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Vivir más años y más sanos

Investigadores españoles aumentan un 45% la esperanza de vida en ratones transgénicos // Las aplicaciones en humanos podrían llegar en 20 años

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Los seres humanos y los chimpancés comparten el 99% de sus genes. Sin embargo, las personas pueden vivir alrededor de 100 años, mientras que la vida máxima de los simios es de unos 50. A partir de esta paradoja, los científicos creen que el secreto de la longevidad, el elixir de la eterna juventud, se encuentra en unos pocos detalles genéticos sobre los que es posible actuar, con el ambicioso objetivo final de multiplicar la esperanza de vida humana.

Científicos españoles del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) han dado ahora un importante paso hacia la inmortalidad, todavía muy lejos en el horizonte de la ciencia. Un grupo coordinado por la directora del Programa de Oncología Molecular del CNIO, María Blasco, ha conseguido crear una cepa de superratones transgénicos con un 45% más de vida media, actuando sobre un puñado de genes concretos. “Es como si los humanos viviéramos un promedio de 125 años”, explica la investigadora.

El secreto de estos matusalenes roedores está en la activación de tres de las estrellas en el campo de la investigación oncológica: telomerasa, p53 y p16. Su funcionamiento es relativamente sencillo. Los extremos de los cromosomas, denominados telómeros, son fundamentales para la vida de las células, ya que garantizan la estabilidad de los propios cromosomas, de la misma manera que el remate plástico evita que se deshilachen los cordones de los zapatos o la goma del pelo impide que se desmelene una trenza. A medida que el organismo envejece, la longitud de los telómeros se acorta, afectando a la arquitectura del cromosoma y, por lo tanto, a la vida. Sin embargo, existe una proteína, la telomerasa, que alarga la longitud de los telómeros. En las células cultivadas en laboratorio, la telomerasa convierte a las células en inmortales. Es la enzima de la eternidad.

El gen p53, conocido como el guardián del genoma, es otra de las claves de la longevidad de los ratones del CNIO. La vida del ser humano, a la postre, depende de este gen. Es, en palabras de los investigadores que lo estudian, el responsable del control de calidad de las células. El gen, además, actúa como un policía, rastreando los genes corrompidos, que se dedican a inducir la multiplicación incontrolada de las células: el cáncer. Los científicos del CNIO demostraron en julio de 2007, en un estudio publicado en Science, que el p53 no sólo supone una barricada contra el cáncer, sino que también constituye un seguro de longevidad.

El tercer responsable de la longevidad de los ratones es el gen p16, otro supresor tumoral. “Al activar p53 y p16 en los ratones, la incidencia de cáncer disminuye prácticamente a cero”, explica uno de los colaboradores de Blasco en este estudio, el investigador del CNIO Manuel Serrano, en Santander, donde ambos han acudido para participar en los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. “No pensamos que los ratones vivan más porque tengan menos cáncer, sino porque estos genes también protegen del envejecimiento”, añade.

Genes ‘dormidos’

Al estimular los genes p53 y p16, dormidos en la mitad de los tumores humanos, los investigadores han conseguido eliminar el riesgo de cáncer, uno de los peligrosos efectos nocivos de la enzima de la inmortalidad. La telomerasa permite a una célula normal dividirse indefinidamente, pero al precio de convertirse, probablemente, en tumoral. Al activar los genes anticancerosos, este problema desaparece y sólo quedan el aspecto positivo: la perennidad. “Si quitamos los problemas oncológicos con el gen p53, la telomerasa es fantástica”, asegura Blasco. 

Para la investigadora española, estos superratones demuestran, por primera vez, que la telomerasa es un gen de longevidad. “El elixir de la eterna juventud ya no es utópico”, subraya. “La ciencia no tiene límites; si podemos hacer que un ratón viva un 300% más, que en lugar de vivir tres años alcance los nueve, lo haremos”, sostiene. Las aplicaciones de este descubrimiento para el ser humano, si se confirma que las conclusiones en ratones son extrapolables al hombre, no llegarán hasta dentro de 20 años, comenzando por los pacientes con envejecimiento prematuro. De hecho, algunas empresas de Estados Unidos ya están probando activadores de la telomerasa en personas con los telómeros más cortos de lo normal, como los enfermos de sida. 

El objetivo, a juicio de Blasco, es mimetizar la acción de estos genes mediante una combinación de fármacos. Crear una píldora capaz de aumentar de manera drástica la longevidad de las personas, haciéndolas, además, inmunes a las enfermedades. 

El siguiente paso de los científicos del CNIO será actuar sobre los genes que disminuyen el daño metabólico, producido por las reacciones químicas que llevan a cabo de manera constante las células para mantenerlos vivos. Según Serrano, su equipo ya ha conseguido ratones modificados genéticamente con un metabolismo menos perjudicial, gracias a la activación del gen SIRT1, que prolonga la vida media de las células mediante la producción de unas enzimas conocidas como sirtuinas. El SIRT1, unido al cóctel formado por la telomerasa, p53 y p16, promete otro salto hacia la inmortalidad.

La oncóloga molecular María Blasco (Alicante, 1965) fue el primer científico español en recibir la prestigiosa medalla de oro de la Organización Europea de Biología Molecular. Tras doctorarse en Biología Molecular y Bioquímica de la mano de la Premio Nacional de Investigación Margarita Salas, Blasco inició su investigación sobre los telómeros en el Cold Spring Harbor Laboratory de Nueva York. Desde 2003, dirige el Programa de Oncología Molecular del CNIO y se ha convertido en uno de los científicos más reputados en biología molecular, al ser responsable de más de cien estudios, publicados en revistas como Science, Cell y Nature. Blasco pide al recién creado Ministerio de Ciencia que promueva la creación de un Centro Nacional de Investigación del Envejecimiento para apoyar este tipo de estudios, al estilo del veterano National Institute on Aging de EEUU. “Ya se ha hecho en otros países, como Inglaterra y Alemania, pero en España siempre vamos un poco por detrás, y en este caso más”, critica.