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No necesitamos otro héroe

Megaupload no era un servicio inocente utilizado perversamente por sus usuarios

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Vale ya, que ninguno ha nacido ayer. Si el avispado dueño de Megaupload, Kim Schmitz, ganó pasta como para derrocharla en Cadillacs rosa, a costa de millones de usuarios que apoquinaban sin rechistar 60 euros, no fue por vender almacenamiento de ficheros en la nube. Sino porque desde sus servidores ofrecía, a sabiendas, mercancía ajena valiosa en régimen de barra libre. Que esto era así, no hacía falta el FBI para descubrirlo: bastaba con ver cómo una y otra vez los enlaces de películas, música y libros copiados sin permiso de sus dueños remitían a su página. Kim, que de tonto lo justo, no puede alegar ignorancia.

Lo que parece es que el FBI ha logrado levantar copiosa evidencia de hasta qué punto el alemán sustentaba en ese saqueo de la propiedad ajena el modelo de negocio de su 'empresa'. Megaupload no era un servicio inocente utilizado perversamente por sus usuarios. Era una estructura diseñada para pervertir un mercado y el comportamiento de sus consumidores, utilizados como agentes y surtidores del tinglado, a mayor gloria y provecho de su inventor. Sigue pendiente, de acuerdo, la gran cuestión: redefinir el modelo de la industria cultural en el entorno digital. Pero sin falsos héroes como Kim Schmitz, el tablero está algo más limpio para empezar a bosquejarlo.