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El Prado deconstruye el Hermitage

La pinacoteca rehace la identidad del museo ruso con una selección de 180 obras maestras de la pintura, el dibujo, la escultura y las artes suntuarias

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El Museo Nacional del Prado ha alcanzado el logro que sólo parecía reservado para la tortilla de patatas. La expectación por comprobar la reconstrucción que la pinacoteca iba a hacer de las grandes colecciones del Museo del Hermitage de San Petersburgo se ha resuelto con una luz para unas obras de arte que habían perdido su identidad al formar parte de los fastos palaciegos de la importante institución rusa. Sin embargo, la nueva vida que El Prado ha otorgado a las casi 200 piezas que componen la exposición El Hermitage en El Prado es realmente más sosegada y limpia, sin distracciones ni abundancia.

A pesar del detalle decorativo, casi cómico, de incluir vasijas similares a las que se reparten por las salas del Hermitage, el conjunto de las dos plantas en las que se organiza la exposición, que permanecerá abierta todos los días de la semana hasta el próximo 25 de marzo, con el apoyo de Acción Cultural Española (AC/E) y el patrocinio de la Fundación BBVA, el museo ruso que se verá en España no tiene nada que ver con el original. Hasta aquí, al Prado, no ha llegado su cuerpo, ha venido su alma.

Para Zugaza, resumir el Hermitage es como dejar El quijote' en unas cuartillas

Tal y como aseguró ayer Mikhail Piotrovsky, director de la institución, en un discurso grabado en vídeo, es la primera vez que sucede una exposición de estas características sobre el Hermitage, del Hermitage, lejos del Hermitage. 'Es un acontecimiento cultural', aseguraba, en el que han querido mostrar 'la historia de un gran hecho de la cultura rusa y de la cultura europea'. Para el profesor y director Piotrovsky, cargo que heredó de su padre, esta selección es la presentación de Rusia 'tal como la imaginamos, amamos y apreciamos'.

Sin embargo, lo que el visitante encontrará no es más que una de las más impresionantes colecciones de obras maestras de pintura y escultura occidental, fundamentalmente francesa, con notables destellos de la pintura española: Greco, Velázquez, Zurbarán, Pereda y Zuloaga. Ese marcado carácter identitario que Piotrovsky quiso subrayar, queda recogido únicamente en las piezas arqueológicas, en las artes suntuarias de los pueblos rusos de la antigüedad.

Precisamente, en esa deconstrucción tiene un papel fundamental el diseño del montaje que se ha hecho sobre estas piezas tan delicadas y minúsculas, en muchos casos, reforzando el contraste entre la oscuridad y el brillo del oro de los pueblos nómadas escitas que, desde el siglo VII a. C al III a. C., dejaron en la zona sur de Siberia en suntuosas cámaras funerarias. Junto a estos hallazgos se muestra la colección de orfebrería griega, con joyas procedentes de adquisiciones, pero sobre todo de regalos personales y donaciones.

La muestra presenta Rusia 'tal como la imaginamos, amamos y apreciamos'

Miguel Zugaza, director del Museo del Prado, resumía el sentido de la muestra con una elocuente metáfora: 'Como en cualquier anto-logía, el editor ha seleccionado los versos más intensos y profundos'. Para Zugaza, resumir las tres millones de piezas que atesora uno de los tres museos más importantes del mundo en apenas un suspiro es como tratar de resumir en unas cuartillas El Quijote o Guerra y paz. También recurrió en la rueda de prensa a Aleksandr Sokúrov para comparar el repaso de la historia de rusa como en un travelling de una de las películas del director de cine.

Tanto allí, en febrero, como aquí, se ha destacado el papel que desempeñaron reyes y zares en la creación de una colección que, con los siglos, se convirtió en pública y para el pueblo. Si El Prado se llevó al Hermitage la esencia del empeño coleccionista de los reyes Felipe II y Felipe IV, como principales mecenas que alimentaron los fondos artísticos de sus palacios, la presencia muda de Catalina II recorre estas salas, más cálidas y coloridas de lo previsible.

El coleccionismo fue para ella, según Mikhail Piotrovski,'una pasión y una cuestión de alta política'. Recuerda como, dentro del equipo de especialistas del que se rodeó para aconsejarle en sus compras, figuraba el propio filósofo Denis Diderot, quien promovió algunas de las adquisiciones más importantes para el Hermitage, como la mejor colección de pintura francesa, la de Pierre Crozat a su muerte. Completamente entregado a su memoria y a sus hazañas, la describe como 'una negociante inteligente y honrada', que no pagó de más ni regateó con una obra de arte. Eso sí: 'Por su resonancia, las compras de Catalina se equiparaban a con frecuencia a las victorias militares o las exitosas estrategias políticas', escribe en el catálogo Piotrovski.

Lo que Catalina no podía imaginarse es que en una misma estancia iban a respirar y a comunicarse tan desahogadamente el tardío San Sebastián de Tiziano (tan próximo a un boceto o estudio preparatorio, como expresivo), el sensual Tañedor de laúd de Caravaggio (una de las piezas más líricas del maestro barroco), los prudentes San Pedro y san Pablo del Greco (el primero tan apacible, el segundo tan severo), el tétrico atracón de El almuerzo de Velázquez (que llegó al museo como obra de un pintor flamenco desconocido y se guardó en sus almacenes hasta finales del siglo XIX) o el hermoso San Sebastián curado por las santas mujeres de Ribera (completamente asfixiado en su pared de residencia del Hermitage).

Esta parte, dedicada a la pintura escultura y dibujo es, junto con el último de los apartados, espectacular. Ahí están también los dos Rembrandts,que podrían haber sido pintados por dos artistas diferentes: el primero, en 1631, Retrato de un estudioso, luminoso. El segundo, en 1665, Caída de Hamán, tenebrista, expresivo e inquietante. Rubens y Frans Hals, que con su presencia cubren hueco en las colecciones del Prado.

De camino a la planta superior, al otro plato fuerte, al arte de los siglos XIX y XX, la Magdalena penitente,de Canova. Mármol con lágrimas. Una vez arriba, una vez entre Ingres, Friedrich, Monet, Renoir, Gauguin, Rodin, Cézanne, Rousseau, Van Dongen, Picasso y la excentricidad de Malevich... Una vez allí, aturdimiento. Conversación, de Matisse, una fiesta monocromática, un homenaje expresivo al azul. Y Composición VI, la obra más significativa de Wasily Kandinsky, una tormenta intuitiva perfecta para cerrar las tripas del museo ruso con nombre francés, transformado en un museo francés con aire español.