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Falta sin fondo

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José Antonio Labordeta encarnaba el humanismo y la autenticidad. Representaba los valores de una izquierda democrática y libertaria y del culto a la amistad, la memoria de Zaragoza y de los pueblos, la canción protesta y las canciones de amor, la defensa de lo local y la curiosidad por lo universal.

Su llaneza y su sinceridad le proporcionaban una conexión instantánea con la gente de la calle, que iba más allá de las ideologías, y al mismo tiempo era un hombre cultísimo, un apasionado de la poesía: fue el hombre que se opuso a la guerra de Irak con un poema. Aunque militó en partidos, era un espíritu rebelde, un hombre trabajador que iba por libre. Tenía una ironía brutal y traviesa. Su aparente aspereza era en el fondo pudor, y apenas enmascaraba su ternura y su generosidad.

Le gustaba la conversación, y ahora, cuando no podía salir, sus amigos iban a verlo por las tardes: el Abuelo escuchaba y contaba, hablaba de tordos o los libros que había leído. Nunca perdió el interés por lo que ocurría a su alrededor. Una de las últimas veces que lo vi por la calle fue junto al Ebro: había ido con su mujer, Juana, a ver la crecida del río. Nos deja un ejemplo admirable, 16 discos y más de una veintena de libros, entre los que hay poemarios, novelas y memorias. Pero José Antonio, como decía su admirado César Vallejo, nos va a hacer una falta sin fondo.