Publicado: 01.04.2015 14:49 |Actualizado: 04.04.2015 08:00

Prepublicación | 'El ejército negro'

"Malditos sean nuestros enemigos"

El escritor Servando Rocha viaja hasta Oakland para conocer a los Dragones de la Bahía del Este, el clan negro sobre ruedas más legendario y longevo de todos los tiempos. El resultado de esta aventura es 'El ejército negro. Un bestiario oculto de américa', una obra oscura, monumental e hipnótica.

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EBDragons

Los Dragones posan frente al bar de Helen, Oakland. Septiembre de 1966. EBD Archive.

Ahora. 29 de septiembre de 2011.

En Oakland, «Tierra de Dios».
Una habitación. Una gran sala pintada en colores blanco y amarillo. Luto y desolación. Un séquito de fieles, amigos y conocidos rinden respeto a Hassan «Ike» Sayyid, un Dragón de cuarenta años que yace muerto en un ataúd de madera cubierto con los colores del club.

Benditos sean los supervivientes.

Malditos sean nuestros enemigos.

Hileras de visitantes entran y salen en ordenada procesión. Cada uno ofrece un pequeño gesto de recuerdo en medio de una escena de desgarro y tristeza infinita. Juntos, en comunión, en medio del antiguo rito de despedida y cortejo. Hombres cabizbajos y torpes, incómodos ante la cruel muerte, amontonados en la puerta, hablando en voz baja e intercambiando palabras y gestos. Alguien comienza una frase, para luego pararse en seco. Lo que no se dice es lo más importante. Otro día más en el abismo.



Un hombre con gorra y gafas de sol, sentado rígido frente a la mortaja, mira a un punto indeterminado del salón. La vida, hermano, es el agua que se vacía. Ningún músculo de su rostro se mueve. La vida, hermano, es el agua que se vacía. Una apariencia marmórea e imponente. Se está hundiendo. Tras él, y dejando caer suavemente las manos sobre sus hombros, un Dragón mucho más joven intenta consolarlo. Cantemos «Deep river» cuando se hunda.

—Fue un buen chico— le dice.
—Lo sé— contesta.
—Esta época de mierda no respeta nada, ni tan siquiera a un buen hombre— añade.
Ahora el silencio es permanente. Ahora Ike calla para siempre. Se está hundiendo.
Traga todo esto o escúpelo.

En Oakland, capital de la Tribu del Trueno.

Portada 'Ejército negro'

Aquí y allá se escuchan suspiros intermitentes y, de vez en cuando, el ruido de sillas que se arrastran como chirriantes quejidos artificiales. Fuera, en la acera, entre numerosos ramos de flores, un cartel con la imagen de Ike y la siguiente leyenda: «Cabalga en el paraíso». Los periodistas van de un lado a otro a la caza de alguna declaración, mientras grupos de curiosos observan silenciosos la escena del crimen, cuyas señales aún se conservan. Imposible olvidar. «Ike no estaba preparado para morir —afirma indignada una vecina llamada Tiffany—. Este es un crimen entre negros. Esto tiene que parar. Estoy muy triste». Nadie puede evitar pensar en la eterna danza macabra, siempre dispuesta a ese último y definitivo baile.

En Oakland, morada del Dragón.

El diablo vigila.
El diablo acecha.

Las palabras rebotan en la habitación, cruzando veloces las calles y adentrándose en los patios de los vecinos, en los edificios grises y en los parques de la ciudad: «Lo que sois, lo fuimos nosotros; lo que somos, vosotros lo seréis». En un lateral de la sala, una lata de refresco rebota hasta caer en el depósito de la máquina. Alguien se agacha y extrae una Pepsi. Las otras máquinas duermen a lo largo de la acera con sus vientres metálicos calientes a punto, mientras los transeúntes giran curiosos sus cabezas hacia el interior del local. Bienvenido a la tierra del dragón.

Benditos sean los supervivientes.

Malditos sean nuestros enemigos.

Chosen Few 2

Peinetas, miradas desafiantes e indumentaria básica, los Dragones en estado puro. 

Frente al lugar, parejas de polis van y vienen discretamente. «Nos tienen respeto —comenta Rasheed—. Hemos tenido dos o tres incidentes con la policía en cincuenta y cinco años. Pero cuando los ves cargar, la manera en que cargan —Rasheed, con evidente hastío, mueve la cabeza de un lado a otro— es como si estuvieran esperando problemas serios». Los agentes saben lo suficiente como para no meter la pata. Hasta allí han acudido otras tribus negras y multirraciales de toda California, como Chosen Few, Defiant Ones o Wheels of Soul. Son locos sobre ruedas, gente acostumbrada a rodar sobre fuego y a muerte. Esta es una escena repetida una y otra vez, cuando los clanes se despiden de los suyos y rinden un sentido homenaje a los caídos, justo cuando los noticiarios se hacen eco de otra muerte a manos de clubs rivales. O al menos eso dicen, aunque no tengan ni puñetera idea de nada. Ni tan siquiera la autoridad puede explicar lo sucedido.

LOS HECHOS: eran las diez menos cuarto de la noche pasada cuando un enmascarado irrumpió en el garaje que hace las veces de sala social del club. Al fondo, una pantalla de televisión emitía un capítulo de Sons of Anarchy, la famosa serie sobre motoristas forajidos. Un grupo de Dragones veía tranquilamente la televisión. El pistolero disparó a quemarropa sobre Ike y luego huyó a toda prisa. La ambulancia no tardó en llegar, pero los médicos poco pudieron hacer por salvar su vida. Ike falleció en el hospital de Highland en medio de una interminable sucesión de rugidos de motocicletas de nerviosos jinetes que se acercaban para interesarse por su estado de salud.

LAS CONSECUENCIAS: más de uno tiene sus propios planes. «Y fueron hechos relámpagos y voces y truenos; y hubo un gran temblor de tierra..., y cayó del cielo sobre los hombres un gigantesco granizo..., y las ciudades de las naciones cayeron», la antiquísima justicia divina.

En Oakland, «Tierra de Dios».

En el local del club, antes de que Ike emprenda su último viaje, se exhiben los retratos de todos y cada uno de los que partieron. «He perdido a unos cuantos hermanos, mucha gente que estaba involucrada en cosas de las que yo no tenía ni idea. Mis hermanos están ahí arriba —Tobie, visiblemente emocionado, señala la hilera de retratos colgados en lo alto del salón principal de la sede—.

Todos ellos cayeron en acto de servicio». Luego, tras guardar silencio unos segundos, me mira fijamente: «No me gusta hablar de eso. Es triste. Yo llevaba encima dos pistolas por si alguien quería matarme», concluye. Estos son los viejos tiempos. Estos son los nuevos tiempos. Cada Dragón es consciente de que algún día, cuando el viento barra los recuerdos y nadie recoja el testigo, la Historia acabará por derrotarlos, enterrando el viejo sueño. Y luego... retazos de tiempos pasados. Borrón y cuenta nueva. Ningún botín. El premio será una bandeja vacía. Nada que conservar salvo un parche y un puñado de imágenes en color sepia.

Benditos sean los supervivientes.

Oakland, Oakland, Oakland.
En Oakland, siempre Oakland.

Malditos sean nuestros enemigos.

Alineación oficial

Alineación oficial de los elegidos. Fotografía de Elliot M. Gold

Surgen nuevos desafíos. Los nuevos reclutas se pasean bajo ropajes distintos y cantando al pasado, retándolo a recitar sus propias canciones, a no perder el ritmo: «Nuestras acciones se precipitan —cantaron The Fugs, como una advertencia destinada a todo temerario—. Será algo excitante y maravilloso si logramos sobrevivir a todo». Los años pasan eléctricos y voraces como grandes cataratas, vórtices que lo engullen todo sin previo aviso mientras las heridas se cierran; pero el rostro queda ya irremediablemente desfigurado. El mismo espíritu. La vieja música dando paso a sonidos graves y acompasados propios de esta nueva fase donde los más jóvenes acuden prestos a escuchar a los más antiguos, tarareando la vieja canción cowboy «The old chisholm trial», esa que dice: «Venid, muchachos, y escuchad mi historia».

Aquí, en la morada del dragón, nadie se ha percatado de que sigilosamente un fantasma ha entrado en la habitación. Ningún Dragón se ha dado cuenta de que hay un nuevo acompañante que, silenciosamente, se ha sentado en una esquina y ahora observa la escena con gesto serio. Persiguiendo la sombra del dragón, el escritor y aventurero Henry de Monfreid ha adoptado la apariencia del mejor escritor sobre motoristas. Él es el fantasma que parece recitar lo que dejó escrito en Le feu de Saint-Elme: «No tengáis miedo de la vida, no temáis jamás la aventura. Confiad en el azar, en la suerte, en el destino. Partid a conquistar otros espacios, otras experiencias, el resto vendrá solo». Los muchachos escuchan la historia. Allí, en medio de una ficticia hoguera, todos se sientan silenciosos, dispuestos a escuchar cómo eran las cosas antes, tiempo atrás, cuando las bestias se paseaban imparables en medio de la jungla. Venid, muchachos, venid y escuchad mi historia, esa que habla de la época en que las ciudades de las naciones cayeron. Aquí, junto a la Tribu del Trueno. Sí, se sientan allí y escuchan como diantres era todo al principio y lo hacen sin miedo a la vida ni a la aventura, confiando en el azar, en la suerte o el destino. Porque el resto vendrá solo.
Se sienten conjurados.
Venid, muchachos, venid.

Entre ellos se esconden los espíritus de Richmond y Norfolk:

«Quedaremos una noche para empezar a disparar y los mataremos a todos ante nosotros. Así empezaremos en todas las ciudades».