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Impresiones de una naturaleza bajo control

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Con el mismo brío con el que defendió los árboles del bulevar que peligraban por los impulsos exterminadores del alcalde de Madrid, la baronesa Thyssen se encadena en esta ocasión a las vistas de flores, huertos, paisajes y una sociedad sin problemas, retratada a las mil maravillas por los impresionistas a finales del siglo XIX y principios del XX. La exposición Jardines impresionistas explora el desarrollo de los usos privados de la naturaleza en plena hoguera parisina. La Comuna movía las tripas de la ciudad y los pintores dibujaban el mundo ideal que los burgueses buscaban. Mejor mirar jardines que el fuego revolucionario.

Los impresionistas encontraron en los jardines el motivo perfecto de una clase que se retiraba del mundanal ruido, dedicada al disfrute de sus dalias y sauces llorones. En el Museo Thyssen-Bornemisza tienen su mejor refugio: Carmen Cervera ha incluido en la muestra 22 pinturas de su colección privada, que en estos momentos el Ministerio de Cultura quiere alquilar a la baja, antes que aceptar la prórroga de gratuidad que ofrece la baronesa.

Si bien hasta el momento no se había visto en este país una exposición monográfica sobre el motivo que permitió soltar la pincelada a los impresionistas, también hay que destacar notables ausencias entre las 130 pinturas reunidas entre las sedes del Museo Thyssen y las salas de la Fundación Caja Madrid. Desde Barbizón a los ejercicios posimpresionistas, llama la atención la invasión de las huertas de Pisarro y la carencia de jardines de Monet. De hecho, es en su vergel de Giverny donde el pintor francés culmina su proyecto pictórico y el de su grupo, pero del que sólo tenemos una referencia de aquellos nenúfares. De entre todos ellos emerge la figura soterrada de Cézanne, con obras incluidas entre los ejercicios precedentes a las vistas impresionistas y las posteriores. Una obra inagotable, que enmarca el principio y el final de los apuntes al aire libre de los Manet, Caillebotte y Renoir.

Descubrir los recursos que se inventaron estos pintores para crear un motivo al gusto de sus clientes es lo más interesante de esta compilación de vistas (que en el caso del español Darío de Regoyos no pasan de ser meros paisajes). Los impresionistas plantaban para pintar, para tener controlada a su musa, para conducirla y sostenerla. Ellos prefirieron el terruño a la tela. Toda la pintura que utilizaron en sus cuadros la habían cultivado antes en sus parcelas. Fueron pintores con bolsillos llenos de semillas, inventaron la naturaleza a gusto de sus deseos para jugar a la verdad del instante mientras remataban en sus estudios, a refugio.