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Mohr, la que huye de la luz

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'El nuevo planeta llegaría a ser para nosotros un vice-Sol que nos proporcionaría una luz inmensa; además, recibiríamos la luz accidental de sus satélites que, al gravitar en órbitas vecinas, podrían procurarnos hasta seis Lunas a la vez, cuando se hallaran reunidos en el semicírculo de nuestra órbita. De ello puede deducirse que estos grandes cometas, que atemorizan al género humano, son motivo de esperanza y no de temor, dado que su instalación en el torbellino sería la garantía de nuestra felicidad.'

Charles Fourier

Desde tiempos olvidados por los hombres, sea durante el mediodía, sea en ese instante en que el color del alba va trepando por las cosas o mucho después de que haya caído el velo de la noche, inmensas oleadas de luz inundan la isla de Mohr.

Mareas cegadoras que bañan los riscos y ahogan la sombra de los sicomoros; cuchillos de fina luz bruñida que se cuelan por los intersticios de las puertas entreabiertas, y se cuelan por las cerraduras y entre las lamas de las persianas, y clarean los gruesos cortinajes destinados a guardar los secretos de las casas que se amparan al pie de los acantilados.

Semejantes a negros joyeros de terciopelo son esas casas de los morenos habitantes de Mohr, asediados como criaturas malditas por el fulgor que irrumpe y avanza una vez y otra para recuperar sus antiguos derechos, que ciega las puertas y sella los ojos.

Y por eso la gente de hondas pupilas que vive en aquel lugar, sus hijos y los hijos de sus hijos, lucha sin descanso contra las tórridas oleadas luminosas: allí abundan toldos y celosías, y no hay morada ni templo que no esté resguardado al menos por un modesto atrio, ni calle alguna que no exhiba un emparrado cubierto de hiedra. Incluso el más humilde de los jardines discurre bajo un denso tejido de almendros y aligustres; sus sedientos follajes son mártires inmolados siempre y siempre a la ira de la luz.

Unas horas después, cuando por fin vuelve a su cauce la luz, y bestias y hombres salen aturdidos de sus refugios, los habitantes de la isla se organizan en brigadas para enterrar a los muertos y clamar con los que han perdido a un ser querido. Cuando cesan estos gritos dolorosos, el silencio más sombrío se apodera de las casas negra 

Sea de día o de noche, siempre que se desborda el río impetuoso, toda la isla de Mohr es un desierto por la violencia de la luz que ningún dique puede contener. En ese momento decisivo, quienes estén a la intemperie los que faenen sobre la tierra o los dos amigos que se abracen en un callejón, los perros que corran, los niños que griten y rían deben huir para refugiarse bajo la sombra más cercana. Bajo la sombra fraterna de quien se arriesgue a abrirles su puerta deben refugiarse, haciéndose un ovillo en el rincón de un atrio o enterrados en uno de los hoyos que con buen juicio se cavan a campo abierto para cuando llegue aquella grave hora.

Naturalmente, durante cada diluvio mueren algunos isleños: los que zozobran arrastrados por el impetuoso fluir y cuyos cuerpos cuarteados se encuentran más tarde con las pupilas todavía en llamas; o aquellos que extenuados, torpes o demasiado débiles para correr, son cubiertos por una ola de luz y sucumben encendidos como luciérnagas hasta que se extingue el último rescoldo. Pero también están los que quedan ciegos de por vida, por no hablar de quienes pierden la cordura y vuelven a ser niños, llamados heliotropos por los habitantes de la isla porque gastan el resto de sus días persiguiendo al sol.

Son numerosos además los grupos de aldeanos que mueren queriendo contener la marea de luz, pues, como ocurre en la mayoría de las islas, las gentes de Mohr tienden a hermanarse para casi todo. En tales ocasiones, mujeres y hombres oponen al refulgente enemigo la masa broncínea que forma el tejido de sus exquisitos cuerpos morenos, fervientemente enlazados unos a otros con los brazos y las piernas. Si alguien pudiera ser testigo de semejante estampa, seguro que se juzgaría afortunado de poder contemplar aquella muralla humana desafiando hasta la última gota de la crecida belicosa.

Unas horas después, cuando por fin vuelve a su cauce la luz, y bestias y hombres salen aturdidos de sus refugios, los habitantes de la isla se organizan en brigadas para enterrar a los muertos y clamar con los que han perdido a un ser querido. Cuando cesan estos gritos dolorosos, el silencio más sombrío se apodera de las casas negras de Mohr, y sobre el hondo surco de los campos, y enredado en el viento de los desfiladeros, aquel silencio también llora. Entonces, calladamente, hombres y mujeres recorren la ciudad bajo los emparrados de las calles, desiertas salvo por la fosforescencia lechosa de los que naufragaron durante la crecida, por sus cuerpos brillantes esparcidos aquí y allá como si de una lluvia de joyas se tratara.

Generación tras generación, los morenos habitantes de la isla de Mohr siguen bregando con sus persianas negras y sus jardines secretos y sus gruesos aligustres. Y en medio de risas y de vivos bailes siguen también luchando contra el asedio de los torrentes de luz, y se dice que incluso el menor de los hijos de esta tierra sabe que hasta el fin de los tiempos seguirá siendo así. Uno se pregunta por qué entonces no se van, por qué se empeñan en seguir viviendo en un lugar tan hostil. Cierto que se sabe de algún que otro grupo entusiasta de isleños que ha emprendido la odisea hacia los países más remotos; hacia países de oscuros inviernos que puedan ampararles bajo el frescor de su sombra han partido. Sin embargo, también se cuenta que ocurre lo mismo siempre: ellos disfrutan de la penumbra unos pocos días, a lo sumo unas semanas, pero pronto sus anfitriones descubren en sus ojos oscuros la llama del dolor, y ellos confiesan que desesperan de volver con los suyos, declarándose decepcionados de las ciudades más fastuosas que en los mundos puedan soñarse.

Porque aunque tal vez ellos no lo sepan, las mareas de luz son la materia preciosa que da forma al modo de vida vehemente que, desde tiempos ya olvidados por los hombres, acostumbran a llevar los habitantes de la isla de Mohr. Y se diría que tal vez por ese motivo tienen ellos lazos tan fraternos y son lúcidos como en ningún otro sitio es la gente, y cambian de obrar con tanta frecuencia como se asegura que hacen, agotando sus más quiméricos deseos cada día como si todas las noches la muerte les acechara y son, en fin, tan impetuosos en todo.

Además, ¿a dónde van a ir semejantes personas? No hay lugar, dicen ellos, en los mundos, que pueda soportar el ardor de gentes tan apasionadas, no hay sitio ni en los más remotos confines del sueño para quienes quieren vivir de esa manera. De ahí que se diga que sus hondos ojos, ciegos a la luz, son los ojos terriblemente deslumbrantes de aquellos que aman la vida, como ya nunca nosotros la podremos volver a amar.