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Nuevo empleo

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El director del colegio había dicho a Miguel: 'No te preocupes, esto es como echarse a la piscina'. Se refería al momento de entrar en un aula de adolescentes por primera vez, dar la primera clase. Miguel estaba próximo a los 40 años y nunca había pensado en serio que podría vivir como profesor. Pero de pronto estaba acudiendo a esa entrevista, en ese despacho, nervioso, rodeado de fotografías de promociones, archivadores de expedientes y balones desinflados. Cuando salió del despacho tuvo que recorrer varios pasillos entre las miradas de los alumnos que hacían tiempo entre una clase y otra. No le dijeron nada, pero Miguel se daba cuenta de que le observaban como al nuevo profesor, de que trataban de reconocer en él un rasgo de inseguridad o de miedo. Algunos salían corriendo para verle y después se quedaban quietos, echados a un lado, hasta que Miguel los dejaba atrás y oía sus risas apagadas y sus gritos. Por la noche María le preguntó si estaba nervioso por su nuevo trabajo, porque no dejaba de dar vueltas en la cama. Miguel dijo que no y se giró hacia la luz de su reloj despertador, ya sólo a un par de horas de su salida hacia el colegio.

Miguel pasó ese primer día sin ninguna dificultad grave. Quizá aquel trabajo no le fuese tan mal, después de todo. Unas semanas después quedó con su amigo Fernando para ir al cine. Estaban en un centro comercial, subieron a la primera planta y ahí, en la cola de las taquillas, Miguel se encontró con un grupo numeroso de alumnos de su colegio. Sólo a algunos de ellos les daba clase Miguel, pero todos le recibieron con saludos ruidosos y coros en los que repetían su nombre. Tenían 13 y 14 años. La gente que hacía cola se volvió para ver qué pasaba, algunos adultos cruzaron miradas y sonrisas con Miguel, dando a entender que se hacían cargo de lo que sucedía: él era un profesor, y ellos unos estudiantes algo escandalosos, como corresponde a su edad. Miguel levantó uno de los brazos respondiendo al recibimiento de los escolares. Pero estaba intranquilo porque, detrás de esa acogida calurosa, no dejaba de haber cierta burla hacia el profesor que era. Se trataba de una línea que debía tener presente.

Miguel pensó que en el gesto de aquellos adultos que le rodeaban podía haber también algo de reprobación hacia él por dar lugar a esa confianza y esa indisciplina. Pensó que tal vez entre ellos hubiese profesores como él, personas más expertas y capaces. '¿Qué película va a ver usted?', le preguntó uno de los chicos. Los alumnos se encontraban en uno de los extremos de las taquillas, tenían que levantar la voz para oírse. '¡Nosotros vamos a ver una de tetas!', dijo otro de los chicos a la vez que se escondía. Aquello le pareció a Miguel demasiado, se puso de puntillas para que le vieran bien y gritó enfadado: '¡Vale ya!'. Era una voz de profesor, de aula, de patio de colegio, perfectamente reconocible, pero pronunciada entre el público de un centro comercial. Entre la gente había conocidos de vista de Miguel y estudiantes universitarios. Miguel se sentía avergonzado e incómodo. Un momento después trató de fingir normalidad hablando con su amigo, pero no dejaba de estar pendiente del grupo de los chicos, como ellos lo estaban de él.

Miguel levantó uno de los brazos respondiendo al recibimiento de los escolares. Pero estaba intranquilo porque, detrás de esa acogida calurosa, no dejaba de haber cierta burla hacia el profesor que era. Se trataba de una línea que debía tener presente 

Miguel y Fernando volvieron a coincidir con los alumnos en el pasillo de las salas de proyección. Los chicos habían comprado bebidas y gominolas, fueron corriendo hasta Miguel y le rodearon mientras le hacían preguntas y volvían a saludarle. Querían saber qué película iba a ver con su amigo. Miguel les contó que era la que estaba en versión original subtitulada. No todos tenían claro qué significaba esa expresión, qué clase de película era esa. Los que lo sabían se burlaron de los que no y contaron a los demás las veces que habían ido con sus padres a ver una película 'para leer'. Miguel puso algo de orden, porque hablaban todos a la vez, igual que hacía en la clase. La película que los chicos iban a ver se podía calificar, ciertamente, como 'de tetas', por más que fuese de un director reconocido. Miguel bromeó con la idea de contarlo a sus padres. 'Nosotros también podemos saber cosas de usted', trató de defenderse uno de los alumnos. Este comentario provocó gritos y nuevas bromas. Miguel quiso poner fin a esto y se despidió de ellos. 'Eres una estrella de los adolescentes', se burló Fernando.

Miguel y Fernando vieron una comedia sobre unos mentirosos. Se rieron, pero la película acabó gustando más a Fernando que a Miguel. Discutían sobre el final mientras bajaban por las escaleras mecánicas. Entonces a Miguel le pareció oír su nombre y se giró hacia la barandilla de la planta alta, la de las salas de juegos juveniles. ¿Estarían sus alumnos ahí, escondidos? Volvía a oír risas y gritos en el eco del centro comercial, aunque no sabía si iban dirigidos a él. Fernando seguía con su conversación sobre la película, ajeno a aquellas voces.

Cuando Miguel llegó a casa María estaba en la cama. Se lavó los dientes y se quedó un rato en su mesa para preparar las clases del día siguiente. Miguel nunca había perdido el hábito de leer, pero aquello era distinto, el estar sentado frente a una mesa con libros de estudio, ejercicios escritos y subrayadores. Le iluminaba la misma lámpara de flexo que tenía cuando era universitario. Aquel trabajo nuevo le permitía volver al cobijo del olor de la goma de borrar, pero en cierto modo significaba a la vez para él una renuncia, un detenerse. En la cama, a oscuras, María le preguntó por la película y volvió a quedarse dormida unos instantes después.

A la mañana siguiente Miguel se enteró de que el domingo alguien había estado apedreando el colegio. Posiblemente fuese un grupo de alumnos o ex alumnos. Habían subido a un terraplén y desde ahí habían roto varios cristales de aquel lado del edificio. El incidente no afectaba al aula de Miguel, pero el director del colegio le llamó de todos modos a su despacho. '¿Cómo te está yendo?', preguntó desde su asiento, ya tuteándole. 'Desde luego dijo salta a la vista que te has convertido en alguien popular entre los alumnos'. Miguel se dio cuenta del tono de advertencia de aquella frase, el peligro de estar demasiado del otro lado de la línea.

A la salida del colegio fue a comer a casa de sus padres. Pensó que le vendría bien hacerse con los libros y los apuntes con los que estudió, ver qué guardaba en su antigua habitación. Durante la comida su padre le habló de los profesores que tuvo, parecía dar por hecho que ese iba a ser el oficio definitivo de Miguel. Tomaron fruta de postre y Miguel se tumbó a dormir la siesta bajo la colcha de sus primeras masturbaciones. Tardó en coger el sueño, por momentos sudaba como si tuviese fiebre, y a ratos sentía que su cuerpo adquiría un vigor nuevo, como si hubiese dejado atrás una muda de sí mismo, igual que hacen las serpientes. Cuando se despertó, para su sorpresa, era casi de noche. Su madre le alisó el pelo, como cuando era niño, y le dijo que nunca le había visto mejor.