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La pequeña historia de una mezquita

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Con el torbellino Julia Roberts funcionando como una apisonadora, la competición oficial vivió ayer su jornada de perfil más bajo, si bien, a la chita callando, dejó una película pequeña, pero con bastante encanto. A Jamaa (La mezquita), del marroquí Daoud Aoulad-Syad, relata una historia divertida a medio camino entre realidad y ficción, y con curiosos guiños kaf-kianos en medio del desierto.

La cosa parte de lo real. Para el anterior filme del director, se habían construido una serie de decorados en un pequeño pueblo del sur de Marruecos. Una vez terminado el rodaje, se demolieron, excepto una mezquita de cartón piedra levantada sobre un solar propiedad de un tal Mohad, que fue tomada en plan okupa por un imán y su séquito. La película cuenta la lucha sin cuartel de Mohad para recuperar su terreno. La anécdota está alargada, es cierto, y responde a una narrativa que puede resultar cansina, pero el humor y el absurdo están bien usados para dejar caer una crítica sobre la connivencia de religión y política y la manera en que el cine llega y se va de los lugares sin asumir responsabilidades.

Aoulad-Syad es un clásico en San Sebastián. Debutó como con Adieu, forain (1998). Después vendrían El caballo del viento, que se exhibió en Zinemaldia de 2003, y Tarfaya (2003), en la sección oficial de 2004. Esta tercera ocasión puede no depararle premio, pero sirve de oasis pequeño en medio del desierto.