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Investigadores sin cerebros

La escasez de donaciones lastra los avances en el estudio y tratamiento de las dolencias neurológicas

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La mayoría de las enfermedades neurológicas, como el párkinson o el alzhéimer, todavía no tienen cura. Son dolencias que afectan en España a alrededor de un millón de personas, que solo pueden mitigar su sufrimiento con tratamientos paliativos. La ciencia se enfrenta a un gran problema: el desconocimiento sobre el funcionamiento del cerebro. La única solución es la investigación pero, para ello, es necesario analizar el órgano en el laboratorio y, literalmente, faltan cerebros, según reconoce Alberto Rábano, responsable del Banco de Tejido Cerebral del Hospital de Alcorcón: “Necesitamos más órganos, son imprescindibles para la investigación”.

Cuando una persona fallece por culpa de una enfermedad neurológica, su cerebro es el cuerpo del delito. Examinarlo permite saber con exactitud la causa de su muerte, algo indispensable en un tipo de enfermedades que generalmente se diagnostican a través de síntomas y mediante pruebas de descarte. Solo el análisis del tejido neuronal permite saber cuál ha sido la verdadera afección asesina. Es lo que se llama diagnóstico definitivo.

“Muchas veces”, explica Rábano, “los pacientes no tienen una sola dolencia. Cuando analizamos su tejido, podemos conocer exactamente qué problema estábamos tratando. Y, generalmente, nos encontramos con patologías combinadas”. Esta dualidad entre diagnóstico e investigación se lleva a rajatabla con los órganos donados. Tanto, que el cerebro se divide en dos. El hemisferio izquierdo se guarda en formol para llevarlo directamente al laboratorio de autopsias, lo que permite descubrir la patología que lo ha afectado. El derecho se parte en lonchas y se congela, y ya es apto para la investigación.

El diagnóstico del hemisferio izquierdo del cerebro no sólo es importante para conocer las dolencias que afectaban al paciente en vida, sino también para que los investigadores que analicen el lado derecho sepan exactamente qué tienen entre manos. “Sin clasificación”, dice Rábano, “los estudios no valen, porque no sabemos sobre qué estamos trabajando”.

Los principales donantes de órganos son enfermos neuronales. Son conscientes, por un lado, de que es su cerebro el que va a dar a conocer el verdadero origen de su mal. Por otro, asumen que solo la investigación permitirá encontrar una curación. De entre los 300 órganos donados en los últimos diez años, sólo uno correspondía a un paciente sano. Y ese escaso número de donaciones representa un gran problema, tal y como explica Rábano: “Tenemos una gran demanda de tejidos sanos, que sirven de control. Sin ellos, la investigación no está completa”.

Las asociaciones de enfermos neurológicos ya se han encargado de divulgar la necesidad de que los pacientes donen sus cerebros. Sin embargo, todavía falta que las personas sanas también lo hagan: “Los familiares tienen que saber que somos muy cuidadosos”, explica Rábano, quien insiste en que los cadáveres no quedan desfigurados. “Para los humanos, el cerebro tiene un valor cultural muy especial”, concluye el responsable del banco.

Los científicos están de acuerdo en que la mente humana, sea lo que sea, está en el cerebro. Por tanto, no es extraño que mucha gente rechace, por principio, la donación de este órgano: en él está todo lo que somos.
Carlos Alcañiz, sin embargo, no comparte esta opinión. Diagnosticado con párkinson hace tres años, sabe que su tejido cerebral es oro puro para los neurólogos. “Cuando me comentaron la posibilidad de donarlo, me pareció una idea excelente”, explica este madrileño de 50 años. “Sería genial que pudiera servir para avanzar en la investigación, aunque solo fuera como un granito de arena. Porque muchos granitos hacen una montaña”.

Ni Alcañiz ni centenares de pacientes de enfermedades neurológicas de toda España tienen miedo a esta donación. “¿Miedo?, ¿de qué? Una vez que yo fallezca, mi cerebro no servirá ya para nada... ¿para que se lo coman los gusanos?”, se pregunta.

A Alcañiz le dieron la noticia de su enfermedad en 2005. Poco después comenzó a colaborar con la Asociación de Enfermos de Párkinson de Móstoles y se ha hecho donante en vida. Su diagnóstico, como el de otros muchos trastornos neurológicos, está basado en pruebas de descarte y solo una autopsia del órgano afectado podrá corroborarlo. Su propio tejido cerebral confirmará su enfermedad y, además, ayudará a encontrar vías para combatirla.