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Daniel Burman encuentra la vena cómica del drama

El director argentino vuelve a tratar la familia con la película 'Dos hermanos'

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Un dato autobiográfico: hay hermanos entrados en años que cuando se duchan oyen la voz de la madre, aunque no esté cerca, por encima del ruido del agua al correr. 'Es cierto. Suceden cosas curiosas entre los hermanos. Para empezar, es alguien que comparte parte de tu código genético pero que, al mismo tiempo, es un total desconocido', asume el director argentino Daniel Burman. En su último filme, Dos hermanos, el metraje está salpicado de un sonidito como de llamada telefónica. 'Es como una sublimación musical del teléfono. Como una llamada del uno al otro que todo el tiempo resuena entre ellos porque la presencia del otro excede lo meramente físico', explica el director, que ha conseguido llevar a las salas de cine argentinas a más de 600.000 personas en dos semanas. A partir del viernes, prueba suerte en España.

Es un hecho. Daniel Burman ha dirigido su película más comercial y convencional (y también una de las más cómicas), si bien no se ha separado de su material cinematográfico predilecto: la familia. Si en El abrazo partido (2004) ponía el foco en un hijo y su relación con su padre ausente, y luego en El nido vacío (2008) exploraba el síndrome que sufren los padres cuando sus hijos se van de casa, ahora aborda la orfandad adulta: eso que les pasa a dos hermanos una vez que muere la madre. 'Uno nace solo y cree no estarlo porque está con los padres, luego porque está con los hijos. Nos pasamos la vida haciendo malabarismos para no estar solos. Cuando muere la madre, es cuando se asume la real orfandad', mantiene.

'Una noche resolví el mundo con Jorge Drexler'

Precisamente esto, en una versión exagerada y paródica, es lo que le sucede a Marcos (órfebre sensible y apocado) y Susana (torbellino embaucador y manipulador). Dos hermanos que rondan los sesenta años y que practican aquello del ni contigo ni sin ti. Cuando los padres mueren, los conflictos, que se han fosilizado desde que eran niños, estallan en términos infantiles. Burman desarrolla aquí su habitual antisentimentalismo con más dosis de humor negro del habitual. 'No sé si es humor negro o más bien que incluso en los momentos más negros de la vida hay humor', dice.

Lo cierto es que la búsqueda de la identidad es una vez más el eje del mundo que plantea Burman. En este caso, el director la compara directamente a la construcción de personajes de una obra dramática (Edipo Rey), que ensaya Marcos (Antonio Gasalla). De hecho, entre los muchos temas que abre la película (como la madurez), también está el del fracaso y los discursos (o simulacros) que emprendemos para justificarlo. 'Me fascina cuando esos discursos de justificación acaban siendo exitosos, cuando se convierten en la realidad'.

Un último detalle. Para sorpresa de los noctámbulos de la noche madrileña, un guiño: el local Tony 2 tiene un papel estelar en Dos hermanos. Antonio Gasalla (que interpreta a Marcos) habla en varias ocasiones del mítico piano-bar de la calle Almirante, que funciona como un microcosmos 'donde se puede ser verdaderamente uno', apunta Burman. 'Una noche resolví el mundo con Jorge Drexler allí', reconoce. 'Siempre pensé que debía usarlo en una película'.