¿Plaga o fauna urbana? El eterno dilema de las cotorras en Madrid
Esta especie invasora ha logrado colonizar los espacios públicos causando malestar a los vecinos.

Madrid-
La integración de la naturaleza en las ciudades es un tema recurrente de conversación, sobre todo a raíz de los procesos turistificadores que han sufrido las grandes capitales en los últimos años. Madrid es el ejemplo paradigmático de ello, tanto por la fijación casi obsesiva por eliminar árboles de sus calles como por la progresiva privatización de los espacios públicos, por ejemplo con las terrazas de los bares ocupando el rol que antes tenían fuentes y bancos públicos.
Paradójicamente, en medio de este entorno de hormigón y sillas de plástico una especie exótica ha logrado lo que parece un milagro ecológico: prosperar sin pedir permiso. Lo ha hecho, eso sí, causando problemas a varios niveles hasta el punto de ser consideradas una plaga. Es el caso de la cotorra argentina, una especie invasora que ha conseguido colonizar los mismos árboles que el Ayuntamiento está racionando a los vecinos.
¿Cómo comenzó la colonización de la cotorra en Madrid?
La invasión de la cotorra argentina en Madrid (y en otras muchas ciudades españolas como Barcelona, Sevilla o València) tiene su raíz en los años 80 y la fiebre que existió entonces sobre las especies exóticas. Miles de ejemplares fueron importados desde Sudamérica, algunas de las cuales terminaron en la naturaleza ya sea porque se escaparon o, directamente, soltados por sus dueños por no querer hacerse cargo de los mismos. Al ser aves muy gregarias, se agruparon con rapidez y, gracias a su dieta generalista y a su singular capacidad para construir grandes nidos comunales resistentes al invierno, colonizaron el entorno urbano sin encontrar depredadores ni competidores capaces de frenarlas.
Las administraciones también ayudaron en este proceso, claro. No fue hasta 2011 cuando el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras prohibió su comercio, tenencia y transporte, una vez que la expansión estaba ya completamente descontrolada.
A partir de ahí, la gestión derivó en un auténtico vodevil contable. El Consistorio madrileño manejaba un censo inicial de partida de unas 14.000 aves, pero las cuentas nunca terminaron de salir. En 2026 reconoció a El País haber capturado a más de 17.000 ejemplares y abatido a escopetazos de aire comprimido a otros 1.191 (lo que desató la indignación de colectivos animalistas como el PACMA). ¿Cómo se pueden eliminar más cotorras de las que supuestamente existían? El misterio aritmético ha llevado a los propios ornitólogos de SEO/BirdLife a arquear la ceja y poner en cuarentena los números oficiales. A día de hoy, saber cuántas cotorras sobreviven en Madrid sigue siendo un enigma sepultado bajo el baile de cifras municipales.
De lo que no existen dudas es de los diferentes problemas que causan. Una serie de inconvenientes que afectan tanto a los vecinos, como a la fauna local.
Su impacto ecológico sobre la fauna autóctona
Las cotorras son animales muy territoriales y agresivos, sobre todo en sus zonas de cría y alimento. Esto hace que aves autóctonas como lo pueden ser mirlos, gorriones, estorninos o palomas torcaces terminen desplazadas de su zona.
Aunque las aves no son las únicas afectadas. La cotorra de Kramer tiende a anidar en oquedades de árboles maduros, espacios que normalmente son morados por especies como los murciélagos, y más concretamente el nóctulo mayor (considerado el murciélago más grande de Europa y actualmente en peligro de extinción).
Además, poco a poco las cotorras van colonizando más y más espacios. Se alejan de los núcleos urbanos para llegar a la periferia, donde causan daños económicos considerables al devorar brotes, semillas y frutales.
Inconvenientes para los vecinos
Respecto a los vecinos, las cotorras se han convertido en una pesadilla cotidiana que entra de lleno por la ventana. El primer motivo de queja es acústico: sus graznidos estridentes y continuos rompen cualquier atisbo de tranquilidad en los barrios colonizados. No se trata del canto matutino de un gorrión, sino de un chirrido metálico y, sobre todo, grupal que, a primera hora de la mañana, también por la tarde, supera los decibelios tolerables para el descanso.
No obstante, y aunque menos molesto en el día a día, el verdadero peligro acecha sobre las cabezas de los viandantes. A diferencia de otras aves urbanas, cuyo mayor incordio suele reducirse a una inoportuna cagada sobre un coche o un abrigo, las cotorras argentinas no se conforman con descansar en ramas desnudas ni en pequeños cuencos de barro. Estas aves tejen auténticas fortalezas comunales de palos que crecen año tras año. Estas estructuras pueden llegar a pesar entre 50 y 100 kilos (algunas han superado los 200 kilos), por lo que son una amenaza real para la integridad física.
Empapados por las lluvias o sacudidos por rachas de viento, estos mastodontes vegetales acaban quebrando las ramas de los árboles que los sostienen, convirtiéndose en bombas de relojería con riesgo directo de desplome sobre aceras, vehículos y, sobre todo, transeúntes.
Qué hacer con las cotorras madrileñas
Las asociaciones animalistas se han mostrado frontalmente en contra de medidas taxativas como el sacrificio, el exterminio con gas y el abatimiento con disparos. Por norma general, su postura aboga por un tratamiento ético del animal, asumiendo que los animales no tienen la culpa de haber sido introducidos por el ser humano. Así, las grandes medidas propuestas desde entornos ecologistas son cuatro: esterilización de huevos, introducción de piensos anticonceptivos, captura en vivo para su traslado a santuarios y retirada selectiva de nidos peligrosos fuera de época de cría.




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