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"Nunca entendí la muerte"

El escritor y corresponsal de guerra estadounidense relata en ‘Di su nombre' la trágica muerte de su esposa y el traumático duelo posterior

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Una noche de otoño de 2002, durante la presentación de un libro en un bar de Brooklyn, el escritor Francisco Goldman quedó hipnotizado por la voz áspera de una mexicana de tan sólo 25 años. Recitaba de carrerilla un viejo poema de George Herbert titulado The Collar, unos versos afligidos sobre lo mundano y lo divino. Goldman, inquieto, no pudo evitar preguntar a la improvisada trovadora de dónde venía ese deje judío en su inglés. La joven respondió resuelta que su afición a la serie Seinfeld fue la que terminó por modular su dicción.

Él, por aquel entonces, ya era un reputado escritor con dos novelas en su haber: La larga noche de los pollos blancos (1992) y El marinero raso (1997). Ella, en cambio, era todo augurios. Él había visto la muerte de cerca en sus correrías como reportero de guerra en países como Guatemala o Nicaragua. Ella había crecido entre libros y se preparaba para comenzar un doctorado en literatura hispánica en Columbia.

Tras ese encuentro y el correspondiente apasionado noviazgo, Francisco Goldman de 47 años y Aura Estrada de 25 se casan. El 24 de julio de 2007, apenas dos años después de su enlace, les sobrevino la tragedia en una playa mexicana. Aura fue arrollada por una ola en el Pacífico mientras practicaba surf, su columna vertebral quedó muy dañada y murió al poco tiempo.

Después, la nada. 'El abismo más absoluto', precisa Goldman. 'Estuve básicamente borracho durante tres o cuatro meses, en muy malas condiciones, si es que alguna vez estuve en buenas', confiesa el escritor mientras descorcha una botella de tinto. Tocó fondo el 31 de octubre, noche de Halloween. 'Yo andaba borracho como siempre y me atropelló un coche a las cuatro de la mañana. Desperté en una ambulancia y en el hospital me dijeron que corría el riesgo de sufrir una hemorragia y que, en ese caso, podía morir'. Goldman ya tenía cerca lo que andaba buscando. 'Fue entonces cuando me dije: tienes que tratar de vivir de una manera que no cause vergüenza a Aura'. De ese instante de lucidez surgió el germen de la novela Di su nombre (Editorial Sexto Piso). 'Soy escritor, el único modo que tenía de reaccionar ante la realidad es escribiendo, no tenía otra opción; o escribía o me entregaba al abismo', comenta.

Tras un diagnóstico nada halagüeño, –el autor sufría trastorno por estrés postraumático con episodios psicóticos y alucinaciones– Goldman se puso manos a la obra. 'Me quisieron empastillar pero me negué, sentía la obligación de no huir de nada. Quería estar muy atento a todo lo que me pasaba, si sufría una pesadilla o una alucinación me sentaba y lo escribía'.

El resultado es un libro crudo que no rehuye el dolor, más bien al contrario, lo encara sin atenuantes. Goldman se afana por recuperar todo lo vivido con Aura; sus viajes a París, el día a día en Brooklyn, sus pequeños rituales cotidianos. Un minucioso viaje por el pasado que desemboca en el fatídico día del accidente, cuya narración el autor reserva para el último tramo del libro. 'Es lo más difícil que he escrito en mi vida, nunca hasta la fecha había escrito llorando, temblando, reviviendo el trauma pero al mismo tiempo tratando de retener cada detalle de aquel día'.

Goldman llegó a pensar que nunca superaría la pérdida de Aura. De hecho, le ha llevado casi cinco años pasar página y alcanzar –en palabras de su psicóloga– un 'comportamiento algo constructivo'. Un duelo brutal que ni siquiera la escritura pudo redimir. 'Soy consciente de que ningún psicoanalista va a recomendar a sus pacientes que lean Di su nombre, –asume el autor–, la mayoría de escritores que tratan el tema del duelo buscan dominarlo a través del entendimiento. No es lo que yo buscaba, sino tan solo ser fiel a la experiencia, poner toda mi atención en recrear lo vivido. Nunca entendí la muerte'.