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El azar

"Una niña merodea entre los matorrales que rodean la playa. La marea está baja y, en este junio lluvioso, el monte le parece aún más tupido"

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Tendida sobre la arena, Marion se quita el sujetador, cava con la espalda la arena tibia y siente un pinchazo. Es una caracola que brilla al sol, parece muy antigua. La deja a un lado y baja los párpados, que transparentan un sol rojo. Junto a ella, Jonás se dispone a hacer una prueba de la que dependerá su futuro. Está loco por Marion y no se atreve a decírselo. Recoge la caracola, la estudia. Desde las pequeñas ventanas que el tiempo abrió en la concha ve que se trata de una espiral logarítmica, de esas que giran y se expanden a partir de un punto infinitesimal. Decide entonces apoyarla en el ombligo de la muchacha: si mantiene el equilibrio durante más de dos minutos, la pedirá que se case con él. Si se cae, se alejará de ella, como se alejan del centro esos círculos infinitos. Cuando está extendiendo la mano percibe que Marion tiene un ombligo extraño, hacia fuera, en el que es imposible que se sujete nada. En el cielo, un halcón peregrino dibuja curvas cada vez más amplias.

Cuarenta años antes de esta escena, una niña merodea entre los matorrales que rodean la playa. La marea está baja y, en este junio lluvioso, el monte le parece aun más tupido. Lleva una manzana en el bolsillo, es lo único que tiene para comer. Si rebusca de noche, tal vez encuentre algo, los alemanes deben de estar dormidos en sus puestos de vigilancia. Además, el hambre es más fuerte que el miedo y ella tiene buenas piernas para correr. Mira hacia el cielo. Como hermosas cometas preñadas, ve flotar un milagro de paracaídas. Se queda observándolos hasta que, desde la costa, suenan disparos. La muchacha corre y se esconde, tropieza, cae de bruces sobre un soldado que parece dormido, pero que tiene los ojos abiertos, casi transparentes, ojos que miran el cielo como si formularan una pregunta. No es alemán, porque los alemanes no visten ese uniforme. Procurando no mancharse con la sangre desbocada le revisa los bolsillos, encuentra una medalla, algunas monedas extranjeras, una caracola irisada, una foto. Esconde el dinero y lanza la caracola hacia el mar. De pronto unas manos enormes la sostienen por el cuello. Es un soldado alemán, que le arranca las monedas repitiendo furioso: 'dólar'. Mientras camina con las manos en la nuca, la niña piensa que, si hubiera tirado la moneda en lugar de la caracola, hubiera podido salvar su vida.

De pronto unas manos enormes la sostienen por el cuello. Es unsoldado alemán, que le arranca las monedas repitiendo furioso: 'dólar'

Siglos atrás, también en Normandía, avanza una multitud. Se ha declarado la peste y los profetas venden la salvación o amenazan con la hoguera. Desesperadas, las madres lanzan a los recién nacidos al mar, como si mecerse en las olas fuera un tormento menor que la vida. Doncellas guerreras prometen salvarlos y, aunque nadie les cree, las siguen, la confianza alimenta. Algunos avanzan hacia un destino incierto, otros retroceden con las carretas en las que duermen los difuntos y, cuando se agotan, los abandonan al costado del camino, sin tiempo para cerrarles los ojos. Todos tiemblan, menos una niña que sonríe y trota detrás de la multitud. No tiene familia, al menos no la recuerda, sólo posee la ropa que lleva puesta y una caracola que recogió en la playa. Hace cabriolas para recibir algunas monedas y las recibe mechadas con frases hostiles que no le importan porque es sorda. Los golpes sí, los golpes le duelen y ha jurado vengarse. Así perdió el oído. La próxima vez que me toquen, se dice, la próxima vez. Y llega la ocasión, cuando un soldado está empujando a una muchacha a la hoguera. La niña juega delante de él, extiende la mano, y el soldado, molesto por el silencio de la multitud y por el llanto de la condenada, le lanza un golpe y le arranca la caracola que cuelga de su cuello. Entonces la niña escupe un diente. Por la noche, entre las ascuas dormidas, escoge una brasa y la acerca a la carreta de heno en la que ronca el soldado. Un rato más tarde, el pueblo está ardiendo y el soldado grita, con la melena en llamas.

Hace demasiado frío en este anochecer de hace doscientos mil años. Junto a las hogueras, a lo lejos, la manada se devora a sí misma. Este invierno no hay caza ni se puede pescar, las briznas de hierba no atraviesan el hielo. Ennegrecido, el bosque parece muerto, entre los árboles gigantescos la nieve borra de inmediato la huella de las presas. Una hembra se ha retrasado, ya no puede seguir a su grupo. Tampoco tiene tiempo de llegar a la cueva, donde podría tenderse sobre las pieles. Está sola en la playa y el vientre le pesa. Hace rato que siente miedo. Miedo y premura. ¿Cómo podrá sobrevivir en mitad del hielo? ¿Qué hará sola, hasta que llegue el calor? El mar es un campo sobre el que se puede caminar. La obligan a acuclillarse los golpetazos en el vientre. Nunca ha parido, y la boca se le llena de baba, el amasijo que brotará de ella puede ser su salvación. Sabe también que aquello no es fácil. Sangre, hay mucha sangre entre sus piernas, siempre precede la sangre. Sangre roja y espesa, caliente, alimenticia. Brama asida a sus rodillas, empuja, ruge, el esfuerzo la quiebra. Cuando casi está agotada, cuando ya no puede más, por fin algo cae. La hembra olisquea el amasijo pringoso, lo revuelve con el hocico. Está por empezar a lamer la sangre, abre las fauces sobre el cuerpo apetecible. Qué fácil lanzarse sobre ese alimento indefenso que comienza a gemir, la saliva y el hambre le anegan la garganta. De pronto, entre la nieve que cubre la playa, ve un resplandor. Es una caracola brillante y la distrae por un segundo de su avidez. Ha salido la luna, que enciende con reflejos irisados el objeto. La hembra, cansada, siente que en algún lugar de su cuerpo despierta una emoción desconocida. Todo brilla bajo la luz blanquecina, en el silencio extraño el cielo es un amasijo de estrellas. Cierra las mandíbulas, aprieta los dientes, se contiene. Con el sílex que lleva en la cintura perfora el caparazón, esboza un gesto, y cuelga el talismán en el cuello de su hija.

Cuando el mundo era un desaforado océano azul, cuando toda forma de vida estaba en el agua y sólo había en la tierra rocas desnudas, surgieron los primeros gasterópodos que se arrastraron hacia las playas. De esto hace más de quinientos millones de años. Quizá la paciencia de las sales marinas permitió que acumularan las bellas capas de su piel, quizá fue el azar minucioso quien los talló dibujando en sus conchas una espiral que se expande. Hermosos, pero inermes, brincaban sobre las olas bravías, crepitaban en la espuma, flotaban. Así, empujada por el mar, llegó una caracola a la costa. Apenas había nubes, las tierras emergidas flotaban hacia el sur y Europa era apenas una isla en cuya playa se dejó caer el molusco, comenzó a retorcerse, se replicó a sí mismo, alargó sus anillos hasta convertirlos en remolinos, huracanes, galaxias.