Publicado: 12.11.2015 21:27 |Actualizado: 13.11.2015 07:00

Una moto, una cámara y el mundo por delante

El fotógrafo Walter Astrada atraviesa la India tras pasar por Turquía, Georgia, Armenia, Rusia, Kazajistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán, Mongolia y Corea del Sur a lomos de Atenea. En eso consiste su proyecto, 'The Journey': viajar y disparar a la vida 

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El fotógrafo Walter Astrada, junto a su moto, Atenea, en las llanuras de Mongolia.- WALTER ASTRADA

El fotógrafo Walter Astrada, junto a su moto, Atenea, en las llanuras de Mongolia.- WALTER ASTRADA

NUEVA DELHI.- El mundo está lleno de gente que no se ve capaz de renunciar a lo que tiene para hacer lo que quiere. El fotoperiodista Walter Astrada (Buenos Aires, 1974) no es de esas personas. Sabe que la vida son decisiones. La última que ha tomado es de las grandes: subirse a una moto y conducir alrededor del planeta sin mirar el reloj.

Su viaje empezó el 1 de mayo, cuando echó el cerrojo de su residencia en Barcelona. En seis meses, antes de que llegue el frío invierno, ha dejado atrás Europa, Turquía, Georgia, Armenia, Rusia, Kazajistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán, Mongolia y Corea del Sur. Un buen trecho, sin duda, pero apenas es el principio de su proyecto. Ahora, a partir de India, “el viaje cambia por completo”. De ritmo, sobre todo.



Esto de recorrer el mundo entero es algo que le viene de lejos. “En mi casa tenía un mapa en la pared y veía los países en los que había estado y los que me faltaban. Siempre pensaba ‘¿Y cómo solucionamos esto?’”, cuenta en una de las conversaciones que siempre van acompañadas de un café americano o de una cerveza. Las segundas, claro, tienden a acabar girando en torno al fútbol y a su amado Barça.

Viajero por naturaleza, este nómada se mueve por el interés de conocer países, personas y culturas. Le atrae saltar fronteras, ese invento humano que detesta. “Creo que viajar es algo que muchos deberían hacer. Nos ayudaría a pensar de forma distinta, a entender que no siempre el festivo es el domingo o que hay gente que come otro tipo de carne, pero también que hay muchas cosas en común que desconocemos”. En realidad, aclara, lo que está haciendo es una continuación de lo que ha hecho siempre. Explorar, descubrir, mezclarse con otras gentes, disfrutar.

Durante años, Walter ha pisado decenas de países para disparar su cámara y contarle al mundo lo que sucede. Lo ha hecho por libre o para medios y agencias internacionales como Associated Press o France Press. Sus pies de foto están firmados en países como República Dominicana, Haití, Guatemala, Congo, Uganda, Madagascar o Kenia. Esta no es la primera vez que aterriza en India, donde ya estuvo en 2009 trabajando en su proyecto sobre la violencia contra la mujer en el mundo.

Vivir sin ataduras

Ahora, en su paso por Delhi, aprovecha para dar un taller a jóvenes que aspiran a hacerse un hueco en la jungla de la Fotografía. Primer consejo del maestro a sus alumnos: que tengan los pies en el suelo y la cabeza serena. Que relativicen el significado generalizado del éxito y se dediquen simplemente a hacer un buen trabajo. Quien les habla acumula -en una lista de premios que nunca termina- tres World Press Photo, varios Pictures of The Year y el reconocimiento al Fotógrafo del Año de la Asociación de Fotoperiodismo Americana.

Primer consejo de Astrada a sus alumnos: pies en
el suelo y cabeza serena

Segundo consejo: vivir sin ataduras. “Todo debe caber en un par de mochilas”, afirma señalando las suyas. Y es que Walter vive de acuerdo a lo que predica. Guarda unos bártulos en casa de un amigo en Barcelona y el resto viaja dentro de un petate con él y con Atenea.

Ah sí, Atenea. La moto. Una Royal Enfield que compró en Madrid y que se ha convertido en su compañera más íntima en esta aventura. “Para este tipo de viajes la sabiduría ayuda mucho, pero yo no creo que la tenga toda. Es más, tengo muy poca. Le puse el nombre de una Diosa, alguien poderoso, porque al fin y al cabo es la que te protege”.

Segundo consejo: vivir sin ataduras. “Todo debe caber en un par de mochilas”

Para Walter, Atenea es más que un trasto de hierros que frena y acelera. Con ella supera o se cae ante obstáculos. Con ella pasa frío y se cala bajo la lluvia durante kilómetros. Con ella, al final, termina hablando. “Después de tanto tiempo juntos en la carretera, es casi como si estuvieras con un amigo. He tenido un par de caídas y tiene arañazos. No se los he reparado ni pintado, todas las marcas se quedarán en ella”.

Un sueño que comenzó en 2010

TuLpaR Kor, en Kirgistán.-WALTER ASTRADA

TuLpaR Kor, en Kirgistán.-WALTER ASTRADA

Fue en 2010 cuando Walter decidió que algún día viajaría por el mundo cabalgando una moto. Muchas veces había ido de paquete en sus trabajos sobre el terreno y ya era hora de coger los mandos él solo. Aún recuerda la carcajada de su colega Emilio Morenatti cuando le contó su plan en Haití. Emilio tenía sus motivos: su amigo no tenía ni moto ni carnet. Pero al argentino se le metió entre ceja y ceja la idea, descartó hacer la ruta en bicicleta (“cuando me cruzo en el camino con alguien en bici subiendo cuestas pienso que no sé si estoy preparado para eso, qué valor tienen”), se sacó el permiso de conducir, se hizo con Atenea y lo dispuso todo para salir. Una dura lesión de rodilla el año pasado retrasó la misión varios meses, pero finalmente Walter se subió a la montura y empezó a conducir.

Es consciente de que la hazaña de conocer el mundo entero es prácticamente imposible. Lamenta que, más allá de una cuestión económica (que también), las fronteras separan, algunos gobiernos cierran entradas y los conflictos multiplican los riesgos. “Me hubiese encantado ─y supongo que a los coreanos también─ poder cruzar de una Corea a la otra. O poder entrar con la moto en China. Hay muchos países a los que hace unos años se podía acceder y ahora no. La violencia de Somalia, la guerra de Siria, la situación en el norte de África…”.

“Me hubiese encantado ─y supongo que a los coreanos también─ poder cruzar de una Corea a la otra"

Por eso quiere conservar a toda costa los recuerdos de los lugares que sí ha podido atravesar. Muchos han quedado retratados con su cámara, de la que no se separa. Los páramos de Mongolia, la generosidad de los rusos, la increíble Capadocia turca o la adicción a los móviles de los surcoreanos. A esos momentos se sumarán otros tantos en India. Luego vendrá Myanmar, seguirá Tailandia y parte del sureste asiático, las Américas y África. “La idea es acabar en Barcelona”, pero ahora mismo no sabe ni cuándo ni por dónde llegará.

Todo ello solo, a lomos de Atenea. “He compartido tramos con algún otro motero que te encuentras, pero básicamente voy solo. No lo llevo mal”. Al fin y al cabo, el trabajo de fotógrafo es en sí mismo solitario. Le ayuda escribir en su libreta apuntes que luego transforma en pasajes de un diario en su web.

Pero, ¿en qué piensa alguien que conduce cientos de kilómetros por la estepa rusa? “Si logras controlar la ansiedad de estar preocupado por lo que pueda suceder en el camino, entonces disfrutas la ruta”. Walter, que no pasa de los 80 kilómetros por hora para que el motor aguante, es disciplinado, organizado, pero también flexible. “Tengo respeto a la carretera. Imagino escenarios complicados y soy lo más autosuficiente posible para aguantar varios días por si lo necesitase”. Ha sufrido un par de averías, pero tarde o temprano acabó encontrando un taller, ayuda local o le sirvieron sus conocimientos de mecánica, mamados durante su temprana etapa como mecánico de aviones.

En su cuaderno no sólo escribe andanzas. También hace cálculos, revisa sus gastos y evalúa opciones de financiación. A la posibilidad de comprar sus fotografías y a los pagos simbólicos que pueden hacer los visitantes (sufragarle un litro de gasolina, una cena o la noche en un hostal), ha añadido una última idea: un sorteo de sus fotos entre quienes colaboren con el proyecto.

Fotografiar el mundo

Camino militar en Georgia.- WALTER ASTRADA

Camino militar en Georgia.- WALTER ASTRADA

Su cámara no tiene nombre de diosa griega, pero la quiere con la misma pasión. Nadie dijo que fuese sencillo elegir entre papá o mamá. “Son compatibles. Es más, cuando conduzco llevo la cámara sobre el depósito para poder parar y hacer fotos rápidamente si estoy en pleno viaje”, dice.

Es sencillo: fotografía lo que le llama la atención. Su lente ha atrapado ya la rutina en las aldeas coreanas, la soledad de Mongolia, el fervor de los deportes equinos en Kirguistán o la vida en un mercado de Uzbekistán. Walter comenta que ha vuelto en cierto modo a sus orígenes, a una foto más reposada que deja atrás la acción sin frenos que vio en África, el dolor de Centroamérica o la crudeza de la violencia machista. No tiene claro qué hará con el material, pero no descarta convertir el viaje en un proyecto que se corone en una exposición o en un libro con lo mejor de esta aventura.

"Las condiciones en las que hay que trabajar son cada vez peores y los medios no le dan ni el espacio ni la importancia que tienen"

Lo que sí tiene claro es que por ahora no quiere volver a su vida anterior en la que las prisas, los encargos inmediatos y la intensidad desbocada mataban su gusto por hacer un trabajo sereno, profundo, completo. “Hay temas que me gustaría cubrir y no lo estoy haciendo, pero eso siempre me ha pasado. No es algo que me desvele. Además las condiciones en las que hay que trabajar son cada vez peores y los medios no le dan ni el espacio ni la importancia que tienen. Estoy un poco desencantado con eso; y creo que los lectores también”, comenta el fotógrafo, que a lo largo de su carrera se ha cruzado con algunos “piratas” dentro del oficio.

Walter ya tiene lista su moto. Tras unos días atrapada en las aduanas indias, pudo pasar por el quirófano de unos amigos mecánicos que la pusieron a punto para rugir de nuevo. El argentino la prepara en cinco minutos. Ata el petate con cuerdas. Revisa el mapa. Se ajusta el casco. Frente a él tiene kilómetros y kilómetros por el norte de India. De fondo, una canción le despide: Stay Alive, de José González.

Puedes seguir el viaje de Walter Astrada en su web: www.wastradathejourney.com.

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