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Malakhov trasladó al ballet los claroscuros de "Caravaggio"

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El bailarín ruso Vladimir Malakhov trasladó al ballet el universo de claroscuros de Caravaggio, con una coreografía de Mauro Bigonzetti volcada a trasmitir los demonios internos y la magia que el maestro italiano plasmó en sus lienzos.

"Caravaggio", con música de Bruno Moretti sobre variaciones libres de Claudio Monteverdi, se estrenó hoy en la Staatsoper de Berlín, rendida de nuevo al vigor de Malakhov, de nuevo pura fibra y talento al servicio de su personaje, esta vez el pintor.

El bailarín ruso y la coreografía de Bigonzetti recrearon desde el escenario de la ópera berlinesa la mezcla de espiritualidad y erotismo, provocación y miradas lascivas que caracterizaron a Caravaggio, el artista que causó escándalo y fascinó a la sociedad italiana con su naturalismo pre-barroco.

Monteverdi fue la fuente de inspiración para la composición de Moretti, colaborador habitual de Bigonzetti, como lo es el autor de la escenografía, Carlo Cerri. Moreti fue el único del equipo a quien correspondió encajar algún que otro abucheo del auditorio.

El resto funcionó a la perfección y mientras Malakhov encarnaba los diablos y conflictos internos que colocaron a Caravaggio en confrontación constante con sus coetáneos, Polina Semionova se comportaba como la compañera de armas perfecta en el tándem ruso.

El personaje de Caravagio parecía tejido a medida para Malakhov, que sacó el punto de malignidad y belleza precisos para reflejar la ambigüedad sexual y el torturado espíritu del pintor.

El público de la Staatsoper le recibió con aires de triunfo y dispuesto a desafiar a quienes consideran que sus días para la danza en activo están contados.

Con 41 años y una compleja operación de rodilla hace un año, que le mantuvo seis meses de baja, Malakhov sabe que no pueden quedarle más que tres o a lo sumo cuatro años como bailarín de primer rango.

Precisamente por eso, cada aparición suya sobre el escenario es un acontecimiento en el escenario berlinés, donde desde 2002 ha ejercido de bailarín, coreógrafo, director, planificador de temporada y promotor de jóvenes talentos.

Malakhov ha afirmado que dejó carta blanca absoluta a Bigonzetti para convertir en ballet el retrato de Caravaggio.

En la Staatsoper, el áurea del bailarín eclipsó al resto del equipo, como si a él correspondiera el pleno esplendor de la luz del pintor italiano.

En el primer acto, concebido como un fresco sobre la sociedad de la época, todo funciona ya en torno al artista. Caravaggio es un ser secuestrado entre los personajes de sus lienzos, al que sólo arranca de sus torturas los "pas de deux" con Semionova.

Sus personajes, cortesanas, romanos, faunos, le enzarzan y le retienen en escenas pobladas de rojos, ocres y verdes, mientras a él se le reserva el mundo de los claroscuros.

El segundo acto está consagrado a su mundo interno, el "pas de deux" ya no es en exclusiva con Semionova, sino alternado con otros, entre Malakhov y su segundo, Mikhail Kaniskin, con idéntica dosis de erotismo, y posteriormente ampliado a juegos de a tres.

Las figuras de Caravaggio abandonan el lienzo, le acuchillan por la espalda y le arrancan el rojo del corazón, el color que finalmente gana la partida al claroscuro dominante en la pintura pre-barroca del artista italiano.

La Staatsoper vibró con el estreno y escudriñó de vez en cuando entre las fibras de Malakhov, en busca de algún signo de flaqueza o titubeo. Si lo hubo fue esporádico, como los abucheos con que se recibió al compositor Moretti.