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Cuando el ballet ruso invadió Europa

El Victoria &Albert de Londres dedica una exposición a Sergei Diaghilev, el gran impulsor de las vanguardias en la danza

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Sergei Diaghilev ya había maravillado a París con sus producciones de ballet en los años anteriores. Pero en 1913 dejó a todos espantados con el dramático, y también caótico, montaje de 'La consagración de la primavera', con música de Igor Stravinsky.

La crítica sufrió un ataque de ira. Es la “apoteosis de la fealdad”, se leía en los periódicos. La coreografía de Nijinsky y el vestuario exigía movimientos difíciles y algo forzados a los bailarines. El director de la orquesta, impertérrito, iba a lo suyo.

“Es exactamente lo que yo quería”, le dijo Diaghilev a un preocupado Stravinsky tras el estreno. La obra sólo estuvo cinco días en cartel en París, y cuatro en Londres.

Diaghilev no podía saber que la influencia de esa obra continuaría haciéndose presente en el ballet durante décadas. O quizá sí.

Nadie podía ganarle en confianza en su propio talento. El hijo de una familia de terratenientes rusos dedicados a la producción de vodka se había convertido en el impulsor de la modernidad del ballet europeo. Su lista de colaboradores era el plantel completo de la mejor vanguardia del arte de la época.

El Victoria & Albert de Londres le dedica hasta el 9 de enero una completa exposición con la que se puede apreciar el impacto que el ballet ruso tuvo en los primeros 30 años del siglo XX. Fue la edad de oro de una disciplina artística que ya había alcanzado en Rusia su mayoría de edad.

Diaghilev era en principio el promotor y director artístico, pero en realidad fue la persona que con sus dotes organizadoras, su carisma y hasta su genio irascible hizo posible todo eso. Como le dijo a Alfonso XIII: “Yo no hago nada, señor, pero soy imprescindible”.

Pueden dar fe de ello Stravinsky, Prokofiev, Debussy, Ravel o Manuel de Falla. Todos ellos fueron embaucados –o simplemente contratados– por Diaghilev para aportar sus composiciones.

Cuando tuvo claro que las vanguardias artísticas debían estar en el escenario, reclutó a Picasso, Gris, Miró o Bracque. “Ese ogro, ese gigante, ese príncipe ruso que sólo vivió para crear maravillas”, dijo de él Jean Cocteau.

Dicen de él que fue el primer homosexual que fue aceptado como tal en su época. Tuvo una relación larga que nunca ocultó con su bailarín estrella, Vaslav Nijinsky, hasta que este se casó con una joven húngara en mitad de una gira por Latinoamérica.

Ciego de ira, Diaghilev ordenó que fuera despedido, aunque después tuvo que movilizar sus influencias para que Nijinsky fuera sacado de una prisión húngara durante la Primera Guerra Mundial.

Picasso fue uno de los que cayó bajo su encanto y su palabrería. En la exposición, se puede apreciar en su inmensidad los 120 metros cuadrados del telón de escenario diseñado por Picasso para el ballet 'El tren azul', inspirado en el cuadro 'Dos mujeres corriendo por la playa'. Y el vestuario realmente cubista que ideó para 'Le Tricorne', con música de Falla.

El vestuario, la música y la escenografía están presentes en la exposición, que permite ver proyectados en una gran pared los movimientos de Begoña Cao, bailarina del Ballet Nacional Inglés, como si estuvieras detrás del escenario.

Mucho antes de ser conocido por reyes, príncipes y artistas, ya tenía claro lo que podía hacer. “En primer lugar, soy un gran charlatán, aunque con brío”, le dijo a su madrastra en 1895. Tengo todo lo necesario, menos el dinero”.

Murió arruinado en un hotel de Venecia. Lo había gastado todo en su arte.