Publicado: 25.12.2013 10:00 |Actualizado: 25.12.2013 10:00

Tu ADN en una alfombra y otros regalos para 'cienciadictos'

Cuadros de ADN, dinosaurios rellenos de algas bioluminiscentes, materiales 'mágicos' y otros objetos científicos son regalos mucho más fascinantes que corbatas, perfumes y calcetines

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Más allá de camisetas con la cara de Einstein o tazas con la tabla periódica de los elementos, hay productos relacionados con la ciencia que pueden convertirse en regalos. 

Si hay algo más exclusivo que una obra de arte, es una obra de arte hecha a partir del ADN de uno mismo. Esto es lo que ofrecen varias empresas en todo el mundo, entre ellas la española DecorADN, cuyo codirector de la unidad de genética, el biólogo Fernando Martínez Arribas, explica cómo trabajan: "El procedimiento que utilizamos es la amplificación de pequeños fragmentos de ADN del cliente mediante la técnica PCR, seguida de una electroforesis para separarlos en un gel. Con la fotografía digital de ese gel creamos el cuadro. Cada cuadro es único y personal, porque así es nuestro ADN".

Para asegurar esta exclusividad, las regiones que se amplifican son las más polimórficas, es decir, "aquellas que varían más entre unas personas y otras, para que todos los patrones de bandas resulten diferentes", matiza Martínez Arribas.

Antes de todo esto, el cliente recibe en su casa un kit de toma de muestras que incluye un bastoncillo con el que frotar la cara interna de la mejilla. A continuación, deberá reenviarlo al laboratorio, donde comenzarán a trabajar con el material genético.

DecorADN surgió dentro del Centro de Análisis Sanitarios de Madrid. "En la unidad de genética trabajamos a diario con este tipo de imágenes para el diagnóstico de enfermedades hereditarias con base genética. Siempre nos ha parecido que estas imágenes tenían un componente estético muy potente y decidimos trasladarlas al mundo artístico", apunta Martínez Arribas.

La empresa ofrece también alfombras cosidas a mano con la representación del ADN, aunque el biólogo afirma que la imagen se puede plasmar en cualquier soporte: "Ya hemos hecho, por ejemplo, un armario de cocina con la imagen del ADN del cliente, y decoramos un portal completo en una vivienda de lujo con el ADN de sus propietarios".

Para los que rastrean a través de viejos documentos con el fin de completar el puzle de su pasado familiar, algunas empresas ofrecen la posibilidad de averiguar sus orígenes genealógicos mediante el análisis genético.

Bennett Greenspan, el fundador de Family Tree DNA, y uno de los pioneros en este campo, relata que decidió crear la empresa cuando intentaba comprobar que unas personas en Argentina con el apellido de su bisabuelo eran familiares, ya que no lo consiguió a través del "rastro de papel".

Greenspan explica que ofrecen tres tipos de pruebas: análisis del cromosoma Y, para rastrear la vía paterna, del ADN mitocondrial, para la materna, y análisis autosómico. Con estas pruebas, el cliente puede responder distintas cuestiones sobre sus ancestros. El propio Greenspan afirma que ahora sabe que sus antepasados "vivían en España y probablemente se fueron por culpa de la Inquisición".

El director de la empresa asegura que reciben miles de peticiones cada mes, y afirma que "centenares de sus kits estarán estas navidades bajo el árbol de Navidad".

La empresa estadounidense Yonder Biology, que hasta ahora se dedicaba también a la creación de cuadros a partir de ADN, vende un dinosaurio bioluminiscente.

El Dino Pet, financiado gracias al micromecenazgo, es una figura transparente con forma de dinosaurio que contiene Pyrocystis fusiformis, una especie de microorganismos dinoflagelados capaces de emitir luz.

Debe ser expuesta a la luz para que así durante la noche las pequeñas algas marinas emitan luz en respuesta a la agitación mecánica. El dinosaurio puede tener una vida indefinidamente larga, siempre y cuando se renueve cada cierto tiempo el medio de crecimiento de los dinoflagelados.

Los creadores aseguran que su objetivo era crear "un juguete interactivo que enseñe a los niños que la magia se encuentra en la comprensión del mundo que les rodea", y esperan que el Dino Pet "inspire a las mentes jóvenes para interesarse en la biología".

La financiación colectiva también ha permitido el nacimiento de los Little Robot Friends, de la compañía canadiense Aesthetec Studio. Son pequeños robots muy sencillos que responden a la luz, al tacto y a la voz, y que cuentan con dos pequeños led a modo de ojos y un simple altavoz para "expresar su estado de ánimo", según la web del producto. Los creadores aseguran que "cada robot tiene seis rasgos de personalidad cuyos valores pueden cambiar, alterando la personalidad inicial del robot".

Por ejemplo, si está inicialmente programado como tímido, responderá con miedo a la oscuridad, pero si se le tranquiliza acariciando su 'pelo' -un sensor colocado en la cabeza-, ganará confianza e irá poco a poco volviéndose valiente.

Muchos de los trucos utilizados por los ilusionistas se basan en las propiedades sorprendentes de ciertos materiales. El nitinol, por ejemplo, es una aleación de níquel y titanio que tiene una curiosa propiedad conocida como memoria de forma. Cuando este material sufre una deformación, puede recuperar su forma inicial después de un calentamiento suave. Esto, además de las múltiples aplicaciones prácticas que puede tener -en medicina, odontología, válvulas termostáticas-, permite hacer experimentos espectaculares.

Otro material con propiedades fascinantes es el galio, un metal que no existe libre en la naturaleza, sino que se crea artificialmente y que tiene un punto de fusión bajo, de unos 30 ºC. Por eso es fácil hacerlo pasar de estado sólido a líquido manteniéndolo en la mano. Además, se trata de un metal con muy baja toxicidad, a diferencia del mercurio, razón por la que se usa en los termómetros.

Un tercer material 'mágico' es lo que se conoce como masilla magnética. Aunque se puede comprar, Michael Saurus, inventor de multitud de objetos curiosos, explica cómo fabricar una versión casera a partir de plastilina y polvo de óxido de hierro.

El experimento con esta masilla consiste en exponerla a un pequeño imán, de forma que se verá atraída hacia él y creará la ilusión de que la sustancia engulle la pequeña pieza magnética. Existen en la red espectaculares vídeos con timelapse en los que se aprecia este efecto.

Para contentar a los apasionados de la astronáutica se puede recurrir a la tienda del Centro Espacial Kennedy de la NASA, o cualquier otra tienda de productos relacionados con los viajes espaciales, donde se pueden adquirir desde maquetas de los vehículos que han salido al espacio hasta trajes de astronauta o, incluso, comida espacial.

"La comida espacial es atractiva por su naturaleza evocadora. Nos gusta imaginarnos a nosotros mismos en gravedad cero disfrutando con la comida de los dioses astronautas", dice Eric Lefcowitz, fundador de Retrofuture Products, empresa que ha vuelto a poner en el mercado unas barras alimenticias para astronautas muy populares en EE UU en los años 70.

Estas barritas se comercializaron para el público general como producto derivado de un alimento desarrollado por la compañía Pillbury para la NASA, que llegó a utilizar el astronauta Scott Carpenter a bordo de la cápsula Aurora 7, en 1962.

La empresa vio la oportunidad de aprovechar la fiebre espacial de la época y creó este producto de consumo, al que llamó Space Food Sticks. Las barritas se vendieron con notable éxito hasta su desaparición en los años 80.

En 2001, Lefcowitz fundó la Space Food Sticks Preservation Society, y en 2006 resucitó el alimento volviendo a ponerlo a la venta. "Traje de nuevo las Space Food Sticks al mercado y ahora se venden, por ejemplo, en el Centro Espacial Kennedy y el Museo Smithsonian. Con el tiempo nos hemos diversificado y ahora también vendemos helado liofilizado para astronautas", concluye el empresario.

Otra buena opción es utilizar los regalos para acercar la historia de la ciencia. En este caso se despliega un gran abanico de posibilidades. Por ejemplo, existen facsímiles y ediciones actuales de antiguos libros de ciencia y grandes clásicos de la literatura científica que pueden agradar a los aficionados a la ciencia y la historia.

Uno de ellos es el Atlas de anatomía humana y cirugía de Jean Marc Bourgery, una monumental obra acompañada por bellísimas ilustraciones del dibujante Nicolas Henri Jacob, desarrollada durante más de veinte años, entre 1831 y 1854. La edición más reciente es de 2012, revisada y comentada por Jean Marie Le Minor y Henri Sick, y publicada por Taschen.

Otro ejemplo es el tratado matemático y geométrico Elementos, escrito en el año 300 a. C. por el griego Euclides. En concreto, es especialmente atractiva la edición que el ingeniero Oliver Byrne publicó en 1847 en la que, en palabras del propio Byrne, "son usados diagramas y símbolos a color en vez de letras para mayor comodidad de los estudiantes". Este libro, que ha sido descrito como uno de los más raros y bellos del siglo XIX, también ha sido reeditado por Taschen.

También se puede recurrir a la evocación del pasado científico a través de objetos que rememoren otros tiempos, tales como maquetas de los ingenios de Leonardo Da Vinci o antigüedades científicas.