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¿Por qué no se callan en los conciertos?

El respeto al músico y sus fans se pone en tela de juicio cuando irrumpe el charlatán. Su locuacidad extrema durante los recitales condiciona el disfrute del directo. ¿Espectáculo artístico o evento social? Músicos y público opinan al respecto.

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Zentral Kafe Teatro.- EFE

Le pasó a Jacobo Serra durante una reciente actuación en la Joy Eslava pero podría ocurrirle esta misma noche a cualquier otro artista. Sucedió que sus canciones quedaron ocultas tras un muro de palabrería procedente de la platea. Tuvo que ser otro músico que se hallaba entre los asistentes —en concreto fue Pucho, cantante de Vetusta Morla— quien se apiadase del joven intérprete y, a voz en grito, rogase al personal un poco de respeto.

Pues bien, lo que podría considerarse una mera anécdota está a la orden del día y su reincidencia comienza a ser, nunca mejor dicho, un murmullo a voces. Hablamos de ese público ufano que tiene a bien compartir en pleno recital sus problemas en el trabajo, los pormenores de una reciente noche épica o los sinsabores de la soltería. Una locuacidad irrefrenable que termina por condicionar el disfrute de los asistentes y, cómo no, también al propio artista.

La razones pueden ser múltiples pero no hay justificación posible. Entradas a saldo para ciertos eventos patrocinados, interminables listados de invitados no especialmente interesados en la música para aparentar llenazos, o esa fina línea —no siempre bien entendida— entre espectáculo artístico y evento social. Se llevan la peor parte —sobra decir— los cantautores y bandas cuya propuesta prescinde de un potente voltaje al que poder echar mano sobre el escenario. En estos casos hay que sumar al supuesto desinterés por parte del público, un ruido de fondo que dificulta lo que realmente importa: la música.

“Estuve ahí, y qué duda cabe que se hace duro. Llevo muchos años en esto y, aunque afortunadamente cada vez me ocurre menos, nunca estás a salvo de ese murmullo constante”, explica el poeta y cantautor Marwan. “Les llamábamos los bolos de batalla, aquellos en los que el público no venía a verte a ti y no siempre contabas con el respeto mínimo”. Unos “bolos de batalla” que se convertían, por lo general, en un tipo sobre el escenario luchando contra la algarabía, tratando de no perder el hilo de unas canciones que caían en saco roto. “En esos casos conviene no encabronarse, porque va en contra de esa comunión que tratas de crear con el público, yo suelo echar mano del humor y les pregunto: ¿se escucha bien?, porque lo cierto es que yo os escucho de puta madre”.

Estrategias al margen, lo cierto es que lidiar con una audiencia particularmente charlatana evidencia también el valor que se la da a la música en nuestro país. En palabras del cantautor Luis Ramiro, en según qué sitios “el problema es que te ven como un titiritero, como ese tío que está ahí y al que se puede interrumpir libremente”. Ramiro, con años de recitales a sus espaldas, encuentra en la educación —o mejor dicho, en la falta de ella— las razones que explican esta desconsideración para con el artista. “En otros países al músico se le respeta y aquí, en cambio, cuando dices que eres músico automáticamente te preguntan: ¿a qué te dedicas en realidad?”.

Y luego está el consabido tanto ganas, tanto vales. En una sociedad mercantilista como la nuestra, la consideración hacia el músico está —nos guste o no— condicionada por el apoquine preceptivo. De tal forma que si lo que se ofrece es gratis, parece que todo vale. Los hay, como Ramiro, que se revuelven contra una práctica que deviene infausta para el intérprete. “Me niego a tocar en lugares donde no se cobra entrada, hay salas en las que me pagan el caché por tocar ante una audiencia que no ha pagado una entrada y decido rechazar porque la gente no valora lo que escucha. Prefiero tocar ante 20 personas que han pagado su entrada para verme, que ante 200 que no tienen ningún tipo de interés en mi música”.

Sea como fuere, la cosa no siempre sale bien. Cuenta Ramiro que cuando el bolo en cuestión se pone feo tiene un método infalible; cantar a cappella. “Se genera una situación tan extraña que la gente se gira y consigues captar su atención”. Un procedimiento muy similar al que tuvo a bien implementar en su día Jeff Tweedy, líder de Wilco, durante una de esas aciagas noches en las que el runrún del personal terminó por hacerse ensordecedor. Lo hizo no sin antes perorar en torno a la importancia de guardar silencio: “Es una cuestión de sentirse parte de algo, no estás tú sólo, sino que compartes con un grupo de gente algo maravilloso, pero para eso es necesario prestar atención”, venía a decir el compositor norteamericano visiblemente enojado.

Pero y qué hay de los sufridos espectadores, de los que realmente quieren disfrutar de la música y sufren de primera mano la extorsión de esas insaciables cotorras sobrevenidas. “Esta situación nos obliga a elegir muy bien dónde ver a ese grupo o solista en cuestión. Disfrutar de determinados artistas en directo es casi imposible, a veces sale más a cuenta ponerte el disco en casa y un video de Youtube de fondo con gente hablando”, se queja Daniel Cantó, asiduo asistente y promotor de conciertos en Barcelona.

Otros, en cambio, prefieren relativizar. Es el caso, por ejemplo, de Carlos G. Cano, consumidor habitual de música en directo para quien todo pasa por un sano ejercicio de comprensión: “Son códigos que todos conocemos, se trata de ser tolerante con el otro. Si vas a un auditorio ya solo el contexto te inhibe, pero a las dos de la madrugada y medio pedo es un poco de ilusos pensar que todo el mundo se mantendrá en silencio… Habrá quien diga que si quieres escuchar bien la música lo mejor es que te pongas el disco en tu casa. A fin de cuentas un directo es como la propia vida, a veces la gente es maravillosa y otras, en cambio, te puede llegar a tocar un poco los cojones".