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Muere el patriarca del cine español

Fallece a los 89 años Luis García Berlanga, autor de obras maestras de la cinematografía como El verdugo' y Bienvenido Mister Marshall'

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Luis García Berlanga ha muerto. 'Tranquilamente, después de haberse comido su tortilla de patatas', decía ayer su hijo José Luis. Se ha ido el director que marcó el cine español del siglo XX, el subversivo genial, el cronista tierno y agudo, el erotómano, el anarquista. Nos deja una manera de mirar a España y al ser humano piadosa, sarcástica y verdadera. Su obra tiene el peso y la cohesión de un autor que construyó un universo propio: el mundo berlanguiano, que es coral y humanista, mordaz y negro. Hoy será enterrado en el cementerio de Pozuelo. Allí se le dirá adiós al genio, adiós al gran austrohúngaro.

Tenía 89 años, y hacía 11 que no dirigía un largometraje. París-Tombuctú (1999) fue su despedida. Allí dejó un estremecedor epitafio en forma de plano final: 'Tengo miedo', se leía en la pantalla, justo antes de que aparecieran los títulos de crédito. En los últimos años, su condición física se fue deteriorando hasta llevarlo a la silla de ruedas, con la que apareció en mayo pasado a la inauguración de una sala con su nombre en Madrid.

Retrató como nadie una España marcada por las diferencias sociales, el régimen totalitario, la hipocresía, la amargura, y lo hizo con naturalidad asombrosa y con un ojo crítico demoledor. Bienvenido Mister Marshall, Los jueves, milagro, El verdugo, Plácido, La vaquilla, La escopeta nacional casi cualquiera de sus películas, sobre todo las de la etapa que compartió con el guionista Rafael Azcona, son cumbres de la historia del cine universal. Su cine, que mantuvo el tipo en su baile de despiste con la censura, constituye un ejemplo de genio y subversión al que sólo Buñuel, y de manera muy distinta, es comparable.

Dice su biógrafo, y coguionista de París Tombuctú, Antonio Gómez Rufo, que Berlanga fue esencialmente un pícaro. No sólo por lo afilado de su olfato y el conocimiento de las ilusiones, la derrota y la intriga humanas, sino por su manera de sortear la censura y su capacidad de mantenerse independiente. En Los jueves, milagro (1957), tuvo a un cura pegado a la chepa durante el rodaje. Con El verdugo, Franco montó en cólera cuando se presentó en Venecia. Los parones y los silencios cinematográficos por la censura marcaron su trayectoria. 'Toda mi carrera ha estado hecha a contracorriente, luchando contra viento y marea para mantener mi independencia y mi punto de vista sobre las cosas', dijo.

El universo berlanguiano es coral y humanista, mordaz y negro

Deudor del neorrealismo italiano, pero también del sainete castizo, del absurdo de Mihura, de la comedia de la era de la Gran Depresión de Frank Capra, sus personajes viven en la pantalla, sin que parezcan parte de un plan. 'Lo que me sigue sorprendiendo', decía ayer a Público Borja Cobeaga, 'es ese momento en que, cuando los personajes principales ya han salido de cuadro, unos figurantes siguen hablando y él se queda filmándolos. Lo que capta en ese momento es increible. Ningún otro director ha hecho algo así'.

En efecto, ese es el milagro berlanguiano: su capacidad para hacernos creer que detrás de sus personajes sólo hay carne y hueso. Sus personajes son de verdad, no llevan encima las líneas pesadas del guión. No hay guiñol, sino una aparente espontaneidad detrás de la que existía un trabajo de planificación maestro. La coralidad de muchas de sus películas no jugó nunca en detrimento del dibujo de personajes. La tropa berlanguiana, con sus habituales intérpretes extraordinarios, es parte del mundo en apariencia caótico del director. José Luis López Vazquez, Michel Piccoli, José Isbert, Amparo Soler, José Sacristán, Manuel Alexandre...

Cine popular. Eso es lo que hizo Berlanga durante cinco décadas de oficio, que empezaron en 1951 al dirigir junto a Juan Antonio Bardem Esa pareja feliz y que acabó con París-Tombuctú en 1999. Entre una y otra median curas, gente humilde, un verdugo, familias ricachonas, señoras y señoritas, guardias civiles, maquis, taxistas, algún burgués un hatajo de personajes que intentan ser felices, pero que son en esencia muñecos movidos por los hilos siniestros y absurdos del poder. 'Me he pasado la vida intentando dar a la gente sencilla algo que les ayudara a pasar un rato agradable, a hacerles sentir mejor en su piel, durante unas horas: he hecho películas', dijo.

Nacido en Valencia, su padre fue Gobernador de Valencia durante la República. Para evitar represalias contra él, se alistó en la División Azul. Cursó estudios de Derecho y Filosofía y Letras, aunque los abandonó para ingresar en 1947 en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid, donde más tarde sería profesor. Allí hizo amistad con Bardem, que lo acompañaría, junto a Mihura, en el guión de Bienvenido Mister Marshall, su primera película en solitario y uno de esos raros ejemplos de un filme que ha pasado a formar parte del imaginario colectivo.

Poco después arrancará su relación con Rafael Azcona, con el que sus películas ganan en oscuridad y complejidad, pero también en ternura. Plácido (1961), El verdugo (1963) La boutique, ¡Vivan los Novios!, la singular Tamaño natural... Ya en democracia, filma algunos de sus películas más populares, La escopeta nacional (1978), Patrimonio Nacional y Nacional IV, ciclo en torno al Marqués de Leguineche, o su visión carnavalesca de la Guerra Civil en La vaquilla en 1985. El sable no descansa: contra el poder, por ejemplo, en Todos a la cárcel (1993), donde critica la cultura del pelotazo.

En España los premios empezaron a llegarle después de la caída del régimen, que dijo de él: 'Berlanga no es comunista, es un mal español'. Obtuvo un Goya, por Todos a la cárcel, el Premio Príncipe de Asturias, el Premio Nacional de Cinematografía, fue director y fundador de la Filmoteca Española.

Con él, se va el referente indiscutible de las generaciones de cineastas que vinieron después. Desde José Luis Cuerda a Miguel Gutiérrez Aragón, pasando por Carlos Saura, pero también los más jóvenes Óscar Aibar, Santiago Segura y Borja Cobeaga. Todos han bebido de él, nadie se atreve a imitarlo. Se va el gran cronista de la España del siglo XX. El genio.