para darse cuenta de que no ataca a nadie y, en cualquier caso, la política no debería incidir de esa manera sobre la cultura y decidir las historias que se pueden contar”, defiende Molina. 

Las autoridades alegaron que el metraje final no se correspondía a lo pactado con la productora, Boogaloo Films, pero el certamen malagueño decidió apoyar su exhibición tras analizar la documentación- Después del estreno, ha continuado su andadura por los festivales L’Alternativa, Rizoma y Festival dei Popoli hasta recalar en las salas de cine el pasado 23 de noviembre. 

Más allá de la valla

Durante casi seis años, Molina estuvo creando un vínculo con los chicos y chicas que, poco a poco, fue haciendo evolucionar la obra audiovisual. Desde el principio, la directora tuvo claro que la idea era superar un retrato que redundará en la victimización. “Quería hablar del tema pero contarlo desde otro lugar que no fueran los saltos a la valla, que creo que es lo que siempre copa los medios de comunicación”, sostiene Molina.

De esta manera, el documental entra de lleno en la vida de estos jóvenes. Cuenta cómo son sus rutinas en los centros, cómo desarrollan su vida social, cuáles son sus ilusiones o qué miedos enfrentan una vez que cumplen 18 años y deben abandonar el lugar que durante años ha sido su hogar y su familia. “Para mí lo más importante es que la película se contase con y desde ellos y ellas. Tenía mucho miedo de que se quedara impregnado de mi mirada de mujer blanca española filmando a niños y niñas marroquíes migrantes. Era fundamental que la cámara y yo misma estuviéramos dentro del grupo”, explica la directora. 

Su implicación va más allá de la película. Su madre empezó a trabajar en el Centro de Primera Acogida de Hortaleza (Madrid) cuando ella era todavía adolescente y desde entonces ha establecido una fuerte conexión emocional con esta realidad. “He crecido muy vinculada al mundo de los centros y a la pérdida familiar, de manera que comparto sentimientos con ellos y sus historias que me llegan mucho. Tenemos un vínculo”, relata.

Al igual que la película, los protagonistas fueron madurando con el paso de los años. Hamza, Asia, Ihsen y Mounia eran solo unos niños cuando empezó el rodaje y algunos de ellos acabaron cumpliendo la mayoría de edad cuando se gritó el último ‘corten’. “La película es un viaje durante el que hemos intentado conocerlos lo más de cerca posible, sin entrar tanto en críticas políticas o mensajes partidistas. También se puede hacer activismo desde lo cotidiano y con cariño. Sus historias reflejan la necesidad universal que tenemos todas las personas de sentirnos arropados en un grupo de pertenencia y que crean en nosotras para poder avanzar”, amplía.

Recuerda mi nombre

La obra de Molina insiste en la importancia de poner nombre y rostro a cada uno de los protagonistas de esta historia, lejos de acrónimos mal utilizados que contribuyen a su estigmatización. “Los medios más generalistas no les han hecho un retrato del todo justo.Se ha abusado del término menas [Menores Extranjeros No Acompañados] y este acrónimo es muy reduccionista. Implica meter en un saco a un montón de niños y niñas con ilusiones y personalidades propias”, denuncia Molina.

Bajo esta idea, el documental huye en todo momento del morbo, el estigma e incluso de la condescendencia hacia los menores. “No podíamos hacer una película con un final happy, pero tampoco quería que fuera súper destructor. Todo lo que queda reflejado es fruto de su espontaneidad. He peleado mucho en el proceso de montaje para evitar el paternalismo y dejar que ellos contaran lo que necesitasen comentar”, alega.  

El espejismo de un ‘talent show’

Una pieza clave del documental es la participación del grupo, guiados por la asociación, en el concurso de talentos de Telecinco. Salir de Melilla y aparecer en prime-time bailando en directo delante de cientos de personas sirve como reflejo del resto de desafíos que estos jóvenes enfrentan a lo largo del documental y de sus vidas. “En la película quería jugar con eso. Los nervios de antes de saltar al escenario pueden ser parecidos a los nervios antes de cruzar la frontera o los que sienten antes de cumplir 18 años”, señala la directora. 

Su paso por el programa pone en evidencia las intenciones de los medios de exprimir este tipo de historias. Los menores fueron entrevistados por el equipo de Got Talent donde algunos tuvieron que contar cómo habían llegado a Melilla o si echaban de menos a sus familias. “Al principio me negaba a utilizar esas imágenes. Yo era la que operaba la cámara en ese momento y, si te fijas, es una cámara nerviosa. Lo estaba pasando mal. Pensaba ‘no les hagas esas preguntas tan directas, no los expongas tanto’”, recuerda Molina. Al final el corte sí que aparece en la obra. “Era una forma de hacer sentir esa incomodidad”, sostiene. 

La alegría de actuar en un programa de televisión se desvanece rápido para los y las protagonistas. Tan pronto se apagan los focos vuelven a sus vidas en Melilla, donde todo sigue tal y como lo dejaron antes de viajar hasta Madrid. Entonces empiezan las despedidas de los mayores, que deben dejar ir todo lo que han construido una vez cumplen los 18 años. “La película es una historia circular. Todo el rato llegan y todo el rato se van. Volverá a llegar uno y a irse otro. Lo importante es que en ese intermedio por lo menos haya espacio para la complicidad, la familia y el poder compartir”, concluye.