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"No voy a ir donde explotan las bombas"

Tras pasar por ciudades como Pyongyang o Shenzhén, el dibujante Guy Delisle entrega una guía de anécdotas absurdas por Jerusalén para recrear el fanatismo religioso

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Los últimos coletazos de aquellos cazas que Guy Delisle y su amigo Nicolai veían volar hacia Gaza mientras tomaban el sol en una playa de Jerusalén acabaron con 5.000 heridos y varios cientos de muertos, tras 22 días de masacre. El dibujante canadiense ha demostrado en anteriores entregas autobiográficas, en ciudades como Pyongyang (Corea del Norte), Shenzhén (China) o sus crónicas desde Birmarnia que es capaz de todo el cinismo, sinceridad e impotencia al mismo tiempo ante el mayor de los absurdos. Con Crónicas de Jeru-salén (Astiberri) vuelve a enfren-tarse al choque cultural y político, sin la vanidad colonialista de anteriores trabajos (quizás por ser un país de hábitos europeos), desde lo más insignificante en la construcción del relato histórico: lo vulgar y cotidiano.

'Soy un observador de lo cotidiano. Si hay un lugar peli-groso, donde explotan bombas, está claro que no voy a ir. Cuando un periodista me propone ir a ver el ataque sobre Gaza desde una colina, para ver lo que pasa al otro lado, donde se puede ver lo que cae encima de los pobres habitantes de Gaza, prefiero no ir. En eso mi método de trabajo es distinto al de un periodista: prefiero construir mi relato a partir de pequeñas observaciones, a largo plazo. Un periodista no se queda un año paseando por las calles de una ciudad como hice yo', explica el autor a este periódico.

Delisle vuelve a tratar el choque cultural y político desde lo cotidiano

Su posición ante este tipo de acontecimientos, falsamente ingenua, justifica una obra en apariencia en el extremo opuesto de otras firmadas bajo el mismo género, voz y lugar, como Palestina: en la franja de Gaza y Notas al pie de Gaza. La comparación con Joe Sacco, autor de estas dos novelas gráficas citadas, es tan inevitable como forzada, porque el propio Delisle se encarga de huir explícitamente de la denuncia, no así de la verdad.

Mientras que Sacco reconoce, como hizo a este periódico en una entrevista en 2010, que 'el cómic tiene una fuerza que no tiene ninguna otra forma de reportaje, porque los lectores están ahí, en Gaza, y pueden sentir la atmósfera con dibujos', Delisle prefiere contar a partir de hechos que no aparezcan en los periódicos. Incluso, elige evitar Gaza. En el arranque del libro necesita comprar pañales para su hija Alice, pero la pequeña tienda árabe está cerrada y la única opción que le queda es comprar en el super-mercado y, sin embargo, sería un gesto político incorrecto por tratarse de una colonia. Algo así como apoyar a las colonias. Sin embargo, Delisle, padre con necesidades, se ve atrapado en un cruce político irracional que le sirve para dibujar la vida real de sus habitantes.

'Me gusta contar a través de anécdotas lo que le gente vive allí, a lo que se tiene que enfrentar, a lo político. Esto no se cuenta en los periódicos. Cuando hago este tipo de libros no hay una intención de denunciar', porque, tal y como expone, si alguien quiere tener mayor información de la que él incluye basta con leer lo que se publica cada día en el periódico sobre Jerusalén o en Gaza, aquel minúsculo territorio de 40 kilómetros de longitud por apenas 12 de ancho.

Sin ser objetivo, ha querido ser 'lo más preciso y justo, sin contar gilipolleces'

'No hay nada nuevo en mi trabajo, no hay ninguna exclusiva. Mi trabajo no es periodístico, para mí un periodista va a un lugar donde hay historias que contar, tiene que volver con una información concreta. Va a sitios peligrosos donde pasan cosas', reconoce. La propia editora del libro en caste-llano, Héloïse Guerrier, asegura que 'se centra más en la anécdota, en los detalles cotidianos, que en datos exhaustivos o discursos vehementes'.

Cada mañana lleva a su hijo Louis a la escuela, un privilegio que consiste en sumergirse en 'un atascazo' al salir del barrio de los colonos que van a trabajar a Jerusalén. 'Y empieza el juego de ver quién se pega más al culo para adelantar a uno o dos coches cambiando de fila cuatro veces'. Entre los expatriados la charla ocurrente son los trucos para saltarse las filas atascadas. El lunes para siempre en el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim, el más antiguo y famoso, y echa su bolsa de basura en un contenedor vacío (los de los colonos no están tan atendidos). Hay un cartel en el que puede leer: 'Los grupos que visitan nuestro barrio ofenden enormemente a los residentes. Dejen de hacerlo, por favor'.

Pero hay algo nuevo en este Guy Delisle distinto al resto de trabajos que relatan sus expe-riencias en culturas ajenas, que le obliga a tomar partido, muy sutilmente, contra la ocupación de territorios palestinos por parte de los colonos israelíes. Reconoce que no es objetivo, pero que tampoco podría serlo. Simplemente, ha tratado de ser 'lo más preciso y justo posible, no contar gilipolleces'. Aprovecha hasta el último sorbo las facilidades de la autobiografía. 'Se entiende que tengo una sensibilidad más bien de izquierdas. Cuando se ve a una población colonizada por otra, no va a decir uno que todo está bien, que no hay problema', remata.

El autor opta por no explicar que está mal que haya colo-nias. 'Prefiero que se entienda a través de una historia de 300 páginas en la que uno pasea, y que el lector salga, como yo, con una impresión. No voy a decir que las colonias están mal, tengo derecho a pensarlo, pero no me parece interesante hacerlo evidente en el cómic, no es el efecto que estoy buscando. Lo que quiero es pasear con el lector y enseñarle las cosas que me han parecido interesantes, divertidas, y de las que se puede aprender algo', aclara.

En Crónicas de Jerusalén, la apuesta habitual por el choque exótico de un extranjero del dibujante canadiense se transforma en el contraste con lo insensato. Todo está teñido por la religión, todo es fanatismo, y Delisle ha perdido la mirada condescendiente, y equilibrado su humor. Mantiene sus guiños de guía turística y pedagógica, pero ha madurado el relato con drama. 'Pongo humor cuando se puede', asegura. 'Si mi trabajo pudiera ser sólo humorístico, lo sería, porque es mi modo de contar historias. Pero me gusta que uno pueda reírse durante tres páginas y que luego haya cosas más pedagógicas'. Mide sus ritmos, dice, tal y como llegan los flujos informativos en la vida real: 'Uno ve el telediario, con asuntos que te pueden chocar, y justo después acuestas a tus hijos'.

Pero en este ejercicio de escapismo también logra huir de sí mismo y de una supuesta heroicidad. 'No tengo ganas de dar lecciones. No iba a levantar el puño al cielo diciendo dejad de bombardear Gaza, sería ridículo', sentencia. Por encima del barro y las bombas, Delisle se decanta por una visión que acentúa el cinismo: 'Quería mostrarle al lector lo absurdo de esta situación, en la que se bombardea a gente encerrada, y tú puedes estar al lado pero lo ves en la tele, como el resto del mundo'. Él tampoco es de los que viajan a Territorio Comanche a saber de primera mano, eso se lo deja a otros 'A mí me gusta Joe Sacco, pero no soy quién para decir qué nos diferencia'.